La mañana del viernes 25 de junio el suelo de arena áspera de nuestro
lote era un cementerio de cucarachas aplastadas, quemadas o borrachas por el
“casa y jardín”. Sus cadáveres, contados por cientos, me hacían recordar a la
escena de la película “Platoon” de Oliver Stone, en donde el protagonista
caracterizado por Charley Sheen despierta, luego de la batalla final, entre los
cuerpos de sus compañeros y enemigos caídos.
Mientras tomamos nuestro desayuno, tratando de no vomitar, hablamos de
qué lo mejor que podemos hacer ante esa invasión (en la que, de hecho, nosotros
somos los invasores) es buscar otro lugar donde acampar.
Decidimos ir al pueblo para ver con qué recursos contamos y en el camino
nos topamos con la Misión de Mulegé. Esta iglesia se levantaba a un costado del
río, sobre una pequeña colina. Como la de Loreto, su aspecto era sencillo,
arquitectura en roca y ángulos rectos, campanario pequeño y no muy alto, no
había adornos ni mucho menos barroco, solo unos cardones, palmas y una acacia
le servían de compañía al edificio en su exterior. Al interior solo había
algunas imágenes religiosas pero la frescura que se sentía ahí adentro invitaba
a quedarse para siempre. Fundada en 1705 por el padre Juan Manuel Basaldúa, el
edificio en piedra había sido terminado en 1770. Por esas fechas, una gran
inundación casi terminó con la actividad de la Misión; al final, en 1828 la misión fue completamente
abandonada y solo hasta la década de los 70 del siglo XX se trabajó en su
restauración.
A unos pasos de la misión había un mirador y ahí nos tomamos algunas
fotos a nosotros y a las palmas datileras que se contaban por cientos rodeando
el agua del río. Luego caminamos rumbo a la carretera y pasamos por un pequeño
pero emocionante puente colgante. En la “i griega” compramos agua y víveres
pero ya no más veneno. Durante la caminata me quedé pensando en si los
misioneros no tuvieron nunca problemas con cucarachas… bueno, de hecho, ellos
las transportaron hasta aquí, junto con las ratas y enfermedades, estas últimas
acabaron con la población local de todos lados. Y trajeron, con sus soldados la
ambición, y con sus cruces la domesticación de los seres humanos; pero no todo
lo que los acompaño fue rastrero, por ejemplo los dátiles y sus palmas que ahora
tapizan el paisaje de Mulegé también los importaron ellos de su, entonces
oscuro, continente europeo.
Yo me comprometí a buscar otro lugar para acampar esa noche y así me
puse a pedir dedo enfrente de la “i griega”. Luego de unos minutos sin obtener
nada, decidí caminar por la carretera y, a falta de un mapa, opté por subir un
cerro que se levantaba a un costado de la carretera. Subirlo fue difícil, más
de lo que creía. Su pendiente era fuerte y el suelo era de material suelto,
además abundaban los arbustos espinosos y las cactáceas. Luego de casi una hora
de escalada pude tener una idea del territorio que nos rodeaba. No había otros
lugares cercanos para acampar, eso era evidente. El paisaje pagó mi esfuerzo
pero no me dio muchas esperanzas de encontrar otro sitio para instalarse. Desde
ahí podía divisar el faro de Mulegé, construido sobre un promontorio ligado al
continente apenas por una delgada franja de rocas y arena. Los tejados
terracotas de las casas más viejas del poblado sobresalían entre las arecáceas,
las palmas datileras y algunos árboles. El río se unía con el mar en el límite
del estero y la carretera nº 1 servía de frontera exacta entre las últimas
palmas y el reino del matorral desértico que se continuaba hasta la cima del
cerro desde donde yo observaba todo aquello.
Es en la cima donde tomé algunas fotos y decidí no regresar por donde
había subido sino por el desierto para cortar camino. Esa decisión fue un error
y lo sabría luego de bajar y caminar por el solitario paramo de aridez. Eran las
once de la mañana y la insolación era ya agobiante. Solo llevaba dos botellas
pequeñas de agua y un dulce jugo de guayaba en treta pack. Las botellas de agua
se me terminaron rápido y por ello procuré ser más reservada con el jugo de
guayaba. Llevaba puesta una visera común en un lugar que exigía sombrero. Por
fortuna, portaba una camisa de manga larga y pantalones, pero llevaba solamente
mis zapatillas deportivas y, no solo las espinas sino el ardor del suelo, se
colaban por la delgada suela de esos inapropiados zapatos. Pitayos, cardones de
seis metros de altura, mezquites, palos de Adán, gobernadoras y otras plantas
eran mis compañeras en ese desierto, a veces me estorbaban tanto que decidía
pasar entre ellas y así es que me rasguñé las piernas y los brazos con sus
espinas. Por la noche seguramente me habría encontrado a alguna serpiente, pero
a esa hora del día ni los pájaros salen al desierto, solo los halcones o los
zopilotes que vuelan tan alto que no escuchas que te están vigilando. Luego de
dos horas de suplicio y de silencio, llegué hasta un caserío donde ya se
escuchaba el murmullo de la carretera. Nuevamente mis intentos de conseguir
transporte no rindieron frutos y un hombre me recomendó caminar hasta la
gasolinera pues ahí era el sitio donde “se pedía el ray”.
Me hice con otra botella de agua en una pequeña tienda y llegué hasta la
gasolinera. El lugar era una explanada amplia donde un letrero con la
propaganda de la cerveza Pacífico te recordaba que ese era el último lugar en
muchos kilómetros donde podrías tener contacto con la civilización.
Compartiendo la explanada de tierra rocosa y dura con las bombas de diésel y
gasolina había un comedor y algunos otros comercios para merendar, además de
baños y la vulcanizadora de rigor. En el
límite de esa explanada hacía la nada había un rótulo que indicaba que Loreto
estaba a 130 kilómetros de ahí. Nuevamente no tuve éxito y así, decidí caminar
por la carretera. Es en esa caminata, por fortuna luego de pocos minutos de
haberla comenzado, es que conseguí que Burt me llevara.
Burt era un estadounidense bonachón, simpático, con la piel colorada por
el calor y de mostacho rubio. Manejaba una Toyota roja y decía que era
jubilado.
―Full time in Baja! ―me dijo emocionado.
Burt trabajó en AT&T y Telmex cuando a México le llegó el momento de
pasar a la fibra óptica. El ingeniero me invitó una cerveza Tecate, aunque a él
le gustaba más la XXX o la Pacífico, y me presumió una cerveza de su natal
Phoenix que, según él, era la diosa de las cervezas del desierto. La probé y
era buena, sin duda era buena.
Le pedí a Burt que me llevara a un tráiler park llamado Santinque
o algo así (Santispac), que era como me habían dicho los pobladores que se
llamaba una playa donde se podía acampar. Pero Burt no pareció escucharme y,
luego de doce kilómetros de donde me recogió, se detuvo frente a una
intersección que señalaba el camino hacia un lugar llamado “Playa Naranjos”,
que a su vez hacía pareja con otro letrero que indicaba que la velocidad máxima
en esa recta era de 60 km/h.
―Go there ―me dijo ―. No te importa caminar dos millas, ¿cierto?
Y me dejó ahí, con esas dos millas de brecha maltrecha de frente. A lo
lejos podía observarse el agua del mar y las montañas de punta Concepción. En
efecto, a simple vista no parecía que fuesen más de dos millas de distancia
hasta la costa. En el medio, todo lo que se apreciaba era una llanura tapizada
por cardones y arbustos espinosos, cortados como por una línea de cocaína por
la brecha que prometía llegar hasta Playa Naranjos.
Estaba cansada. Eran las cuatro de la tarde y todavía hacía mucho calor.
Pese a todo, comencé la caminata por esa calzada de conchas marinas
pulverizadas que llevaba a Playa Naranjos y que daba la impresión de no tener
mucho tiempo de haber sido trazada y construida. Años después sabré que no eran
dos millas sino dos kilómetros y medio, pero en ese momento los sentí como los
cuarenta años del éxodo de Moisés en busca de la tierra prometida a través del
desierto. El aire caliente me quemaba los pulmones. Por mi boca solo tragaba
polvo. Envidiaba a los hábiles cardones con sus enormes troncos y ramas que
almacenaban agua, y envidiaba a los pájaros que podían aprovechar esa agua del
interior de los cardones. Había algunos cactus muertos de los cuales solo
quedaban sus varillas de madera dura en pie que crecían en los bordes
verticales de sus ramas y troncos, era de imaginar que se morían de viejos y no
de sed, y hasta esos cardones muertos parecían reírse de mí suerte,
recordándome que aquello, aunque un juego, era un recordatorio de los soldados,
misioneros, mineros, rancheros y chinos que habían muerto en caminatas mucho
menos afortunadas que la mía por toda la Baja California. Aún sí me hubiese
topado con algún pitayo no hubiese sabido cómo comer el fruto (era lo que
llamaban tiempo de pitayas y que duraba de junio a agosto), tan inexperta e
improvisada era que me estaba muriendo de nada en una brecha de tan solo dos
kilómetros y medio. Los cochimís, según los relatos, contaban que durante esos
meses, los del tiempo de pitayas, la vida valía la pena; se hartaban de pitayas
de todas las variedades, solo comían y dormían y se cansaban de bailar (Weber
Johnson, 1972).
Al paso de las horas, pienso que podría ser peor, mucho peor, a la
cabeza me llega la imagen de los que realizan la proeza de cruzar caminando,
con la etiqueta de ilegal, la frontera México-Estados Unidos a través del desierto.
Al fin, “Los Naranjos”, decía un letrero de lámina oxidado. Divisé
varias cabañas a unos cien metros y caminé hacia allá. Conforme me acercaba me
daba cuenta de que eran cabañas para albergar huéspedes, dispuestas todas a lo
largo de una amplia playa de arena blanca. A un costado de una de las cabañas
había estacionada una casa rodante, más adelante había una pipa tipo torton en
color rojo, pero no parecía haber ni una sola alma en el lugar. Llegué hasta la
zona en donde pude tocar con mis manos el agua del mar y casi se me salen las
lágrimas en ese momento.
Una de las construcciones, todas de madera, tenía en su puerta un
letrero que indicaba que era la oficina. A un costado de esa cabaña que tenía
la puerta cerrada, había otra cabaña más amplia con grandes ventanas tapizadas
con maya de mosquitero y techo de palmas, era el restaurante, pero de nueva
cuenta no había ni un alma. Me metí hasta la cocina y tampoco, ni un alma. Salí
de ahí perturbada por la soledad del lugar. Revisé cada una de las cabañas y en
una, recostados sobre una cama, distinguí a dos personas aparentemente
dormidas.
―Por favor, que solo estén dormidas ―supliqué.
Me acerqué más y me quedó claro que se trataba de dos personas mayores,
un hombre y una mujer. Me atreví a despertarlos. El hombre se levantó de su
lecho y, todavía con cierta sorpresa de ver a alguien como yo, me explicó que
era el dueño del lugar y me señaló las tarifas.
―Son setenta pesos por tres personas en una palapa abierta, cercana a la
playa. Hay agua corriente ―me dijo.
Di gracias al cielo.
Era evidente que el hombre era mexicano y era obvio pues en su lugar
todos los señalamientos estaban en español, solo había algunos en inglés muy
básico.
―¿No hay cucarachas aquí? ―le pregunté.
El viejo me miró con extrañeza y se rió.
―¡Por supuesto que no! ―me contestó entre su carcajada.
Playa Naranjos estaba enclavada en un pequeño cabo dentro de bahía
Concepción, de frente se miraba el agua de la bahía y el brazo rocoso e
imponente de las montañas de Punta Concepción. Luego de mirar el mapa, ya en
casa meses después, me di cuenta de que Santispac no quedaba muy lejos de Playa
Naranjo, tan solo unos dos kilómetros más al sur.
Los baños estaban limpios y la electricidad del lugar dependía de
paneles solares. La playa, por su parte, era de película, era mejor que la
laguna azul o el regreso a la laguna azul. Me metí a nadar al mar (no pude
resistirlo). Con las fuerzas recuperadas y luego de comer algo ligero, tomé mi
camino de regreso con todo entusiasmo.
El ánimo no me duró mucho, apenas unos cientos de metros. Para el primer
kilómetro nuevamente sentía que moría. Era la hora de las sombras largas y
tenía que apresurarme para no quedarme de noche sobre la autopista. Cuando
llegué a la intersección con la carretera nº 1 recuperé algo de fuerza, pero
luego de una hora de no poder conseguir quién me llevara, me invadió la
desesperación. Era evidente que aún como jóvenes estudiantes de geografía,
acostumbrados a salir de trabajo de campo, nos hacía falta muchísimo temple
para enfrentar el medio natural; no podíamos compararnos con la tropa de nulo
rango militar, con los pocos arrieros que quedaban en el país y mucho menos con
los campesinos o indígenas del campo abandonado de México. Éramos, en resumen,
solo unos niños urbanos. Incluso, muchos mochileros expertos que lean estás
líneas ya se habrán reído bastante, aburrido o indignado con nuestras
“aventuras” de niños exploradores.
Fueron dos estadounidenses nuevamente quienes se apiadaron del cadáver
deshidratado que les pedía “ray” en el camino hacia Mulegé. Su vehículo era un
Seat con estilo de Jeep, llantas anchas y quemacocos. Él era un hombre de
mediana edad, rostro alargado y gorra de béisbol. Ella era una mujer rubia,
alta y decía ser maestra de escuela elemental. Con ellos viaja también Pollo,
su perro salchicha. Estaban en la Baja porque era el periodo de tres meses de
vacaciones de ella.
Afortunadamente les queda dejarme frente a la puerta misma del tráiler
park Orchard. Ya anochecía cuando logré llegar y mirar a mis compañeros.
Sandra y Efraín ya habían hecho de comer y mientras consumía alimento,
cual si llevara un año sin probar bocado, les conté sobre todo lo que vi. Ellos
habían pasado el día también buscando opciones de hospedaje y explorado un poco
el área del río pero no les agradó. Luego el calor los tumbó sobre el
campamento y Efraín comenzó a preocuparse por mi larga ausencia. Pensó en salir
a buscarme, pensaba lo peor y maldecía que yo no le hubiera hecho caso a su
indicación de llevar más agua conmigo. Cuando yo llegué, él prácticamente ya
iba de salida a buscarme aunque sin mucha idea de por dónde empezar. Supongo
que al verme llegar les regresó el alma al cuerpo a mis compañeros.
Efraín no lo pensó mucho y decidió que nos mudaríamos a Playa Naranjos.
Esa noche yo ocupé nuevamente la tabla de la mesa y ellos la tienda de campaña,
no nos molestamos en matar a ninguna cucaracha más, para entonces ya habíamos
firmado el armisticio con ellas: los invasores nos retirábamos.
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