viernes, 28 de septiembre de 2018

X


La mañana del viernes 25 de junio el suelo de arena áspera de nuestro lote era un cementerio de cucarachas aplastadas, quemadas o borrachas por el “casa y jardín”. Sus cadáveres, contados por cientos, me hacían recordar a la escena de la película “Platoon” de Oliver Stone, en donde el protagonista caracterizado por Charley Sheen despierta, luego de la batalla final, entre los cuerpos de sus compañeros y enemigos caídos.
Mientras tomamos nuestro desayuno, tratando de no vomitar, hablamos de qué lo mejor que podemos hacer ante esa invasión (en la que, de hecho, nosotros somos los invasores) es buscar otro lugar donde acampar.
Decidimos ir al pueblo para ver con qué recursos contamos y en el camino nos topamos con la Misión de Mulegé. Esta iglesia se levantaba a un costado del río, sobre una pequeña colina. Como la de Loreto, su aspecto era sencillo, arquitectura en roca y ángulos rectos, campanario pequeño y no muy alto, no había adornos ni mucho menos barroco, solo unos cardones, palmas y una acacia le servían de compañía al edificio en su exterior. Al interior solo había algunas imágenes religiosas pero la frescura que se sentía ahí adentro invitaba a quedarse para siempre. Fundada en 1705 por el padre Juan Manuel Basaldúa, el edificio en piedra había sido terminado en 1770. Por esas fechas, una gran inundación casi terminó con la actividad de la Misión;  al final, en 1828 la misión fue completamente abandonada y solo hasta la década de los 70 del siglo XX se trabajó en su restauración.
A unos pasos de la misión había un mirador y ahí nos tomamos algunas fotos a nosotros y a las palmas datileras que se contaban por cientos rodeando el agua del río. Luego caminamos rumbo a la carretera y pasamos por un pequeño pero emocionante puente colgante. En la “i griega” compramos agua y víveres pero ya no más veneno. Durante la caminata me quedé pensando en si los misioneros no tuvieron nunca problemas con cucarachas… bueno, de hecho, ellos las transportaron hasta aquí, junto con las ratas y enfermedades, estas últimas acabaron con la población local de todos lados. Y trajeron, con sus soldados la ambición, y con sus cruces la domesticación de los seres humanos; pero no todo lo que los acompaño fue rastrero, por ejemplo los dátiles y sus palmas que ahora tapizan el paisaje de Mulegé también los importaron ellos de su, entonces oscuro, continente europeo.
Yo me comprometí a buscar otro lugar para acampar esa noche y así me puse a pedir dedo enfrente de la “i griega”. Luego de unos minutos sin obtener nada, decidí caminar por la carretera y, a falta de un mapa, opté por subir un cerro que se levantaba a un costado de la carretera. Subirlo fue difícil, más de lo que creía. Su pendiente era fuerte y el suelo era de material suelto, además abundaban los arbustos espinosos y las cactáceas. Luego de casi una hora de escalada pude tener una idea del territorio que nos rodeaba. No había otros lugares cercanos para acampar, eso era evidente. El paisaje pagó mi esfuerzo pero no me dio muchas esperanzas de encontrar otro sitio para instalarse. Desde ahí podía divisar el faro de Mulegé, construido sobre un promontorio ligado al continente apenas por una delgada franja de rocas y arena. Los tejados terracotas de las casas más viejas del poblado sobresalían entre las arecáceas, las palmas datileras y algunos árboles. El río se unía con el mar en el límite del estero y la carretera nº 1 servía de frontera exacta entre las últimas palmas y el reino del matorral desértico que se continuaba hasta la cima del cerro desde donde yo observaba todo aquello.  Es en la cima donde tomé algunas fotos y decidí no regresar por donde había subido sino por el desierto para cortar camino. Esa decisión fue un error y lo sabría luego de bajar y caminar por el solitario paramo de aridez. Eran las once de la mañana y la insolación era ya agobiante. Solo llevaba dos botellas pequeñas de agua y un dulce jugo de guayaba en treta pack. Las botellas de agua se me terminaron rápido y por ello procuré ser más reservada con el jugo de guayaba. Llevaba puesta una visera común en un lugar que exigía sombrero. Por fortuna, portaba una camisa de manga larga y pantalones, pero llevaba solamente mis zapatillas deportivas y, no solo las espinas sino el ardor del suelo, se colaban por la delgada suela de esos inapropiados zapatos. Pitayos, cardones de seis metros de altura, mezquites, palos de Adán, gobernadoras y otras plantas eran mis compañeras en ese desierto, a veces me estorbaban tanto que decidía pasar entre ellas y así es que me rasguñé las piernas y los brazos con sus espinas. Por la noche seguramente me habría encontrado a alguna serpiente, pero a esa hora del día ni los pájaros salen al desierto, solo los halcones o los zopilotes que vuelan tan alto que no escuchas que te están vigilando. Luego de dos horas de suplicio y de silencio, llegué hasta un caserío donde ya se escuchaba el murmullo de la carretera. Nuevamente mis intentos de conseguir transporte no rindieron frutos y un hombre me recomendó caminar hasta la gasolinera pues ahí era el sitio donde “se pedía el ray”.
Me hice con otra botella de agua en una pequeña tienda y llegué hasta la gasolinera. El lugar era una explanada amplia donde un letrero con la propaganda de la cerveza Pacífico te recordaba que ese era el último lugar en muchos kilómetros donde podrías tener contacto con la civilización. Compartiendo la explanada de tierra rocosa y dura con las bombas de diésel y gasolina había un comedor y algunos otros comercios para merendar, además de baños y la vulcanizadora de rigor.  En el límite de esa explanada hacía la nada había un rótulo que indicaba que Loreto estaba a 130 kilómetros de ahí. Nuevamente no tuve éxito y así, decidí caminar por la carretera. Es en esa caminata, por fortuna luego de pocos minutos de haberla comenzado, es que conseguí que Burt me llevara.
Burt era un estadounidense bonachón, simpático, con la piel colorada por el calor y de mostacho rubio. Manejaba una Toyota roja y decía que era jubilado.
Full time in Baja! ―me dijo emocionado.
Burt trabajó en AT&T y Telmex cuando a México le llegó el momento de pasar a la fibra óptica. El ingeniero me invitó una cerveza Tecate, aunque a él le gustaba más la XXX o la Pacífico, y me presumió una cerveza de su natal Phoenix que, según él, era la diosa de las cervezas del desierto. La probé y era buena, sin duda era buena.
Le pedí a Burt que me llevara a un tráiler park llamado Santinque o algo así (Santispac), que era como me habían dicho los pobladores que se llamaba una playa donde se podía acampar. Pero Burt no pareció escucharme y, luego de doce kilómetros de donde me recogió, se detuvo frente a una intersección que señalaba el camino hacia un lugar llamado “Playa Naranjos”, que a su vez hacía pareja con otro letrero que indicaba que la velocidad máxima en esa recta era de 60 km/h.
Go there ―me dijo ―. No te importa caminar dos millas, ¿cierto?
Y me dejó ahí, con esas dos millas de brecha maltrecha de frente. A lo lejos podía observarse el agua del mar y las montañas de punta Concepción. En efecto, a simple vista no parecía que fuesen más de dos millas de distancia hasta la costa. En el medio, todo lo que se apreciaba era una llanura tapizada por cardones y arbustos espinosos, cortados como por una línea de cocaína por la brecha que prometía llegar hasta Playa Naranjos.
Estaba cansada. Eran las cuatro de la tarde y todavía hacía mucho calor. Pese a todo, comencé la caminata por esa calzada de conchas marinas pulverizadas que llevaba a Playa Naranjos y que daba la impresión de no tener mucho tiempo de haber sido trazada y construida. Años después sabré que no eran dos millas sino dos kilómetros y medio, pero en ese momento los sentí como los cuarenta años del éxodo de Moisés en busca de la tierra prometida a través del desierto. El aire caliente me quemaba los pulmones. Por mi boca solo tragaba polvo. Envidiaba a los hábiles cardones con sus enormes troncos y ramas que almacenaban agua, y envidiaba a los pájaros que podían aprovechar esa agua del interior de los cardones. Había algunos cactus muertos de los cuales solo quedaban sus varillas de madera dura en pie que crecían en los bordes verticales de sus ramas y troncos, era de imaginar que se morían de viejos y no de sed, y hasta esos cardones muertos parecían reírse de mí suerte, recordándome que aquello, aunque un juego, era un recordatorio de los soldados, misioneros, mineros, rancheros y chinos que habían muerto en caminatas mucho menos afortunadas que la mía por toda la Baja California. Aún sí me hubiese topado con algún pitayo no hubiese sabido cómo comer el fruto (era lo que llamaban tiempo de pitayas y que duraba de junio a agosto), tan inexperta e improvisada era que me estaba muriendo de nada en una brecha de tan solo dos kilómetros y medio. Los cochimís, según los relatos, contaban que durante esos meses, los del tiempo de pitayas, la vida valía la pena; se hartaban de pitayas de todas las variedades, solo comían y dormían y se cansaban de bailar (Weber Johnson, 1972).
Al paso de las horas, pienso que podría ser peor, mucho peor, a la cabeza me llega la imagen de los que realizan la proeza de cruzar caminando, con la etiqueta de ilegal, la frontera México-Estados Unidos a través del desierto.
Al fin, “Los Naranjos”, decía un letrero de lámina oxidado. Divisé varias cabañas a unos cien metros y caminé hacia allá. Conforme me acercaba me daba cuenta de que eran cabañas para albergar huéspedes, dispuestas todas a lo largo de una amplia playa de arena blanca. A un costado de una de las cabañas había estacionada una casa rodante, más adelante había una pipa tipo torton en color rojo, pero no parecía haber ni una sola alma en el lugar. Llegué hasta la zona en donde pude tocar con mis manos el agua del mar y casi se me salen las lágrimas en ese momento.  
Una de las construcciones, todas de madera, tenía en su puerta un letrero que indicaba que era la oficina. A un costado de esa cabaña que tenía la puerta cerrada, había otra cabaña más amplia con grandes ventanas tapizadas con maya de mosquitero y techo de palmas, era el restaurante, pero de nueva cuenta no había ni un alma. Me metí hasta la cocina y tampoco, ni un alma. Salí de ahí perturbada por la soledad del lugar. Revisé cada una de las cabañas y en una, recostados sobre una cama, distinguí a dos personas aparentemente dormidas.
―Por favor, que solo estén dormidas ―supliqué.
Me acerqué más y me quedó claro que se trataba de dos personas mayores, un hombre y una mujer. Me atreví a despertarlos. El hombre se levantó de su lecho y, todavía con cierta sorpresa de ver a alguien como yo, me explicó que era el dueño del lugar y me señaló las tarifas.
―Son setenta pesos por tres personas en una palapa abierta, cercana a la playa. Hay agua corriente ―me dijo.
Di gracias al cielo.
Era evidente que el hombre era mexicano y era obvio pues en su lugar todos los señalamientos estaban en español, solo había algunos en inglés muy básico.
―¿No hay cucarachas aquí? ―le pregunté.
El viejo me miró con extrañeza y se rió.
―¡Por supuesto que no! ―me contestó entre su carcajada.
Playa Naranjos estaba enclavada en un pequeño cabo dentro de bahía Concepción, de frente se miraba el agua de la bahía y el brazo rocoso e imponente de las montañas de Punta Concepción. Luego de mirar el mapa, ya en casa meses después, me di cuenta de que Santispac no quedaba muy lejos de Playa Naranjo, tan solo unos dos kilómetros más al sur.
Los baños estaban limpios y la electricidad del lugar dependía de paneles solares. La playa, por su parte, era de película, era mejor que la laguna azul o el regreso a la laguna azul. Me metí a nadar al mar (no pude resistirlo). Con las fuerzas recuperadas y luego de comer algo ligero, tomé mi camino de regreso con todo entusiasmo.
El ánimo no me duró mucho, apenas unos cientos de metros. Para el primer kilómetro nuevamente sentía que moría. Era la hora de las sombras largas y tenía que apresurarme para no quedarme de noche sobre la autopista. Cuando llegué a la intersección con la carretera nº 1 recuperé algo de fuerza, pero luego de una hora de no poder conseguir quién me llevara, me invadió la desesperación. Era evidente que aún como jóvenes estudiantes de geografía, acostumbrados a salir de trabajo de campo, nos hacía falta muchísimo temple para enfrentar el medio natural; no podíamos compararnos con la tropa de nulo rango militar, con los pocos arrieros que quedaban en el país y mucho menos con los campesinos o indígenas del campo abandonado de México. Éramos, en resumen, solo unos niños urbanos. Incluso, muchos mochileros expertos que lean estás líneas ya se habrán reído bastante, aburrido o indignado con nuestras “aventuras” de niños exploradores.
Fueron dos estadounidenses nuevamente quienes se apiadaron del cadáver deshidratado que les pedía “ray” en el camino hacia Mulegé. Su vehículo era un Seat con estilo de Jeep, llantas anchas y quemacocos. Él era un hombre de mediana edad, rostro alargado y gorra de béisbol. Ella era una mujer rubia, alta y decía ser maestra de escuela elemental. Con ellos viaja también Pollo, su perro salchicha. Estaban en la Baja porque era el periodo de tres meses de vacaciones de ella.
Afortunadamente les queda dejarme frente a la puerta misma del tráiler park Orchard. Ya anochecía cuando logré llegar y mirar a mis compañeros.
Sandra y Efraín ya habían hecho de comer y mientras consumía alimento, cual si llevara un año sin probar bocado, les conté sobre todo lo que vi. Ellos habían pasado el día también buscando opciones de hospedaje y explorado un poco el área del río pero no les agradó. Luego el calor los tumbó sobre el campamento y Efraín comenzó a preocuparse por mi larga ausencia. Pensó en salir a buscarme, pensaba lo peor y maldecía que yo no le hubiera hecho caso a su indicación de llevar más agua conmigo. Cuando yo llegué, él prácticamente ya iba de salida a buscarme aunque sin mucha idea de por dónde empezar. Supongo que al verme llegar les regresó el alma al cuerpo a mis compañeros.
Efraín no lo pensó mucho y decidió que nos mudaríamos a Playa Naranjos. Esa noche yo ocupé nuevamente la tabla de la mesa y ellos la tienda de campaña, no nos molestamos en matar a ninguna cucaracha más, para entonces ya habíamos firmado el armisticio con ellas: los invasores nos retirábamos.

IX


Era ya jueves 24 de junio del 2004. Por la mañana, después de un desayuno ligero, Gabriel nos visitó y la charla se desató. La plática desembocó por caminos inesperados y nos contó sobre el comercio de la droga en la Baja.
―Una vez ―dijo Gabriel ―yo y unos compas, encontramos flotando unos paquetes de coca cerca del mar. A lo lejos no sabíamos qué eran. Nos subimos a una lancha y nos acercamos. Cuando vimos que era… varios dijimos que no los tocáramos, que los dejáramos ahí. ¡Pero mi hermano se tomó uno! Lo puso bien escondido en la lancha. Llegado a tierra mis papás lo regañaron, pero él encontró quién se la comprara y así pudo deshacerse de la cocaína. ¡Treinta mil pesos le pagaron! Por eso quiso regresar, pero yo ya le dije que eso era muy mala idea. Y lo agarré y encerré porque si no se iba en la lancha por otro de esos paquetes.
La historia nos deja con la boca abierta, Gabriel no da la impresión de tener más de treinta años de edad, así que ese pasaje de su juventud no debía haber pasado hace mucho tiempo. Con menos emoción nos cuenta que incluso los adictos en Loreto son tranquilos, que no pasa que se roben los focos de las casas que luego utilizan para preparar la sustancia que se introducen con una jeringa. Les quitan la parte de aluminio que se enrosca en el socket y sobre esa parte de metal calientan, usando un encendedor nomás, el “chucky”, para que “le salga la malicia”. Gabriel dice conocer el procedimiento debido a que su cuñado era adicto y ha visto cómo lo hace. Luego se extiende en el asunto de la droga que flota en el mar, nos dice que no es raro encontrar pangas solitarias llenas de droga. El mismo se ha preguntado la razón de que las dejen así, abandonadas, y se responde así mismo ―yo creo que se matan entre ellos mismos.
Bahía de los Ángeles es el centro de contacto, venta y compra de estupefacientes según Gabriel. La droga se cultiva en la sierra, amapola o mariguana, y pasarla por carretera implicaría librar los retenes, por eso algunos elijen ir por mar. Y mientras Gabriel nos cuenta todo esto, yo lo miro fascinada, pero la idea de que esas narraciones aumenten las precauciones de Efraín y su desconfianza de todo, hacen que la fascinación se me escape del alma. Para colmo, esa noche, en el noticiario de la radio, escuchamos que por la carretera nº 1, un hombre había sido emparejado por otro automóvil sin placas pero con los logotipos en las puertas del Ministerio Público. El hombre no hizo caso de detenerse y aceleró, llegó a Ciudad Constitución y al día siguiente por la mañana, mientras caminaba por la acera con su hijo de once años, fue abordado por otros sujetos que le preguntaron por el precio de su camioneta (al parecer la vendía). Entre esos sujetos, el hombre reconoció al tipo que manejaba el automóvil sin placas que lo quiso detener el día anterior. Los sujetos insistieron sobre el precio de la camioneta; el hombre, ya completamente asustado, decidió echar a correr con su hijo, y una bala lo alcanzó en la huida. El asesinato de ese hombre frente a su hijo había ocasionado que por toda la carretera se instalarán retenes policiacos y debido a eso, hasta ese momento en que se daba la noticia, cuatro narcotraficantes habían sido detenidos o muertos, los habían tomado por sorpresa. Gabriel, sin ninguna alarma nos comenta que “esas cosas pasan”, y menciona el corrido de “La Suburban dorada” como si la narración del popular narco-corrido fuera cosa normal. Posteriormente, concluye que no es nada para asustarse. En el 2004, la Ciudad de México venía de dos décadas de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo, por ello esas cosas no debían asustar a tres jóvenes que venían de ahí, el lugar donde más droga se movía en el país en aquel entonces, donde diario había cinco o más casos similares al del hombre asesinado y miles de robos a transeúnte o casa habitación. Yo pensaba ―bueno, si un narco nos da “ray”, ¿qué?
Gabriel finalmente remató diciendo que en el pueblo ya todos sabían dónde estaban las “tienditas” y no se refería a las de abarrotes.
La plática tomó otro giro cuando Gabriel nos contó sobre el único huésped que en ese momento estaba alojado ahí en el tráiler park (además de nosotros). Se trataba de un estadounidense, hombre blanco y maduro, de complexión delgada. Tenía una casa rodante muy completa y una camioneta. Todo parecía normal, pero Gabriel nos contó que el hombre, que no hablaba español ni saludaba a nadie, llevaba un año alojado ahí. Además, había una mujer, un niño y un perro que casi nunca salían de la casa rodante. Yo misma pude ver al niño una vez y noté que su piel era blanquísima, su cabello era también blanco y largo, no parecía tener más de seis años de edad. Gabriel entonces nos confió su hipótesis: el tipo tenía secuestrada a la mujer y al niño. Sandra no se dejó llevar por la exaltación de Gabriel y propuso explicaciones más simples como que la señora estaba enferma, que quizás era además muy tímida y que no se trataba de ninguna mujer secuestrada sino simplemente de la esposa. Y mientras hablábamos de ella, observamos que alguien abrió la puerta de la casa rodante de quien hablábamos y en medio de nuestro espanto la que apareció por la puerta fue la mujer. Era también blanca, delgada pero de caderas anchas; salió y solo lo hizo para darle algo de agua a las plantas que tenían en unas pequeñas macetas contiguas a la casa rodante. Hecho eso, se volvió dentro de la casa. Entonces Gabriel dijo como si hubiera visto un fantasma:
―Es la tercera vez que la veo en un año.
 Yo me quedé pensando en que la frecuencia con la que se le veía a esa mujer, era menor que la frecuencia con la que se miraba a un berrendo.

Esa tarde, en punto de las dos treinta, salió nuestro camión a Mulegé. Con las historias de narcos contadas por Gabriel, Efraín no quiso escuchar ni una sola palabra acerca de pedir “ray”. Pero el sol de media tarde hizo que cediera un poco; bueno, solo hasta la terminal de camiones. Así, una pobladora de Loreto nos llevó hacia la terminal. En esos pocos minutos que duró el trayecto, la mujer de cuerpo robusto nos contó que iba ir hasta La Paz solamente para pagar el recibo de la luz. Eso es así porque era un recibo atrasado, pero aun así la pena nos pareció excesiva.
La estación de camiones de Loreto era bastante rústica y no parecía ser suficiente para un puerto que se decía turístico, pero era obvio, sus visitantes arribaban por avión (había ya un aeropuerto) o en sus camionetas cuatro por cuatro y casas rodantes, y solo los miserables como nosotros llegábamos en un Águila.
El aire acondicionado del camión estaba a toda su potencia y aun así hacía calor.
La Sierra de La Giganta se miraba desde la ventanilla del autobús y eran notables las pedrizas producto del intemperismo que dibujaban patrones y mosaicos sobre los cerros como si fueran los pliegues de una falda larga que vestían esas moles de origen ígneo. Las peñas de roca compacta, con sus más de ochenta millones de años a cuestas, también formaban siluetas que parecían importadas de un mundo mágico. ¿Recuerdan el Monte Cervino o Matterhorn en los Alpes Suizos? Hay miles de fotografías y pinturas sobre esa montaña de la que llama la atención su forma, bueno, en ese trayecto a Mulegé, hubo varias montañas con esa forma de cuña, aunque ambos sistemas montañosos se desarrollan en ambientes completamente diferentes y tienen orígenes geológicos distintos.
La Bahía de Concepción se asomaba por el otro lado de la carretera con su mar azul celeste casi tanto como el azul del cielo. Podía imaginarme a la goleta del padre Salvatierra explorando la bahía, pero la realidad me presentaba a los turistas extranjeros con sus pieles pálidas disfrutando de nuestras playas como si fueran, por derecho, suyas. En estas playas pedregosas había varios lugares perfectos para acampar, pero nuestro boleto era hasta el puerto de Mulegé.
Los trayectos largos en los camiones del Águila yo los aprovechaba para dormir, mis compañeros también aunque al siempre sentarse juntos y no a lado de un extraño, podían ocuparse en otras cosas. A veces volteaba a verlos y ahí estaban, dormitando en sus asientos con la vida por delante. Sandra llevaba audífonos y escuchaba mucha música perteneciente al post punk y al grunge que nos había criado en los noventa. Ella también llevaba un cuaderno en donde apuntaba cosas del viaje [tiró esas notas a la basura años después y no pudieron ser usadas para conformar esta crónica] y también hablaba con Efraín durante largo tiempo acerca del viaje, de las futuras excursiones que Efraín tenía planeadas y de las circunstancias particulares que vivía esa joven pareja en la Ciudad de México.

Mulegé tenía mucho más color verde que cualquier otro lugar que habíamos visitado hasta ese momento. Las palmas datileras abundaban, además de árboles frutales y cocoteros. El pequeño río, que parecía un río gigante comparado con el resto de lo que habíamos visto en la Baja, era la causa de ese verdor. Así, esa parte del mundo parecía más cercana a la selva de Chiapas que al desierto de la Baja, así son los oasis. La temperatura cercana a los cuarenta grados nos hacía sudar y ahora ni la sombra de los árboles significaba un descanso de aquello, pero si salías a la exposición directa del sol este te quema la piel y lo sentías, por ello, lo mejor en todo caso, era quedarse bajo la sombra.
El autobús nos dejó en la intersección de la carretera nº 1 y la entrada al pueblo de Mulegé (Cañada de boca en Cochimí). Justo en ese lugar había una tienda llamada “La i griega de Mulegé” donde nos abastecimos de agua y alimentos. Su dueño era un extranjero. Uno de los empleados locales nos dio indicaciones para llegar al tráiler park Orchard, un lugar donde decía podíamos acampar. Siguiendo las indicaciones recibidas, caminamos con nuestras pesadas mochilas a cuestas por un extremo de la carretera nº 1 mientras la gente nos miraba con extrañeza, para ellos los turistas llegaban en camionetas y no “a pata” y con mochilas tan grandes que parecían caparazones de tortuga. En esa caminata llegamos al puente de la carretera que cruza el río Mulegé, observamos sus aguas calmadas de río viejo que llega al mar y que se detienen todavía más debido al represo construido con rocas y concreto en los años 40. De acuerdo al sitio web “Sudcalifornia ayer y hoy” (http://lapazantigua-sudcalifornia.blogspot.com), el plan original de los ingenieros era dejar solamente un vado en donde ahora está el puente, pero la población de Mulegé les hizo notar que eso era una negligencia debido a los antecedentes de inundación que se habían registrado cuando había huracán. Algunos ingenieros apuntaron la dificultad de construir un puente que describía una curva en su trazo, pero al final resolvieron el problema y el resultado fue un hermoso puente que soportó siempre la fuerza del agua durante las lluvias extraordinarias. La población sabía, apenas en 1959 habían tenido una terrible inundación que lo destruyó todo, y me imagino que esa experiencia fue la que los obligó a convencer a las autoridades de que la nueva carretera en ese entonces debía cruzar con puente y no con vado.
Luego de agotarnos casi quinientos metros llegamos a la entrada del tráiler park. El lugar lucía prácticamente vacío, pero había una novedad que nos alegró, los otros únicos huéspedes eran latinos, México-americanos llegados desde California pero que hablaban español. Luego de montar el campamento me acerqué hasta ellos para pedirles un poco de jabón para lavar trastos y comprobar si eran amables. Me lo dieron sin mucho entusiasmo y me quedó la impresión de que con ellos no podríamos entablar gran conversación.

La noche del 24 de junio quedará por siempre en nuestra memoria pues fue extraordinaria. Primero, todavía en la tarde, con el campamento ya montado en nuestro lote de piso de arena blanca y áspera, Efraín encontró una cucaracha al costado de nuestra tienda de campaña. La mató no sin antes advertir lo extraño de su patrón atigrado. Luego, en la noche recién acaecida, Sandra encontró dos cucarachas más. Yo me ofrecí a ir al pueblo a buscar más insecticida (solo teníamos una pequeña lata) o veneno para cucarachas además de un refresco bien frío para el calor que todavía hacía. Regresé sin nada pues “la i griega” ya había cerrado, eran las nueve de la noche, y fuera de esa tienda no había otra opción cercana; además, el camino que había que cruzar para llegar al pueblo estaba completamente oscuro y bordeaba la orilla del río, por lo que era riesgoso caminar por ahí. En Chiapas nos habían contado las leyendas acerca de los espíritus que viven cerca de los cauces de agua y yo pensaba en ello mientras regresaba a nuestro tráiler park.
En nuestro lote había una palapa pequeña que coronaba una mesa de madera de dos metros de largo por uno de ancho. Varias palmas datileras rodeaban el lote y una de esas palmas estaba cortada, solo le habían dejado la base del tronco. Nos dimos cuenta de que las cucarachas bajaban de las datileras.
Efraín comenzó a matarlas a pisotones pero incluso, sin intención de hacerles daño, tan solo con caminar, inevitablemente matabas alguna de tantas que eran. Eso ya no era divertido, poco a poco a mí se fue escabullendo la curiosidad científica, aquello rayaba en lo intolerable. Efraín improvisó un lanzallamas con una lata de insecticida (que parecía no hacerles el menor daño por si solo) y un encendedor, y comenzó a quemar a las más que pudo, pero aquello no las espantó. La estrategia entonces fue huir, cambiar el campamento de lugar, pero con horror descubrimos que todas las datileras del Ochard estaban infestadas de cucarachas, que empachadas del calor, salían de sus nidos a refrescarse. Fue en la palma de la que solo quedaba el tronco que pude observar el aterrador aspecto de un nido de cucarachas, en el interior de aquel tronco, en su parte hueca y que daba hacía la profundidad, había decenas de cucarachas con sus antenas bien atentas, corriendo como el diablo o haciéndose las muertas al notar la luz de mi linterna. Había por lo menos tres tipos de ellas: las atigradas y de tamaño mediano, las pardas gigantes y antenas largas, las cafés claro, pequeñas y peligrosas pues esas podían introducirse en las fosas nasales u oídos de una mientras dormía. También las había albinas, aunque eso no era por diferencia de variedad sino de edad. Por fortuna, ninguna parecía levantar el vuelo. Yo solo podía explicar aquella plaga por el azúcar de los dátiles pero siempre me quedé con la duda, por otra parte a nuestros vecinos méxico-americanos no parecía haberles importado eso. De hecho, esa podía ser la otra posibilidad, que las cucarachas estuvieran ahí porque los turistas, a final de cuentas, significábamos una fuente abundante y extraordinaria de alimentos debido a la cantidad inmensa de basura que generábamos.
Efraín y Sandra decidieron pasar la noche atrincherados en la tienda de campaña bien cerrada y segura. Yo por mi parte, opté por otra estrategia ante la plaga: puse mi bolsa de dormir sobre la tabla de una mesa sin palapa, y sobre las patas de esta rocié todo lo que quedaba del insecticida que, si bien no las mataba, funcionaba bien como repelente. Ya recostada sobre mi improvisado lecho, me di cuenta de que en el parque también abundaban los pájaros carpinteros (quizás picamaderos de gila) y los murciélagos. Pude comprobar que, al menos para los primeros, las cucarachas representaban un festín por lo que el estero de Mulegé podía bien decirse que era el lugar perfecto para estos pícidos.

VIII


El alba todavía estaba inacabada cuando llegamos a Loreto. Lo inmediato fue buscar un lugar para acampar. Tomamos un taxi, otro maldito taxi, que por $50 pesos por los tres, nos ofreció llevarnos a cualquier punto de Loreto. Como aún no amanecía, en los primeros lugares en los que tocamos la puerta por hospedaje no nos abrían. El taxista, un joven amigable, nos ofreció su terreno para acampar si en la última opción que existía de tráiler park en Loreto tampoco nos abrían la puerta. La oferta del taxista no tuvo que ser cambiada, porque un velador nos abrió la puerta en la que era nuestra última opción. Todavía sin luz de día montamos la tienda de acampar. Además, yo me di un baño refrescante en las regaderas del lugar que nuevamente estaban en buenas condiciones, cualquier viajero sabrá lo importante y tranquilizador que es un sanitario limpio.
Un poco de frío se sintió en la madrugada y luego de varios días de no tener esa sensación hay que decir que fue agradable. Luego dormimos plácidamente hasta pasadas las nueve de la mañana, hora en que la temperatura ya era insoportable dentro y fuera de la tienda.
Cuando nos levantamos pudimos ver el lugar que ahora nos albergaba, éramos nuevamente los únicos que usaban tienda de acampar en aquella extensión de arena gris del tamaño de un campo de fútbol que contaba con luz eléctrica para cada lote. En un edificio al centro del terreno, con techo de palma, había una lavandería, cocina y un comedor. En todo el complejo apenas había unas palmeras que daban un poco de sombra, pero en el extremo que daba hacía la puerta principal y hacia la calle, había dos altos y robustos pinos salados; de hecho, la sombra de uno de esos árboles hacía más refrescante nuestro lote y eso era una bendición, un privilegio y un regalo de los dioses mochileros.
Ya casi al medio día salimos a buscar algo para almorzar, caminamos con mayor libertad sin las mochilas y todavía con un sol no tan alto. La calle estaba sin pavimentar y ahí si había más árboles que hacían sombra. Compramos algunas cosas en una pequeña tienda de abarrotes que encontramos antes de pasar el vado del río que separaba la zona donde estaba el tráiler park y algunas casas de descanso de extranjeros, del resto del poblado de Loreto.
Luego de nuestras compras regresamos al campamento y ahí fue que conocimos a Gabriel, trabajador del tráiler park que tomó especial atención en nosotros, creo que le llamaba la atención que fuésemos turistas mexicanos y no extranjeros. Él era un tipo de baja estatura, piel morena, bigote a medio crecer y un poco regordete. Nos contó que entre los meses de noviembre a marzo el tráiler park estaba atestado de turistas extranjeros. De esa forma, los turistas que había ahí en el momento en que nosotros nos hospedábamos, eran aficionados a la pesca del “dorado” y del pez vela. Estos pescadores extranjeros salían en sus embarcaciones adecuadamente provistas de todo lo necesario para jornadas de tres días de pesca y regresaban con seis o siete “pescaditos”; en cambio, un lanchero promedio de Loreto, luego de una sola noche regresaba cargado de pescado, tanto que sus improvisadas embarcaciones apenas si podían mantenerse a flote, al menos eso nos contaba Gabriel. Se trataba de la diferencia entre el aficionado y el profesional, ni más ni menos.
También nos habló de la agricultura del lugar, de las trampas para mosca asociadas al gusano barrenador, plaga problemática en Loreto. De las ramas del pino seco que guardaba nuestra tienda de campaña, colgaban varias de esas trampas para mosca. Nos dijo que esas las había colocado un biólogo y que ayer había hecho la inspección de las trampas y no encontró ni una sola mosca. Al principio, nosotros habíamos creído que dichas trampas eran para abejas africanas, resultaba un tanto desalentador saber que se trataba de una mosca que luego daba lugar a un gusano que malograba las cosechas y no la famosa abeja vituperada por los medios de comunicación en México durante la década de los noventa.
En esa charla, Gabriel nos ofreció invitarnos a comer pescado fresco, un dorado (Coryphaena hippurus), y nos presentó a Francisco, hombre alto y delgado que vestía camisa de manga larga y sombrero de ala ancha, él era el otro empleado del parque con el que José compartía la ardua labor de barrer todos los días el parque. Eso lo llevó a hablarnos de la dueña del lugar, una estadounidense poco hábil con el español, pero que no lo necesitaba pues todos sus clientes eran extranjeros. Nos dijo que era una patrona meticulosa y cuidadosa del parque, por ello la limpieza extrema del lugar y la ordenanza de barrerlo todos los días de cabo a rabo.
Luego de esta conversación amistosa, decidimos explorar Loreto y conseguimos “ray” hasta el centro del poblado. Nos encontramos así con un pueblo turístico que nació arropado por su misión. Si bien Loreto tenía su encanto, ya para entonces no podía dejarse de sentir que parte de ese atractivo había sido artificial y dirigido hacia el turista internacional ávido de la experiencia “mexican curious”.
El edificio principal del poblado era la misión (terminada en 1752), hermosa en su simpleza, pero cuyo campanario era testigo de esa remodelación y maquillaje del poblado, ya que esta había perdido su campanario original en 1877 debido a un terremoto (sí, aquí también suceden terremotos), fue hasta más allá de la mitad del siglo XX que fue construido el que se observaba actualmente y, hay que decirlo, se notaba la incrustación del elemento moderno. Aun así, la fachada de la misión mostraba orgullosa la frase que remataba su puerta: “Cabeza y madre de las misiones de Baja y Alta California”.
A un costado de la misión estaba el Museo de las Misiones. La historia de la colonización de la Baja estaba contada en ese pequeño museo en el que no faltaban las explicaciones detalladas sobre cada cosa y algunos objetos interesantes como una noria del siglo XIX y la cruz natural, un tronco de bebelama que se erguía en el medio del patio del museo. De ese museo fue que tomé la cita con que abre esta obra (y otros muchos datos, nombres y fechas), la que afirma que la Baja está muy próxima al paraíso. En esa misma frase es donde se habla de las amazonas y el oro, y es lo que leyó o conoció Cortés, quizás lo que lo sedujo.
Fue el padre Kino (1645-1711) el primero que se dio sus vueltas acá por Loreto. Su primer nombre era Francisco, había nacido en Trento y se había ordenado jesuita. Luego de ordenarse, pasó un  auténtico calvario para poder ser misionero en el nuevo mundo y la Nueva España le tocó por sorteo. Cuando arribó a la Nueva España (1681) lo mandaron a Sinaloa donde los indios eran y fueron siempre bastante dignos y celosos de su libertad. Ahí, en el año de 1683, se embarcó en una expedición rumbo a la Baja al mando de Isidro de Atondo y Antillón que fungía en ese entonces como gobernador de Sinaloa (León Portilla, 1995). Kino fue nombrado cosmógrafo de esa expedición y cuando llegaron a La Paz, los españoles por enésima vez tomaron posesión de aquella bahía (ahora en nombre del rey Carlos II). En esa primera expedición el padre Kino observó cómo los españoles trataron de manera inhumana a los indios de La Paz y mostró su molestia por ello. En la Paz, Kino hizo construir un real o pequeña capilla y, como le pasó a Cortés, ese nuevo intento de establecer una colonia en La Paz fracasó.
Ese mismo año de 1683, la expedición regresó a la Baja, estos españoles no se daban por vencidos, pero en lugar de concentrarse en La Paz, la nueva expedición decidió ir hacia el norte y fue ahí que, navegando cerca del litoral, llegaron muy cerca de lo que hoy es Loreto, seguramente divisaron la bahía desde sus barcos, pero decidieron desembarcar veinte kilómetros más al norte y ahí fundaron la primera misión de la Baja California, y Kino la nombró San Bruno. Desde la costa, Kino observó las áridas montañas de la sierra y las nombró como Sierra de la Giganta. También comenzó a tener contacto con los indios cochimí y en lugar de maltratarlos, robarlos, violar a sus mujeres o hacerles la guerra, puso atención en su idioma. Su compañero jesuita en ese viaje, el padre Juan Bautista Copart, fue el que más se interesó en aprender la lengua cochimí y eso sería una clave fundamental para el proceso de colonización que se avecinaba. A los jesuitas les parecía inocente que los cochimís no tuvieran palabras para rico, joven, viejo, paz, guerra, verdad o vergüenza. Era hasta divertido imaginarse a los jesuitas, que habían crecido en una sociedad basada en la ambición y la vergüenza, observando con horror a los cochimís que iban siempre desnudos, hacían sus necesidades donde los sorprendieran las ganas, y se comían los piojos de sus propios cuerpos. Pero esos cochimís, así de simples, eran mucho mejores en eso de sobrevivir y vivir en la Baja que los españoles: la misión de San Bruno sufrió las condiciones severas del desierto y luego de un año, cuando fue evidente que era imposible mantenerla, tuvo que ser abandonada. Simplemente era la diferencia entre los que sabe y los que no.
Kino regresó a la Ciudad de México en 1685 y dio un extenso y entusiasta informe al Virrey. Luego de un tiempo, logró convencer a las autoridades de la Nueva España y del clero para fundar misiones en la Baja California. Los convenció, pero él ya no fue en esos nuevos viajes pues decidió quedarse a pacificar a los indios en Sonora. Tampoco logró que se le otorgara nada más que los permisos pues ni un solo chelín de la Corona le fue dado para la aventura. La Corona española tenía sus razones, la principal era que todas las demás expediciones e intentos de misión habían acabado mal y todo el capital invertido en ellas se había perdido, ni una sola perla ni oro se había devuelto de cambio. Aun así, en 1697, abordo de la goleta Santa Elvira, el padre Juan María Salvatierra (otro jesuita) acompañado de otros curas y algunos soldados, desembarcó en lo que hoy es Loreto. Salvatierra no era un neófito en eso de trabajar en misiones, había pasado diez años como misionero entre los tarahumaras en Chinipas, en lo que hoy es territorio del Estado de Chihuahua. Salvatierra llegó a lo que había sido San Bruno y por consejo de sus marinos, decidió no quedarse ahí y fundar otra misión en un lugar más al sur donde los marinos aseguraban, dos años atrás, habían encontrado agua dulce suficiente. De esa forma, la pequeña expedición en nombre del cielo, llegó hasta la bahía que llamaron de San Dionisio, y Salvatierra fundó ahí la primera misión jesuita en forma de la Baja California. Aquello ocurrió un 19 de octubre de 1697.
Luego de dejar nuestro comentario positivo en el libro de visitas del museo, nos fuimos a pasear al malecón de Loreto. El día era claro y el relieve erosionado de la Isla Carmen podía apreciarse muy bien desde la costa.  La insolación era nuevamente muy fuerte, ni siquiera la brisa proveniente del mar significaba algún alivio. Así, era posible entender la razón de que la fundación de Loreto fuese lo más fácil del proceso, mantenerla fue lo realmente significativo. La información en el museo apuntaba que los indios no se quedaban en la misión, la mayoría iban y venían por temporadas pues el alimento era escaso. Los jesuitas habían traído al principio soldados a los que se les pagaba muy poco por su servicio, estos hombres hostigaban y violaban a las mujeres indias y eso alejaba a los indios de la misión. Además, vivir en la misión suponía para los indios abandonar la forma de vida a la que estaban acostumbrados y que les resultaba mucho muy efectiva para vivir bien y en paz, ellos no eran de poner ranchos y aprovecharse de la explotación de otros. Los jesuitas trataron de cambiar las cosas, aprendieron la lengua de los indios y eran amables con ellos, a los soldados los animaban a venir con toda su familia a la misión y así evitar que violaran a las mujeres indias, pero esa última medida tuvo poco efecto. Así, luego de la expulsión de los jesuitas de todo el reino de la Nueva España en 1768, la misión de Loreto cayó en el abandono sin haber llegado a estabilizarse por completo. Los jesuitas fueron sustituidos por la orden de los franciscanos, pero a estos frailes les fueron retirados el control económico, político y social de las misiones, incluida Loreto, al mando quedaron los soldados, y los franciscanos (a los que luego se agregaron los dominicos) solo debían encargarse de la evangelización.
Caminamos casi un kilómetro hasta el campamento y lo primero que se nos ocurrió fue quitarnos el calor con una nadada en el mar. La playa era de arena oscura y estaba llena de cantos rodados, evidencia de su localización en el delta de un río intermitente pero vivo. El agua era tibia, pero era suficiente. Un pelícano de actitud chabacana se me acercó a menos de un metro, flotaba apaciblemente sobre el leve oleaje manteniendo su barbilla sobre el pecho. Casi pude tocar a ese ejemplar de ave que parece habitar en todas las costas cálidas del mundo, pero el ave me miró por un instante con desconfianza y emprendió el vuelo con pesar, como si yo hubiera echado a perder algo, un descanso, una siesta o un momento de paz alejado de sus hermanos pelícanos.
Cuando regresamos al campamento, casi a las cuatro de la tarde, nos encontramos con que Gabriel había cumplido su promesa de compartirnos pescado dorado. Los trozos del pez sobre las brasas lucían jugosos y enormes, no podíamos esperar a que estuvieran listos. Sandra me platicó tiempo después que aquellas lonchas  de pescado aún mantenían la temperatura tibia de la vida cuando los maceró, signo inequívoco de que Gabriel y Francisco lo habían pescado pocos minutos antes de dárnoslos. Efraín ofreció pagarle el pescado a Gabriel pero este no aceptó. Mis compañeros y yo nunca encontramos la forma de agradecer en toda su dimensión el gesto de generosidad de aquellos hombres. Incluso Efraín y Sandra prepararon una pasta para compartir con nuestros nuevos amigos de Loreto, pero aunque la pasta quedó bien, era insuficiente, ellos simplemente nos habían dado a probar un platillo que recordaríamos los tres como una de las cosas más sabrosas al paladar que jamás habíamos disfrutado.
Esa tarde, desde el teléfono del establecimiento hablé con mi familia en Ciudad de México, los extrañaba y ellos a mí. No pude resumir todo lo que había vivido hasta esos días, todo lo que había aprendido, era demasiado, me limité entonces a prometer que cuando estuviera en casa les contaría todo. Luego de la llamada y de la satisfacción alcanzada por comer dorado, nos dimos el gusto de un buen café.
La charla de esa sobremesa con  Gabriel y los otros trabajadores del lugar que se nos unieron, giró en torno a cuestiones fundamentales para el sostenimiento de la vida: fútbol y beisbol. La luz de ese día se nos fue entre gusto y gusto.

VII


El plan de esa mañana en Todos Santos era salir rumbo a La Paz en camión de línea. Para ser sincera, Todos Santos había resultado una decepción, teníamos la idea de un pueblo de artistas, pobladores amables y noches de bohemia, si nos hubiésemos quedado más tiempo quizás habríamos logrado ver esas cosas detrás de su fachada de refugio para gringos jubilados.
El costo por persona del primer punto del plan fue de $80 pesos. Para entonces nos comenzamos a dar cuenta de que la compañía Águila era prácticamente la única que tenía corridas sobre la carretera federal nº 1, sus autobuses eran grandes, de casi diez metros de largo como el resto de los autobuses de línea del país, con capacidad para cuarenta y dos pasajeros y cajuela inferior para equipaje (ahí siempre colocábamos nuestras pesadas mochilas). Tenían amplias ventanas y la carrocería pintada de azul marino y vivos en blanco lo que les daba su aspecto inconfundible. Al subir al autobús te parecía que accedías a la zona templada del mundo debido a la frescura del aire acondicionado, pero luego de unos minutos, aquello parecía el expreso polar.
El autobús de Todos Santos a La Paz nos dejó exactamente en la misma estación de carretera en la que habíamos tomado el primer autobús rumbo a Los Barriles, pero ahí nos informaron que no salían corridas de esa estación rumbo al norte. Así, tuvimos que desplazarnos hasta la terminal principal de la ciudad. En ese trayecto, a bordo de uno de los pequeños autobuses urbanos, con nuestras pesadas mochilas a cuestas,  ocurrió nuevamente una discusión entre nosotros. Yo les propuse que lo mejor sería separarnos y es qué Efraín nos informó que, aunque él era quien tenía el mayor presupuesto, también era quien tenía menos tiempo de los tres, debía regresar en una fecha establecida a Ciudad de México. Por mi parte, yo tenía mucho menos presupuesto pero toda la vida para viajar. Sandra se dio cuenta de la contradicción y trató de proponer soluciones que conciliarán. El acuerdo tomado en ese momento consistió en que nos separaríamos pero solo hasta el regreso. Así, para ese momento, yo solo pagué $100 del costo del boleto a Loreto y el resto lo pagó Efraín (el costo total entonces era de $221 pesos).
Al llegar a la estación central de autobuses de La Paz, se compraron los boletos rumbo a Loreto, pero el autobús no saldría sino hasta las 6:00 pm, lo que nos dejaba cuatro horas de espera. Nuevamente hacía mucho calor y la estación no tenía aire acondicionado. Comprar un botella pequeña de agua costaba diez pesos en la tiendita que había dentro de la terminal ($4 pesos más de lo que costaba fuera de la estación). Recorrer la ciudad con nuestras pesadas mochilas a la espalda no era una idea atractiva. Así, los tres nos sentamos en la sala de espera de la terminal de autobuses a soportar el calor de la tarde en La Paz, cada vez era más evidente que como mochileros éramos lamentables.
Era la segunda vez que nos encontrábamos en esa ciudad que tantas frustraciones le dejó al conquistador Cortés. De hecho, el nombre de La Paz no se lo debía al conquistador, sino a otro personaje que casi sesenta años después del fracaso de Cortés, en septiembre de 1596, llegó a la bahía y la rebautizó como La Paz. Ese español se llamaba Vizcaíno y en sus informes enviados al Virrey, decía que en esa bahía los naturales los habían recibido amablemente y en son de paz, por eso el nombre de La Paz. Los mismos indios les mostraron a los recién llegados, objetos de la antigua colonia fundada por Cortés como clavos, cerraduras y llaves de hierro, pero eso ya no hizo que el nombre regresa a Santa Cruz. Vizcaíno no tuvo mucho mejor suerte que la que tuvo Cortés en esa expedición, también pasó por varios infortunios que incluyeron la amenaza de piratas, escaramuzas con los naturales y tormentas en alta mar que costaron decenas vidas, todo lo describe detalladamente León Portilla (1995) en su obra. Vizcaíno también intentó refundar la colonia en La Paz, pero igual que Cortés, no pudo mantenerla. 
De regreso en el siglo XXI, habían pasado dos horas cuando Sandra recibió una llamada de Cristina, la cuarta del grupo que no había podido viajar por su examen que no pudo cancelar. Ella le informó a Sandra que la práctica había sido aprobada para realizarse en el mes de agosto durante el periodo de vacaciones en la Universidad. La noticia no nos dejó convencidos, no parecía que aquello pudiera ser realizable [no lo fue], muchos compañeros ya habían dedicado su verano a otras cosas para entonces, incluidos nosotros.
También durante la espera, nos reencontramos con un hombre que había viajado con nosotros la ruta Los Cabos-Todos Santos en el camión, pero en ese trayecto no nos habíamos hablado. Es en la espera que surgió la posibilidad de entablar conversación y nos dijo que había vivido en Cancún por varios años pero que por la edad ya no había podido conseguir trabajo y que por ello había comenzado la odisea hasta la península en su camino hasta Estados Unidos. Se trataba de un migrante, de uno de los millones que movidos por la necesidad se veían forzados a abandonar México en busca de un futuro mejor. Sandra y Efraín le regalaron una lata de atún y en ese momento nos contó acerca de cómo otras personas le habían regalado antes una caja con ropa. Recordamos que, en efecto, él llevaba una caja durante el trayecto Los Cabos-Todos Santos. Él cuenta que no quería la ropa y al final terminó también regalándola, más que ayuda esa caja le había representado un estorbo para su objetivo de cruzar al otro lado. No supimos más de ese hombre, solo podía desear que lograra su objetivo.
A las 6:00 de la tarde en punto abordamos el Águila que nos llevaría a Loreto. En el tramo de La Paz a Pocitas, la carretera ofreció el desierto como espectáculo a nuestros ojos. Las Pocitas era una localidad en el medio de la nada y tal vez eso era su único atractivo, suficiente para despertar la imaginación y las ganas de quedarse y ver cómo es la vida en ese lugar olvidado por el universo. Tenía el aspecto de un pueblo fantasma de película rodeado por el bosque de cactus y arbustos que desafiaban a la lógica de la supervivencia. La erosión del suelo casi desnudo era capital ahí, dejando sobre la superficie una fina capa de arena blanquísima. Un restaurante representaba la única prueba de vida humana en ese lugar al que ya solo le faltaba como marco alguna pieza musical tipo western compuesta por Ennio Morricone.
El camino continuó y me tocó el privilegio de ocupar el asiento de primera fila en el Águila, por lo que pude ver el atardecer de frente. La carretera era una recta interminable sobre un relieve completamente llano, salvo por los baches del camino.
Cuando el ocaso estaba en su punto, llegamos a Santa Rita, otra aldea solitaria como Las Pocitas y que tenía una pintoresca capilla que en su fachada llevaba escrita en letras grandes la frase: Ruega por nosotros. Y esa petición parecía obvia en un lugar en donde pueden pasar años sin llover. Casi nadie subió al camión en esa parada, pero absolutamente nadie bajó. Además, desde la carretera se lograba ver el armazón de concreto de una gasolinera ejidal fallida, construida a la par de la carretera federal nº1 en al año de 1973, a un costado también había el cascarón de un edificio abandonado que seguramente era el comedor o parador de esa gasolinera que no sobrevivió al desierto.
El día martes se nos fue muriendo entre el despoblado, el cielo sin nubes y el horizonte sin montañas. Durante la madrugada nos despertó la escala que hizo el camión en Ciudad Constitución y luego en Ciudad Insurgentes, dos ciudades que al menos a la noche nos parecieron hermanas gemelas. Ahí la temperatura durante la noche era fría. Incluso vimos juníperos y abetos en las áreas verdes de los camellones de estas ciudades. Por sus calles se apreciaban varios comercios y hasta había un letrero anunciando un lugar para acampar o tráiler park.
El camino recto y sin curvas se terminó al entrar a la sierra de La Giganta, el espinazo de la península de Baja California en su parte sur. Las montañas de esta sierra se levantaban abruptamente y casi de manera vertical sobre el inmenso abanico aluvial que se tendía sobre el llano del desierto. Aquí, a pesar del cambio de relieve, la regla era la misma: siempre menos de 250 milímetros de lluvia al año.

jueves, 27 de septiembre de 2018

VI


El lunes 21 de junio del año 2004 nos despertamos y fuimos nuevamente a la playa en donde, con la ayuda de un visor que llevaba Efraín entre sus cosas, observamos algunos de los peces multicolores de la zona infralitoral. Un visor… son curiosas las cosas que carga un inexperto en su mochila. Además del R2-D2, que para colmo funcionaba con baterías convencionales, y la sartén de teflón ya mencionada, llevábamos otras cosas que hoy, luego de cargar su peso, no volveríamos a llevar nunca. Yo llevaba exceso de ropa, una bolsa de dormir como para ir a pernoctar a la fría Canadá, latas y latas de comida como si fuéramos a estar alejados de la civilización por quince días y un libro del cuál no leería ni tres páginas en todo el viaje. Por recomendaciones de nuestros maestros y compañeros de la carretera más avanzados, habíamos aprendido a usar prendas de manga larga, pantalones de secado rápido y botas para caminar, sin estos aprendizajes, nuestras caminatas hubiesen sido mucho más tortuosas.
Regresamos al campamento y tomamos un desayuno ligero antes de levantarlo; guardamos todo en nuestras  mochilas que volvían a ser nuestra cruz y nos preparamos para caminar los quinientos metros que había desde el tráiler park (que estaba muy cerca de la playa) hasta una parada de autobús que estaba a un costado de la carretera nº 1. Era una subida de pendiente ligera pero constante. Entonces, recordé al fotógrafo del día anterior y decidí pedir “ray”. Mis compañeros me dieron segunda en eso y la madre que cuida todas las carreteras del mundo nos mandó un buen samaritano a bordo de una camioneta Ranger de llantas altas y cabina abierta en la parte de atrás. El bato nos contó que venía manejando desde San Diego, era mexicano aunque su esposa tenía rasgos caucásicos. Nos dejó en la ya señalada parada de autobús y siguió su camino hacia el norte. Nosotros debíamos ir al sur.
Animados por nuestro éxito decidimos tratar de nuevamente con eso del “ray”. Una camioneta Ranger (otra) se detuvo a los pocos minutos.
―Voy a los Cabos ―nos dijo el conductor que era hombre sencillo que viajaba con su hijo de cinco años y su esposa.
Abordamos la parte de la caja de la pick-up y comenzamos el trayecto. Era la gloria misma. La sierra La Laguna era hermosa, con sus bosques de pitayos. Sobre la sierra, las nubes cúmulos se comenzaban a ennegrecer para la lluvia de la tarde. Desde la cabina trasera de la Ranger observábamos lo que íbamos dejando de la carretera federal de dos carriles con su línea amarilla que dividía los sentidos. Al principio, cerca de la costa, el viento era un alivio, pero cuando nos alejamos de la misma, el viento quemaba la piel de tan caliente que estaba. Pasamos la localidad de La Cueva y finalmente nuestro aventón terminó en San José del Cabo. La zona del litoral costero de San José a San Lucas estaba llena de hoteles de ensueño con habitaciones de $2500 dólares la noche (o más). Nuestro amigo de la Ranger nos dejó en la parada de autobús donde pasaban los camiones rumbo al arco de Los Cabos. Tomamos uno de esos transportes y nos bajamos frente a un local en donde se vendían aguas frescas de frutas cuyos precios estaban en dólares. Luego prendimos un taxi que por $60 nos llevó a los tres hasta la bahía.
Caminamos con nuestras pesadas mochilas por la playa del Médano entre turistas de pieles blancas pero bronceadas, canchas de vóley playero y numerosas personas que se ganaban la vida vendiendo cualquier cosa, desde viajes en parapente hasta artesanías. Desde ahí observamos la confluencia entre dos mares, el Golfo de California y el Océano Pacífico. También, desde la playa, observamos el famoso arco de roca.
Ese arco, ese cabo, esas rocas últimas de la península de Baja California fueron documentados por primera vez por Juan Rodríguez Cabrillo y su gente a bordo del San Salvador el 3 de julio de 1542. Ahí, Juan Cabrillo y su gente se aprovisionaron de agua y continuaron su camino hacia el norte, su expedición sería reconocida como la que se tropezó por primera vez con la Alta California y la bahía de Los Ángeles.
No sabíamos muy bien qué hacer, una lancha nos cobraba $80 pesos por persona y yo no estaba de acuerdo en gastar ese dinero para ir al arco si dicha aventura podía realizarse a pie caminando por el cerro pedregoso que lo separaba de la playa. A pesar de haber quedado demostrado que podíamos ahorrar bastante dinero si caminábamos (aun y fuera bajo el sol), acampábamos en lugares públicos y pedíamos ray, Efraín insistía en tomar taxis, autobuses, pagar alojamiento y abordar una lancha turística para ver el arco de San Lucas. Comenzó una discusión que con los días se iría agravando. En ese momento acordamos que si habíamos comenzado juntos terminaríamos juntos, esa era la regla del grupo; aun a pesar de que hago notar que un mayor nivel de consumo nos dejará menos tiempo y kilómetros de viaje. Las razones que daba Efraín para continuar con ese nivel de consumo elevado estaban relacionadas con la seguridad más que con la comodidad, no le agradaba la idea de viajar en los automóviles de gente extraña, de dormir en territorios de nadie sin la garantía de un prestador de servicios, sin la calma que da una cerca contra todo lo que hay afuera. Continuaba argumentando que le preocupa que Sandra pudiera salir lastimada. Total, era su pareja y él estaba en su papel, pero a mi parecía que Sandra era perfectamente capaz de desenvolverse perfectamente en cualquier situación complicada y apremiante por más peligrosa que fuera. La pareja no estaba ya en la melosidad del amor a primera vista, era ya una pareja madura, así que aquel cuidado no se explicaba por la reacción química del enamoramiento. Terminé, a la mala, aceptando su papel de macho protector; años después corroboraría que todas sus precauciones eran exageradas y que de hecho, veinte días en Ciudad de México eran más peligrosos que un año en la Baja California, la Baja de aquellos tiempos.
Me rehusé hasta el último momento, me seguía pareciendo que el gasto era completamente innecesario y les ofrecí esperarlos en la playa. Ya más molesto, Efraín convidó pagar la mayor parte del costo de la lancha y los tres abordamos, desde la playa, esa lancha que nos llevó al paseo más caro de toda la historia.
―Un poeta, no debieron mandar a tres geógrafos a describir esto, debieron mandar mil poetas ―dije desde mi lugar en la lancha parafraseando el diálogo de una de mis películas favoritas.
La lancha daba tumbos sobre las olas mientras se acercaba al legendario arco de piedra. Yo descargué mi cámara réflex sobre los lobos marinos que descansaban en un promontorio rocoso cerca del arco. Lo que mi lente no pudo captar fue el concepto de aquel lugar mágico donde dos corrientes de agua, una cálida y otra fría, se unen; el punto donde mueren todos los huracanes, el límite entre la vida ruda y el descanso para las ballenas que bajan de los polos. El arco, una belleza, la expresión más perfecta de la arquitectura de la naturaleza, trabajado durante millones de años por ese mar paciente que se podía permitir la eternidad para esculpir sus obras. Ante tal espectáculo ninguna molestia ni berrinche de mi parte podía ser sostenido, solo me rendí ante el privilegio al que había sido invitada, costara lo que costara, le debíamos a aquel lanchero todos los cofres de oro que los piratas Thomas Cavendish y Woodes Rogers habían escondido, según decían las leyendas, en las bahías del cabo.  
El lanchero nos llevó a los lugares de rigor, era evidente que para él aquello era parte de su rutina, se llamaba Julio y se mostraba simpático mientras nos explicaba la Cueva de San Juan, un orificio entre la roca que permitía ver de un lado al otro del cabo. Julio nos platicó que él había ido a estudiar a Acapulco y que cuando regresó se encontró con que su otrora tranquilo y pacífico Cabo San Lucas se había sobrepoblado. Esa sobrepoblación hubiese sorprendido también a los piratas antes mencionados, especialmente a Rogers que afirmó que el cabo era un gran lugar para la piratería pero no para vivir. Por su parte, János Xantus, un naturalista húngaro que vivió en el cabo de 1859 a 1862, dijo del mismo que era solo una playa arenosa y hazmerreir para los pelícanos (Weber Jonhson 1972). ¿Qué iba a saber el pobre János de resorts de cinco estrellas?
 Julio continuó hablándonos de la temporada de lluvias como lo había hecho el taxista de Mazatlán.
―Cuando el agua está caliente ―decía Julio ―, ya viene el huracán (las lluvias). Y si está fría no hay que preocuparse, estará seco un tiempito más.
Luego continuó con su oficio de guía de turistas y nos propuso el juego de encontrarle forma a las rocas que constituían la punta del cabo. Así, en las paredes escarpadas aparecieron rostros humanos, la silueta del territorio de la Baja California y otras figuras que exigieron toda nuestra capacidad de hacer pareidolia.
Posteriormente, Julio nos llevó hacia la Playa del Amor. El oleaje era fuerte y bajar de la lancha era algo difícil, más si se considera que cargábamos nuestras pesadas mochilas. Un grupo de tres hombres nos ofrecieron ayuda para bajar entre ese mar picado, al principio pensamos que se trataba de un acto de amabilidad, pero ya en tierra estos sujetos nos cobraron por la ayuda dada. Pagamos de mala gana y el agujero financiero del viaje creció otro peso más.
La playa en cuestión era una extensión de arena localizada al pie del cerro Solmar que corona el brazo de tierra última que forma el cabo, tenía vista tanto al Golfo de Baja California como al Océano Pacífico. El oleaje del lado del Pacífico era brutal mientras que el del lado del Golfo era más calmado y permitía que la gente pudiese nadar.
―Si nadan del lado del Pacífico es bajo su propio riesgo ―nos informaron los hombres que ayudaban a la gente a bajar y subir de las embarcaciones que llegaban a la Playa del Amor, pero ya no nos cobran por el dato, había sido “cortesía de la casa”.
Pasamos dos horas nadando y disfrutando del lado del Golfo de la playa del Amor antes de que nuestra lancha regresara por nosotros. Ya abordo, ahora nos acompañaba una pareja de extranjeros que hicieron la plática a Julio, el lanchero  volvió a contar casi todo lo que nosotros ya habíamos escuchado de su boca.
Depositados sobre la arena de la playa de la Empacadora, llamada así porque hasta la década de los 60 había ahí una empacadora de atún de la cual todavía quedaban los restos de sus instalaciones, caminamos hasta la salida de la playa rumbo a la calle, rodeando la marina. La emoción de la aventura que vivimos nos alimentó para transitar con nuestras mochilas a las espaldas hasta donde abordamos un pequeño trasporte que nos llevó a la terminal de autobuses (nuevamente). Ya en la terminal, Efraín adquirió por $210 pesos tres boletos hasta el poblado de Todos Santos.
La tarde iba cayendo. El camino a Todos Santos fue entretenido pues la carretera iba serpenteando entre el poco margen que dejaban los acantilados y el mar. Los cardones de hasta diez metros de altura, concedían espacio ante las enormes cercas de las propiedades y ranchos pertenecientes a extranjeros, otro secuestro de territorio. Por otra parte, la carretera cruzaba varios cauces de agua vacíos mediante vados que seguramente cedían ante la menor lluvia extraordinaria.
Alrededor de las seis de la tarde de ese lunes maratónico, llegamos a Todos Santos. El pueblo era tranquilo y más callado que La Paz. Sin embargo, estábamos ante otro secuestro de territorio, no había opciones para acampar y otro tipo de alojamiento era muy caro. En una bonita posada llegamos a preguntar sobre el precio de las habitaciones, una señora de tez blanca y cabello aún más blanco nos indicó que si tenía habitaciones y que el costo era de ciento diez la noche por cada uno. Se nos iluminó el rostro. Pero casi de inmediato aclaró… dólares. Dimos las gracias y nos retiramos. De camino a la carretera encontramos un letrero que señalaba la existencia de un motel de paso, la noche estaba en $250 pesos por persona y la tomamos pues ya no había luz de día.
El cuarto era modesto, apenas dos camas encerradas en un espacio de cuatro metros por cuatro metros, la alberca no tenía agua pero al menos había agua caliente en la regadera y aire acondicionado que ayudó a que esa noche no pasáramos calor.
Cenamos un poco de sopa instantánea y cochinita pibil de lata. Esa noche dormimos en cama, recién duchados, y así terminó un día en que vimos y dejamos Los Cabos en menos de veinticuatro horas.

V


El domingo 20 de junio del 2004, pocos minutos después de las seis de la mañana, abrí los ojos todavía recostada sobre la banca de madera de la cubierta superior a estribor del Vallarta. La primera cosa que observé fue la silueta del territorio de la Baja sobre el horizonte. En el cielo había algunas nubes cirrus y algunos estratos. En el cenit el cielo tenía un tono azul pálido y cerca del contorno de las montañas de la Isla Espíritu Santo el amanecer pintaba aquello con el color del fuego. Como espejo, el agua del mar repetía lo que ocurría en el cielo y le daba movimiento con el vaivén de sus olas de mar calmo. Conforme el sol fue apareciendo en su disco completo aquello se incendió más y más. Finalmente el sol estuvo tan alto que el día aclaró y la gente se arremolinó de nuevo sobre la cubierta de la popa disfrutando calmadamente, con una taza de café en mano o simplemente con los codos apoyados sobre la baranda del barco, de la vista de la estela de espuma sobre el mar que iba dejando a su paso el Vallarta. La claridad y la mayor cercanía al continente también nos permitió corroborar lo que mis compañeros de viaje y yo habíamos leído los meses previos en las fuentes bibliográficas en las que habíamos basado nuestra investigación para la práctica: todo es seco.
Y dónde están, dónde están, los que dijeron que no se iba a lograr”.
Antes de llegar al puerto de Pichilingue, Sandra y Efraín me convencieron de subir hasta la cubierta más cercana al puente de mando del Vallarta. Ahí, una torre de comunicaciones coronaba la parte más alta del barco acompañada de una veleta. Fue el mismo capitán del barco quién nos invitó a pasar al interior del puente de mando en donde lo acompañaban, además del timonero, dos oficiales más de cabina. El máximo responsable del Vallarta era un hombre maduro, con grado de ingeniero geógrafo por la Escuela Naval Militar. Sin duda, el que nos hubiera invitado al puente de mando con entusiasmo tenía que ver con que éramos estudiantes de geografía. Con calma, el capitán nos explicó el funcionamiento del timón, del faximetro y del sonar. También nos habló sobre la época en que la información naval del área era poca y cómo con esos pocos recursos tenía que vérselas con los huracanes y tormentas; estas crisis le llegaron a ocurrir con pasajeros a bordo. Cuando la situación era muy grave, optaba por refugiarse cerca de las Islas Marías, famosas por ser la penitenciaría más cruel en México durante la segunda mitad del siglo XX. A veces también optaba por regresar al puerto de Mazatlán. Antes de la era de los ferris y trasbordadores, el traslado de personas y mercancías de la península hacia el continente o viceversa se realizaba en embarcaciones pequeñas, fue el 9 de noviembre de 1964 que se realizó el primer viaje en ferri desde Mazatlán a La Paz, y hasta 1989 la administración y operación de dichos transportes estuvo a cargo de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT). El capitán ya tenía nave desde aquellos tiempos. Además del Vallarta, llegó a haber otros barcos en operación: el La Paz, el Gustavo Díaz Ordaz, el Benito Juárez, el Guaycura, el Coromuel, el Mazatlán, el Azteca, y el Loreto. Nos aclara el motivo del nombre de su nave, el Vallarta, sucede que años atrás, ese barco hacía el recorrido a La Paz desde Puerto Vallarta y no desde Mazatlán, pero años después la ruta desde Vallarta fue cerrada. Nuestra nave, el Vallarta había sido botada en 1974 y en sus pasillos, cubiertas y camarotes se podía percibir el estilo de aquellos años. También nos contó que el puerto de Pichilingue se construyó exprofeso en 1964 para recibir a los ferris y que antes las embarcaciones arribaban al puerto fiscal de La Paz. Una de las razones del éxito durante los 60 y 70 del tráfico marítimo entre la península y el continente, era que el territorio de Baja California era “zona libre” (compra-venta de mercancías sin cargo de aranceles), por lo tanto, La Paz recibía más comerciantes de fayuca que turistas en ese entonces. En 1982 eso de la zona libre se acabó y el tráfico declinó. En 1989 se concesionó a una empresa privada el manejo del mismo y para el año 2003 ya solo quedaban dos barcos cubriendo la ruta desde Mazatlán, uno era nuestro Vallarta y el otro era el Coromuel (hablaré de esa nave en el segundo viaje en otro libro). Además de la eliminación de la “zona libre”, las bajas tarifas de las aerolíneas durante la década de los 90 y 2000 concurrieron para apuntalar la decadencia del trayecto por mar a la península.
Desde el puente y mirando hacía la proa del barco, observamos algunos delfines que acompañan al barco y parecían darnos la bienvenida.
Junto a nosotros tres, se unió en el puente de mando otra pasajera, no era geógrafa ni estudiante, otras personas querían también ver de cerca el puente de mando. Yo por mi parte, fui feliz observando la brújula del barco, era hermosa.
En punto de las 9:53 de la mañana el Vallarta tocó puerto. Por fin, después de meses de planeación estábamos en la Península de Baja California, la península más extraordinaria de la tierra junto con la de Kamchatka como dice Weber Johnson (1972). Las agaváceas y el matorral sarcocaule se desarrollaban en sus laderas de pasado ígneo intrusivo. El aire era seco, sabía seco. La literatura se confirmó y eso nos hizo sentirnos dichosos, leer y corroborar lo que se lee es un privilegio para cualquier geógrafo.
En el puerto de Pichilingue, durante el desembarco, nos encontramos a otros aventureros, un chico y una chica. Él era fotógrafo y vendía su trabajo a revistas y publicaciones de turismo. Ella era italiana y la barrera del idioma no nos permitió saber mucho más. Llevan un mes y medio viajando juntos. Salieron de Mérida, Yucatán, y habían pasado por Cancún, Chetumal, Coatzacoalcos, Ciudad de México y Guadalajara. Nos presumieron ser maestros en el viaje en modalidad de “aventón”, “ray” o mayormente conocido como “de dedo”. Esto es, pararse en una carretera y con la seña universal del pulgar levantado (de ahí lo “dedo”) pedir a los automovilistas transporte gratuito hasta donde el conductor del vehículo disponga o los itinerarios de ambas partes se separen. Así, estos dos jóvenes decían haber llegado de esa forma desde Guadalajara sin pagar ni un solo peso.
En la aduana presentamos nuestras mochilas y su contenido. La temperatura iba en aumento y la explanada de pavimento que es el puerto de Pichilingue, sin ningún árbol o palmera, no ayudaba a amainar la sensación de bochorno.
Liberados por los aduaneros, nos vimos involucrados en la primera decisión importante del viaje: continuar como los chicos que piden aventón o hacer como la gente decente y pagar un taxi hacia La Paz. Así, en una Tsuru vagoneta nos acomodamos no solo nosotros tres sino también los chicos del aventón (parecía que no eran tan hábiles) y el taxista nos cobró $30 pesos por persona hasta La Paz.
Desde la carretera, que era de esas sencillas de dos carriles, la Baja ya cautivaba. Vimos desde la ventanilla del taxi el azul turquesa del mar cerca del litoral y tonos más oscuros mar adentro. Ninguno de nosotros jamás habíamos visto un paisaje como ese, sin duda nuestra imaginación y expectativas habían sido superadas.
La ciudad de La Paz, el Puerto de Santa Cruz de la Mar del Sur, no era ostentosa ni soberbia, al contrario, se percibía sencilla, tranquila, limpia y ordenada. Muy bella a su manera era esa ciudad. No había grandes edificios aunque ya se asoman entre sus calles varios centros comerciales. La mayoría de las calles estaban pavimentadas con concreto y solo unas pocas con asfalto. No podía dejar de preguntarme como había sido aquella bahía sin malecón, solo la arena, las rocas y las ostras perlíferas, y Cortés, frustrado por su colonia que no tenía ni oro ni amazonas. En un pasado más reciente, todavía quedaba con su brazo de concreto sobre el mar el relicto de lo que había sido el muelle fiscal de la ciudad, donde antes de Pichilingue llegaban las embarcaciones con la vida misma que eran los víveres a la ciudad. 
De donde nos dejó el taxi tomamos un pequeño autobús para movernos en busca de un centro comercial, un Soriana, que nos había  indicado la gente, era un buen sitio para pedir el “aventón”. Antes, caminamos un poco por el centro de la ciudad y echamos un pequeño vistazo a la catedral de la ciudad que era también sobria. Pasamos a hacer unas compras, pero no al Soriana sino a un supermercado “Ley”. La temperatura ambiente del mediodía ya era insoportable y el aire acondicionado del supermercado era un auténtico respiro.
Ya en el cruce de caminos delante del Soriana, nos pusimos a pedir el “ray” los cinco viajeros, y no nos dieron. Un hombre que vendía camarones y almejas desde su camioneta nos recomendó mejor ir hacia la terminal de autobuses que no estaba muy lejana ―sean sensatos, chicos, por favor ―, parecía decirnos de manera amable el vendedor de almejas. Hasta la terminal eran solo unos minutos caminando. Pero el joven fotógrafo siguió insistiendo en su intento de demostrar que si era un experto en pedir “ray” y lo único que consiguió fue que el conductor de un camión de esos que surten gas estacionario y que llevan un gran tanque en su parte trasera, se burlara de él ofreciéndole llevarlo hasta la próxima casa que debía surtir de gas. El desquitó su frustración con nosotros: ―bueno, es que nadie le va a dar ray a cinco personas ―dijo. Pero al fin y al cabo, tenía razón, aquello era una locura y solo estábamos haciendo el ridículo.
Decidimos entonces ir hacía la terminal de autobuses alternativa sobre el camino que va rumbo al poblado de Todos Santos. En lugar de caminar preferimos tomar otro de esos pequeños camiones del transporte público pues nuestras mochilas, que eran pesadas, minaban el ánimo de cualquier desplazamiento que incluyera caminar.
La terminal era pequeña y estaba a un costado de la avenida de cuatro carriles a la entrada de la ciudad de la Paz por el sur. Ahí se desató el debate pues la italiana y el fotógrafo querían ir hacia Todos Santos y yo prefería mantenerme lo más fiel posible al trayecto que originalmente se había planteado para la práctica de campo (aunque este viaje ya no tenía ninguna implicación académica). Sandra quería también ir rumbo a Todos Santos. Efraín permanecía neutral y trataba de obtener toda la información posible acerca de las posibles rutas y sus precios con la empleada del mostrador de la estación. Luego de un intento más de “ray” fallido por parte del joven fotógrafo, al fin se dio por vencido y, no sin cierta vergüenza, compró un boleto junto a la italiana para viajar a Todos Santos. Nosotros los vimos partir pues logré convencer a mis compañeros de seguir la ruta de Los Barriles que era la de la práctica. En ese momento no creí que fuera la última vez que veríamos al fotógrafo y a la italiana, realmente creía que en algún otro punto del camino nos toparíamos de nuevo y así lo escribí en mi diario de notas mientras esperábamos el camión rumbo a Los Barriles. También escribí que esperaba hacer alguna vez un viaje a dedo, a pesar de que estos dos chicos no habían sido el mejor ejemplo de éxito.
Por la carretera federal nº 1 emprendimos el trayecto a Los Cabos. El matorral desértico era lo único que se observaba a ambos costados a través de las ventanas del camión. Este tipo de vegetación era interrumpido a las afueras de la ciudad de La Paz por lamentables extensiones de casas tipo Geo, de esas todas iguales y miserables. El solo pensar que serían habitadas alguna vez me causaba escalofríos, su diseño no podía ser peor para las condiciones climáticas de la zona.
Pasamos la desviación a Todos Santos y continuamos rumbo a la Sierra La Laguna que se alzaba espectacular ante nuestros ojos. Las rectas interminables de la carretera se transformaron en curvas sinuosas y cerradas. Los órganos, ocotillo y “viejitos” poco a poco fueron desplazados del paisaje por el bosque de acacias y las condiciones de la selva baja. Llegamos a El Triunfo, población que era minera y que hoy apenas si tiene habitantes. La torre de chimenea que antes pertenecía a la mina, aún hoy se levantaba ahumada por el hollín de la actividad industrial del siglo XIX. El pueblito tenía su encanto pero lo pasamos rápido y pronto se perdió entre la sierra.
A siete kilómetros de El Triunfo, estaba San Antonio, población de corte similar a El Triunfo y que alguna vez fue la capital del territorio (1828). Ahora era una población ganadera y atrás habían quedado sus tiempos mineros. Tenía menos encanto pero más habitantes, daban ganas de quedarse pero no podíamos pues éramos esclavos del autobús de línea.
La carretera cruzaba la sierra, literalmente la partía en dos y comenzó a descender de esta por el valle de un río que en ese momento lucía completamente seco. La llanura de inundación de este río era basta y evidenciaba el moustro que debía ser esa corriente de agua en tiempo de huracán.
Llegamos a San Bartolo que estaba sobre la terraza del río que llevaba el mismo nombre. Aquí el paisaje era más verde, con árboles frondosos y palmas que adornaban la pequeña localidad que daba la impresión de ser un pequeño oasis en el desierto. Fuera de San Bartolo, el bosque de cardones con sus troncos cortos y las columnas acanaladas y espinosas que emergen de estos, volvía a parecer interminable.
Desde la sierra se observaba la bastedad del valle de Los Planes, sin embargo la carretera no nos haría transitar por ahí pues se desviaba rumbo a Los Barriles. Y es ahí, en Los Barriles, en donde nos bajamos del camión.
Los Barriles era un pueblo de cerca de trescientos habitantes en aquel entonces. La población estaba conformada por pocos mexicanos pues los extranjeros eran tres veces más numerosos. Su playa era extensa y conformaba la bahía de Las Palmas en donde más al sur estaba la localidad de Buena Vista. Los Barriles ya no era para nada un pueblo pesquero, había hoteles, casas de descanso ostentosas y un tráiler park. Casi todos los señalamientos estaban escritos en idioma inglés. El agua de la bahía estaba saturada de pequeños botes para la pesca deportiva y esto la hacía parecer un gran estacionamiento marítimo. La playa, más que emocionar nuestro ánimo lo minó, no era lo que esperábamos, ese lugar de la tierra parecía más una víctima de secuestro territorial que otra cosa. Sobre la arena de la playa estaban todavía marcadas las huellas de las cuatrimotos que parecían correr en gran número por esa enorme extensión de arena gruesa y abrasiva. Supusimos que existía el riesgo de que si plantábamos nuestro campamento sobre la playa alguna de esas cuatrimotos podía golpearnos por accidente durante la noche. De esa forma, cansados, buscamos un lugar dónde pagar por acampar. Encontramos un tráiler park en donde nos cobraron $130 por un lote. Éramos los únicos usuarios del lugar acampando en tienda de campaña, el resto de los clientes aprovechaban los lotes como estacionamiento para sus casas rodantes y sus camionetas de seis cilindros de carrocería alta y llantas anchas.
La casa de campaña nos la había prestado la compañera Sarai, otra estudiante de la clase de f************ que había asistido a otras prácticas como la de Chiapas. La casa era de varillas flexibles, con espacio para cuatro personas, y quedó instalada rápidamente, protegida del sol por la sombra de un gran árbol.
Aún había luz de día y en lugar de comer y saciar nuestra hambre decidimos ir a nadar al mar. El agua era cálida, el tiempo soleado y no teníamos más responsabilidad que el disfrute. En el cielo había algunas nubes altas que no amenazaban con lluvia. La Ciudad de México estaba tan lejos… Durante ese instante en que disfruté nadar en el mar pensé en que todo era como debería ser siempre toda la vida.
Cuando regresamos al campamento nos quitamos la sal del mar con una ducha en las regaderas del tráiler-park. Estas instalaciones estaban impecables y durante la cena hablamos acerca de que habíamos hecho buen negocio por una noche en ese lugar. Lavamos algo de ropa y los trastes de la cena que incluían una sartén que me había prestado mi madre con la específica advertencia de no rayas el teflón. Yo le indiqué a Sandra que en el cuidado de esa sartén estaba depositada la buena relación que yo podía tener con mi madre en aquel entonces y tanto ella como Efraín cuidaron de lavar esa sartén con mucho cuidado.
Las estrellas explotaron en el cielo y aquello fue un espectáculo. Era irresistible volver a caminar sobre la playa con esa bóveda estrellada sobre nuestras cabezas. En el horizonte, muy allá en el mar abierto, se observaba una nube de tormenta con sus relámpagos, pero no nos preocupamos pues aquel drama de lluvia parecía estar muy lejos, y así fue, esa noche no llovió.
Dormir resultó un reto… hacía demasiado calor. Entre mis cosas yo llevaba un pequeño ventilador (por su aspecto curioso lo bautizamos como el R2-D2) que durante la noche trabajó al límite de sus fuerzas y logró apaciguar un poco el bochorno dentro de aquella tienda de campaña en donde dormían tres personas.