miércoles, 10 de octubre de 2018

Referencias

del Río, Ignacio  (1990) A la diestra mano de las Indias. Descubrimiento y ocupación colonial de la Baja California. México, D.F., Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas

Cortés, Hernán (1992) [1524] Cartas de relación. México, D.F., Porrúa, México.

León Portilla, Miguel (1995): Hernán Cortés y la Mar del Sur. Madrid, Cultura Hispánica/Instituto de Cooperación Iberoamericana.

Martínez, José Luis (ed.) (1994) Documentos cortesianos. México, D.F., Fondo de Cultura Económica/Universidad Nacional Autónoma de México. 4 Vols.

Ordóñez de Montalvo, Garci  (2000) [1510] Las sergas de Esplandián. En: L'univers de la chevalerie en Castille. Fin de Moyen ÂgeDébut des Temps Modernes, Sánchez JP (cor.), París, Ed. Du Temps, p. 251-269. 

Ruíz Islas, A. (2007): Hernán Cortés y la Isla California. Rev 27-01: 39-58.

Weber Johnson (1972) Baja California de México. Zonas Salvajes del Mundo Libros Time-Life. Time Life. pp. 184.

XIII


Prácticamente en esa noche frente a la fogata fue que el viaje terminó. No sé si debía a que estábamos hartos los unos de los otros, pero los días que invertimos en el regreso fueron más un desperdicio que otra cosa. A las ocho y media de la mañana del martes 29 de junio, abrimos los ojos y mis compañeros me indicaron que había que levantar el campamento. Nos íbamos. Debíamos que ir hasta Santa Rosalía y tomar el ferri a Guaymas. Entonces yo les hice notar dos cosas: la primera que el ferri desde Santa Rosalía era más caro, y la segunda que el autobús a Ciudad de México desde ese punto también lo era. Dicho esto, la decisión de ellos fue regresar por La Paz, abordar el ferri del día miércoles y regresar a Ciudad de México desde Mazatlán. Frente a ese panorama yo argumenté que lo mejor era quedarse en Playa Naranjos un día más, pero debido a que no querían caminar nuevamente la brecha con las mochilas a cuestas, nos iríamos a una casa de huéspedes en Mulegé que nos cobraría $150 la noche por cada uno.
Debido a que dependía al cien por ciento económicamente de ellos no me atreví a contradecir el plan.
El señor Naranjo nos hizo el favor de llevarnos hasta Mulegé. Esta vez le vimos otra camioneta, una Blazer negra modelo 2002. Mientas la Blazer volaba por la brecha, el señor Naranjo nos contó que había liebres (habíamos ya visto varias), serpientes y burros salvajes descendientes de todos esos burros y mulas que habían escapado de sus arrieros, crueles mineros o ranchos en donde servían de esclavos en los tiempos en que la carretera nº 1 ni siquiera había sido imaginada. Que de vez en cuando se veían también ballenas en la bahía, pero que era más seguro verlas mar adentro. Nos contaba de lo pacíficas que eran las ballenas grises y también se quejó de los cachalotes por su agresividad. Decía que él mismo había visto a uno embestir un panga de pesca dejándola dada vuelta, cual Moby-Dick.
Durante el siglo XIX y luego durante el siglo XX, el Golfo de California había sido un gran lugar para los balleneros. En las playas de las bahías de toda la península, los balleneros freían a las cetáceos grises luego de capturarlas para obtener de ellas el esperma, materia prima que mantenía con vida la caza de ballenas en el mundo. Ese esperma era un artículo de primera necesidad para el mundo capitalista occidental de aquel momento pues servía de aceite para alimentar las lámparas que alumbraban los hogares de todas las villas y ciudades de ese mundo.
Los primeros balleneros en llegar a la Baja California eran ingleses y estadounidenses (en cuanto fueron una nación independiente en 1789) y sus incursiones eran esporádicas y sin ningún tipo de permiso por parte de la colonia española. Entre 1860 y 1870, un ballenero particular llegó a la baja, se trataba del barco comandado por Charles Melville Scammon (no confundir con el autor de Moby-Dick, Herman Melville). Aunque el capitán Scammon cazó ballenas aquí, contribuyendo a su estado actual de peligro de extinción, también fue un aportador de datos acerca de la vida marina en el Golfo, pues además de ballenero era naturalista y describió así varias especies (no solo las que cazaba) que habitaban en Baja California. Con la llegada del siglo XX y la sustitución de las lámparas de combustión por las de luz eléctrica, los anglosajones dejaron de pescar ballenas, pero en su lugar arribaron a las zonas de caza los japoneses armados con buques fábrica y arpones hidráulicos. Hoy es un privilegio poder seguir viendo ballenas por la Baja California, lo cierto es que estuvieron muy cerca de no contarla. Y en ese viaje, nosotros no pudimos ver ninguna, era algo que ya sabíamos pues no era la temporada en que ellas venían a la Baja.
Hacia las diez de la mañana arribamos a Mulegé y ahí Naranjo hizo una escala en la oficina de la empresa pesquera que le heredó a sus hijos, era una instalación sencilla que más parecía una pequeña casa que una oficina. Después nos llevó hasta la oficina de Telégrafos y ahí ocurrió la despedida.
Dejar Playa Naranjo era una auténtica lástima, no solo iba a extrañar todas las cosas fabulosas que ahí habíamos encontrado, también ya extrañaba la brecha maldita, las gaviotas que te pedían comida, los zopilotes que nos vigilaban y el triste tablero de la cancha de basquetbol sin balón para jugar. Lo único que lamentaba que Playa Naranjo no tuviera era un oleaje más fuerte y poderoso, sus aguas se movían menos que las de una alberca de un hotel de cinco estrellas, pero para mí era claro que esa playa y su nombre, sus personas, sus animales y plantas, nos acompañarían en el recuerdo por toda nuestra existencia.
Ese día, nos instalamos en la casa de huéspedes en un cuarto de seis por seis metros donde tres camas se distribuían simétricamente. La puerta de acceso daba a la avenida principal de Mulegé que era sin duda un pueblo pacífico. El lugar lucía cómodo pero ahí adentro el calor se sentía peor que estando fuera; por ello, los dueños nos ofrecieron dos “abanicos” que comúnmente nosotros conocemos como ventiladores eléctricos. Los propietarios eran una pareja de avanzada edad que salvo el asunto de los abanicos no pusieron mayor interés en nosotros.
Desayunamos un poco de atún y luego Efraín salió a la oficina de telégrafos a pedir más dinero a unos amigos suyos en Ciudad de México para poder completar el viaje. En esa espera, Sandra se dio cuenta de que el ferri de La Paz no saldría el miércoles sino el jueves. Ante esa situación yo solo podía pensar que podíamos haber estado dos días más en Playa Naranjos. Pasamos todo el día en la habitación, solo salimos para cobrar los giros de efectivo que mis compañeros habían pedido a sus contactos en Ciudad de México. Como he dicho antes, fue un desperdicio, debimos haber salido y no quedarnos encerrados.
Por la mañana se sintió un viento refrescante. Sandra y Efraín decidieron que había que cambiarse de casa de huéspedes pues en la que estábamos nos cobraban $150 y a la que nos cambiamos nos cobrarán $200, pero estaba en mucho mejores condiciones, no solo era más limpia, además tenía televisión en blanco y negro, baño y aire acondicionado. Ya instalados, mis compañeros salieron a comprar los boletos para La Paz y cuando regresaron me informaron que el camión salía esa noche a las 21:30 horas, por lo tanto habíamos pagado inútilmente una noche en la casa de huéspedes. Era para hacer corajes, pero ya estaba hecho el asunto.
El resto del día me la pasé escribiendo y mirando la televisión en donde Portugal derrotó por dos a uno a Holanda en la Eurocopa de fútbol con gol de Cristiano Ronaldo, un Cristiano que todavía no era una estrella.
En punto de las ocho de la noche caminamos hasta la estación de Mulegé para esperar el Águila. En la sala de espera había un televisor que sintonizaba un capítulo de El Chavo del 8. El camión se presentó con un ligero retardo, lo abordamos y nos dimos cuenta de que no había aire acondicionado, sería una noche incómoda.
Pasamos el puente de la curva y la entrada del Orchard donde las cucarachas y los pájaros carpinteros nos cantaban las golondrinas desde la cima de las datileras. Hicimos escala en la gasolinera y su seca planicie que ya la sentíamos tan propia. Luego de doce kilómetros pasamos por la entrada a la brecha hacia Playa Naranjos y ahí se nos rompió el corazón, dejamos parte de nuestra juventud en esa playa y su brecha que tantas veces sufrimos.  Pasamos playa Santispac y luego la de los Coyotes, ahí el mar brillaba y reflejaba la luz de la luna que esa noche era llena, seguramente a esa hora, Naranjo estaría regando las jardineras.

El jueves primero de julio, pasadas las 4:30 horas llegamos a La Paz. El sol todavía no ha salido. Efraín dijo que no debíamos caminar por la ciudad a esa hora, que había que esperar a que amaneciera. La precaución de mi compañero me pareció nuevamente exagerada pero ya no tenía ningún caso discutir. Ya con la luz de día, un colectivo nos llevó al centro de La Paz y tratamos de comprar nuestros boletos de ferri en las oficinas de SEMATUR, pero ahí nos indicaron que debíamos ir a Pichilingue. Un taxi nos cobró $130 por llevarnos allá y los boletos del ferri nos costaron muy baratos, tan solo $380 cada uno. En el puerto nos esperó el Vallarta, la misma nave que nos había traído. Su aspecto era el mismo salvo que tenía cierto desparpajo y parecía preguntarnos amablemente ―¿Se divirtieron?
El segundo viaje en el Vallarta fue diferente, había más gente, hacinamiento y nostalgia. Ya no había viento, tampoco un mar calmado (se incrementó la cuota de mareos). El espíritu de aventura nos había abandonado, parecíamos niños regresando a regañadientes al interior de nuestra casa luego de jugar en la calle. Por la tarde, el cielo de la Baja nos despidió con otro atardecer bonito. Sobre la cubierta del barco, Sandra y yo hablamos acerca de todo lo que nos había pasado y de todo lo que esperábamos sucediera luego de nuestro regreso. Había tantos pendientes, sueños y obligaciones que nos esperaban en Ciudad de México, para empezar estaba el siguiente semestre en la Universidad. Para la noche, decidí nuevamente dormir afuera pero el chiste ya no me salió tan bien como en la primera vez, el barco se movía mucho, demasiado, era imposible dormir.

El viernes dos de julio amanecimos en la cubierta del Vallarta que arribó a Mazatlán con toda la calma de la rutina. La fila para desembarcar era larga y tardamos más de una hora en descender del barco. Un taxi nos llevó del muelle a la estación de autobuses. Compramos boletos para salir el sábado, tres boletos con 50% de descuento por ser estudiantes ($377). De ahí buscamos hospedaje y nos quedamos en un hotel de nombre Acuario, frente a la playa de Mazatlán, que cobraba $250 pesos la habitación.
Por la tarde fuimos a comer mariscos a un restaurante amplio y de buenos precios de nombre El Guamichito. Por $79 yo pude disfrutar de un marlín al escabeche, una tostada de ceviche mixto y un refresco Fanta, fue una comida que ayudó a resignarse.
Luego fuimos a la plaza comercial Mazatlán que estaba ahí junto, a una cuadra. Por solo $30 pesos el boleto, Sandra y Efraín miraron Sherck 2 y yo opté por Spider Man 2. Luego de la película, de la cual no recuerdo nada, regresamos a la playa y observamos el ocaso de ese día desde el hotel. No es que la película fuese tan mala, era más bien que mi estado de ánimo era el peor para mirar una película en una sala de cine comercial, se terminaba un gran viaje y lo único que quedaba era el actor Tobey Maguire en licras.

Luego de un buen desayuno, disfrutamos de nuestros últimos momentos de viaje. En el hotel observamos caricaturas por la mañana. Tomamos nuestras mochilas y salimos rumbo a la estación de autobuses. Hicimos escala en un café internet pues Efraín y Sandra debían inscribirse al siguiente semestre de la carrera. Yo también, pero días antes había dejado instrucciones detalladas a mi familia de cómo debía realizarse eso, así que ellos desde Ciudad de México me hicieron el favor de hacer ese trámite digital.

Finalmente, llegamos a la Ciudad de México a las ocho de la mañana del meridiano de noventa grados del día domingo 4 de julio del año 2004. En la terminal no hubo mucho tiempo para hacer otra cosa más que moverse para buscar el camino a casa. Es ahí que Enrique, un amigo de Sandra, nos hizo el favor de, qué irónico, darnos “aventón”. Fuimos primero a casa de Efraín, la de las colinas al occidente. A Efraín lo dejamos ahí sin mayor emotividad, más que nada era que a los tres se nos estaba muriendo un viaje. El ambiente era de tristeza. Después me llevaron a mi casa, en ese momento mi padre y el novio de mi hermana menor acababan de llegar del partido de fútbol de cada domingo. Eran las diez de la mañana para entonces. Me despedí de Enrique y luego de Sandra, tampoco aquí no hubo dramas.
Las cosas que ocurrieron en la vida de cada uno luego de ese viaje fueron vertiginosas. Efraín y Sandra dejaron de ser pareja poco tiempo después, aquellos kilómetros en la Baja habían sido una especie de despedida. Yo por mi parte, me sumergí en una revolución personal de ciento ochenta grados que cambió mi vida para bien. Aunque por algunos años más no deje de ser trágica y sombría, me bastaba con recordar playa Naranjos y la sensación de plenitud que sentí en su arena, para sentirme mejor. Al final fue Sandra quién me dijo la frase que cierra el relato.
―Me dio gusto viajar contigo.


martes, 9 de octubre de 2018

XII


El domingo 27 de junio nos levantamos tarde. Desayunamos un poco de comida enlatada y desde ahí nos entregamos al gozo, solo disfrutamos nuestra suerte y nuestra vida. Nadamos, comimos, dormimos la siesta, nadamos otra vez, comimos otra vez y dormimos otra vez. Rutinas de este tipo hay muy pocas en la vida de cualquier ser humano. La cerveza fría complementaba el gusto.
Efraín llevaba consigo unos binoculares y con ellos resultaba sugestivo observar el detalle de la sierra de punta Concepción. Era una soledad absoluta, ahí estaban los cardones pero fuera de eso no veíamos ningún venado, borrego cimarrón o narco perdido.
Hacia el mediodía una avispa me picó en el dedo inmediato al pulgar de mi pie derecho. El ardor no ocasionó que se me perdiera la alegría y aun con esa molestia no dejé de nadar. Efraín construyó un anzuelo e intentó pescar algo, pero no hubo nada, como discípulo de Naranjo muy seguramente no tendría mucho éxito. Sandra, por su parte, durmió mucho ese día como si se tomara descanso no solo de ese día sino de todos los días complicados de la ciudad en todos esos años que había durado hasta entonces su vida.
La monotonía era interrumpida por remolinos de polvo de unos treinta metros de altura, no eran ningún peligro pero eran seductores de apreciar. Hacía el suroeste había un cerro que separaba a playa Naranjos de Santispac, ahí tampoco parecía haber nada más que cardones, polvo y soledad.
Por la noche regresamos con Naranjo para que nos contara más historias, ya éramos como niños pequeños que se reunían alrededor de una hoguera, dispuestos a escuchar, a aprender. Pero esa noche, había regresado a la casa la señora Naranjo luego de estar fuera durante dos días debido a una pequeña cirugía menor que le habían realizado en La Paz.
La mujer Naranjo remendaba los chinchorros, redes artesanales que utilizaban en antaño los pescadores del Golfo de California, al mismo tiempo que llevaba toda la contabilidad de la cooperativa pesquera fundada por su esposo. Era el cerebro financiero detrás de los éxitos de, primero la cooperativa y la empresa pesquera familiar después. Ella vivía ahora en el tráiler park junto a su esposo y su hija menor. La mujer Naranjo era también la que cocinaba en el restaurante del tráiler. Su carácter era alegre pero inconcuso, durante mucho tiempo enseñó a otra mujeres el arte de remedar redes y a que no fueran “dejadas”.
Además, nos presentaron oficialmente a Salado, el perro de la familia al cual ya habíamos notado en todo ese tiempo, pero que no sabíamos si era solo un vagabundo o la mascota de algún huésped o trabajador. El pelaje de Salado siempre estaba lleno de sal pues gustaba de meterse al agua a nadar, era sin duda un personaje amistoso y al cual le agradaba la compañía.
Los trabajadores no vivían en el tráiler park, solo estaban por temporadas y para cuando nosotros arribamos, el centro de rehabilitación ya no mandaba gente a afanar ahí.
Para la mañana del lunes 28 de junio teníamos el plan de ir a Mulegé. La noche anterior el señor Naranjo nos había prometido llevarnos, pero cuando lo buscamos esa mañana todavía seguía dormido. Su esposa nos contó que gran parte de la noche la había pasado regando las jardineras con la pipa torton que tenían. Para mí aquello cobró sentido pues recordaba que el primer día los había visto dormidos cuando llegué por primera vez a Playa Naranjos, era evidente que la mejor hora para regar la jardinera que adornaba el Tráiler park y que lo atravesaba de sur a norte con sus palmas, era la noche, cuando el calor era menor. Por el otro lado, la hora de mayor calor te golpeaba como un martillo y tu cuerpo te pedía dormir; así, ese horario nocturno para trabajar tenía mucha lógica. En el México de mis abuelos era similar, aunque se cambiaba el dormir tarde por levantarse muy temprano, hacer la faena del campo por la madrugada y terminar antes del mediodía. Era de esa forma porque sin luz eléctrica no tenía mucho caso estar despiertos por la noche, no se podía trabajar a oscuras; pero el señor Naranjo contaba con la luz que le proveía el alumbrado que él mismo había instalado en su parque y además con la luz de la luna llena.
La oferta de la señora Naranjo fue que una de las trabajadoras nos llevara hasta la carretera y a eso de las 10:30 am, a bordo del vehículo de la familia, una Blazer americana modelo 1991 roja y de solo dos puertas, llegamos a la intersección con la Federal nº1. Durante el trayecto la empleada de Naranjo nos dijo que ella llevaba poco tiempo trabajando ahí en el tráiler park y que el primer día que yo llegué, ella iba a bordo de la camioneta y me había visto caminando por la brecha, pero ella iba de salida así que no me pudo ayudar.
Sobre la carretera pedimos autoestop y esperamos durante una hora hasta que un mexicano a bordo de una Ranger pick-up gris nos tuvo en consideración, nos subimos a la caja y sobre la camioneta parecía que volábamos cual halcón peregrino hasta llegar a Mulegé. En el pueblo ingresamos al centro del mismo por la ruta del Orchard y recordamos nuestra estancia en ese lugar. Buscamos la oficina de correos y ahí Efraín pidió información acerca de cómo recibir un giro de dinero mientras Sandra llamaba a su madre por teléfono para pedirle $1500 pesos. El asunto se movió rápido y, para antes del mediodía, ellos tenían el efectivo en sus manos. Y con la seguridad que daba la abundancia, me invitaron a desayunar como la gente, en un restaurante en el centro de Mulegé que estaba establecido en la segunda planta de una de las casas más céntricas, pintorescas y antiguas del poblado. Hacía tanto que no comía unos hot cakes que me supieron exóticos. Luego compraron más víveres en “la i griega” y hasta pagaron un taxi que por $50 pesos nos llevó hasta la planicie seca de la gasolinera. Y ahí terminó el reino del dinero.
Luego de una hora bajo el sol, otro mexicano a bordo de una Cheyenne  blanca nos ofreció nuevamente viajar en la caja de su pick-up. A esa hora el viento ya nos quemaba la piel de tan caliente que estaba. Nos detuvimos unos segundos delante del comienzo de la brecha rumbo a Playa Naranjo antes de comenzar la caminata. Nos miramos los unos a los otros con resignación, ahí íbamos de nuevo, con el sol de las dos de la tarde y con más de cuarenta grados centígrados a la sombra. Si en ese momento alguno hubiese hecho notar que alguna vez aquello fue un mar o un lugar más húmedo y frío, tanto que pudo albergar mamuts, bisontes, camellos y caballos, nos hubiéramos reído. Pensar que, caminatas diez veces más largas que la que teníamos que hacer para entrar y salir de Playa Naranjos, eran la rutina de aquellos nómadas que pintaron las cuevas de la Baja California, no era tampoco ningún consuelo. Esos habitantes, los primeros de la Baja, sus verdaderos descubridores, dejaron tras de sí las puntas de sus flechas y hachas, los tiestos y las montañas de conchas de almeja que se comieron por montones. Cuando los jesuitas les preguntaban a los cochimís sobre sus orígenes, estos solo decían que sus antepasados habían llegado del norte luego de perder una gran guerra. Contaban que la Península ya estaba poblada por humanos de mayor estatura, casi gigantes, y que eran los que habían pintado las paredes de las cuevas pues además de altos eran de inteligencia superior. Los cochimís, por su parte, ya no usaban las cuevas ni para pintar ni para vivir, la caza nómada no permitía encariñarse nunca con un arroyo, con un oasis o con cualquier lugar, no podía hacerse patria cuando la Baja obligaba a seguir los instintos para no morir. Y lo que no pudo hacer la Baja lo hicieron los invasores españoles que entre escaramuzas, explotación y enfermedades, acabaron con casi toda la población original de la Baja.

Nada más llegamos al tráiler park, nos tiramos sobre la arena a descansar. Luego comimos algo en el restaurante de Naranjo e hicimos las cuentas financieras de nuestro viaje.
Efraín y Sandra planeaban tomar el transbordador a Guaymas desde Santa Rosalía y de ahí el camión rumbo a la Ciudad de México. Cuando me informaron eso pensé que era evidente que la aventura llegaba a su fin. El “derroche” económico había cobrado su precio en kilómetros pero también lo había desquitado en placer, el silogismo se había cumplido, y además se había transmutado. Sabía que todo lo que habíamos vivido hasta ese momento lo recordaríamos por toda la vida. Luego de hacer los números fuimos a nadar, pero esa noche yo hice mis propios números y conté $1637 pesos de deuda externa que debía pagarles a mis compañeros.
Luego de cenar arroz pre-cocido y puré de papa, hicimos una fogata en la playa. Los aullidos de los coyotes se escuchaban a lo lejos. En las llamas podía observarme contando todas las experiencias que había vivido a hijos o nietos que todavía no habían nacido. Escribía y escribía para contarlo a todo aquel que quisiera escucharlo alguna vez. Pero principalmente, me veía regresando a esa península, me había enamorado de la Baja para entonces.

lunes, 8 de octubre de 2018

XI


El sábado 26 de junio el paraíso terrenal dejó de ser un mito, no había amazonas ni oro (había todavía algunas ostras), pero no hacía falta, el paraíso terrenal se llamaba Playa Naranjos. Si ahí hubiésemos encontrado el palacio de la reina Califia, la reina amazona, no me hubiese sorprendido.
Pero antes el purgatorio donde tres estudiantes expiaron todas las culpas de sus pecados pasados, presentes y futuros: la brecha de 2.5 km desde la carretera hasta las puertas del edén. A las ocho de la mañana comenzamos a levantar el campamento en el estero de Mulegé. Las cucarachas nos miraban a lo lejos con semblante de victoria. Yo por mi parte estaba desesperada por la lentitud de perezoso del Amazonas con que mis compañeros levantaban en campamento. Yo los urgía para que lo hicieran más aprisa y señalaba con horror al sol.
―Si caminamos a medio día nos vamos a quemar en la terracería que hay entre la playa y la carretera ―les decía, pero ellos no se atemorizaban, quizás creían que exageraba, quizás no dimensionaban lo que eran 2.5 km con mochilas a cuestas bajo el sol. Total que después del desayuno solo me concedieron no perder más tiempo en lavar los trastos, eso se podría hacer más tarde bajo el amparo de la tierra prometida.
Hora y media después, estábamos pidiendo “ray” a la salida del Orchard, situación que resultó poco conveniente pues la carretera salía de una curva pronunciada luego del puente sobre el río y por ello era peligroso que algún vehículo se detuviera. De esa forma, tuvimos que caminar un kilómetro con nuestras mochilas a las espaldas. En ese caminar pasó un taxi y lo detuvimos, nos cobró cuarenta pesos hasta la planicie de la gasolinera de la entrada a Mulegé. Ahí pasamos a comprar víveres en la tiendita de la gasolinera y luego nos paramos a un lado del camino para pedir el “ray”. En ese caso Efraín no tenía opción, el taxi nos cobraba demasiado hasta Playa Naranjos y ningún autobús nos dejaría en ese lugar.
Una camioneta pick-up de un chico sudcaliforniano, fue nuestro transporte. No hablamos con nuestro bienhechor pues nos mandó a la parte de atrás, a la caja de la camioneta, a compartir el viaje con los tambos que llevaba. Nos bajó en el lugar indicado y ahí estaba otra vez, delante de mí, esa brecha que tanto me había dolido.
La diferencia es que ahora llevaba la mochila a cuestas y mucha más agua que el día anterior. El aro solar ya estaba en su punto más alto, todo mi esfuerzo por evitarlo en su peor hora había sido en vano. Al vernos, solo los zopilotes albergaron esperanzas de que algo bueno pudiera pasar. Para aminorar el lamento intenté charlar con mis compañeros y funcionó, recordar nuestras películas y nuestra música nos hizo más llevadero el calvario. Sin embargo, hubo un momento en que nos detuvimos al punto del hartazgo, a mí ya me dolía la cabeza y sentía calambres en las piernas. Sandra se sentía mal, mareada y sin fuerzas. Intuí que nos habíamos deshidratado. Efraín no se encontraba mejor e incrementamos la frecuencia de nuestros descansos durante los metros faltantes. No había ni una sola sombra, ni de árbol ni de nube, que nos cubriera del sol. Nuestra ropa estaba empapada por el sudor pero en los últimos metros ya no sudábamos, no quedaba líquido en nuestros cuerpos que transpirar. Al final, arribamos a la tierra prometida.
Luego de beber agua copiosamente, colocamos el campamento debajo de una palapa de las que los trabajadores llamaban abiertas, esto era así porque había otras palapas que eran cerradas y que más bien eran cabañas, amuebladas por dentro, con su puerta y ventanas. Todas las construcciones, tanto las palapas abiertas como cerradas tenían el techo en dos aguas y estaban construidas con madera, además, todas tenían pórtico aunque solo algunas de las cabañas cerradas tenían loza por suelo, el resto tenían solo el piso de concreto o la arena suelta como era el caso de nuestra palapa. Los techos eran de palma sobre armazón también de madera, y las dimensiones de todas eran las mismas o muy similares, como si hubiesen sido construidas siguiendo una receta afortunada. Un sello particular era que las tablas que hacían de paredes a esas palapas estaban pintadas con colores alegres como el amarillo, el azul cielo y, por supuesto, el anaranjado. Solo el restaurante era más grande que todas las demás palapas, en su interior tenía mesas y sillas como todos los restaurantes del mundo, pero este en particular tenía un librero que se iba llenando con las donaciones que hacían los propios huéspedes. Ahí, en ese librero que a mí me pareció mágico, encontré un ejemplar de “La milla verde” de Stephen King y ahí dejé yo el libro que no había podido leer en todo ese tiempo y cuyo peso había cargado en mi mochila. Sobra decir que el menú del restaurante no era otro que pescado (preparado de mil formas), almejas (preparadas de otras mil formas) y huevo, pero con eso bastaba, con eso le sobraba para ser la felicidad.
Los trabajadores que nos vieron llegar con nuestros caparazones de tortuga a la espalda se rieron un poco de nosotros, pero amablemente nos dieron sin costo unas sillas, una mesa plegable, un galón de agua y hielo en una hielera. Dad de comer al hambriento y de beber al sediento dice la prima máxima semita del desierto, y en ese momento tenía todo el sentido del mundo.
Todavía más, uno de los trabajadores se ofreció a llevar a Efraín a Mulegé para comprar más faltantes como hielo y Coca Cola. Nunca pude preguntarle qué sentimientos tuvo Efraín al recorrer la brecha en la comodidad de un automóvil a pocos minutos de haberla sufrido caminando.
Mientras tanto, yo y Sandra nos quedamos a disfrutar de la vida en Playa Naranjos. Su arena era gruesa pero blanca, más adentro el fondo estaba lleno de gijarros, el oleaje era tranquilo pero constante, el viento proveniente del noreste era refrescante y la roca desierta (literal, ahí no vivía nadie) de punta Concepción se levantaba como horizonte. Uno de los trabajadores nos aseguró que en los cerros de esa zona todavía habitaba el borrego cimarrón y sin duda, venados. Las serpientes, nos dijo, eran el pan de cada día, después de las seis de la tarde era seguro toparse con alguna. Luego mencionó un dato que nos dejó más frías que el hielo que nos había regalado ―hoy el termómetro marcó cuarenta y dos grados. ¡Con razón nos deshidratamos!
Nos metimos a nadar y el agua de la bahía era tan clara que aún mucho después de la línea intermareal se podía ver el fondo a simple vista. Si caminabas cincuenta metros hacia adentro del mar, la altura del agua no alcanzaba para cubrirte la cabeza. Varias aves aprovechaban las rocas que delimitaban ligeramente la playa, pero solo las gaviotas se aventuraban a robar comida en la zona de las cabañas. No a pocas de estas gaviotas les compartimos restos de galletas y hasta algo de atún alimentando su mal hábito.
Esa noche, el hombre dueño de Playa Naranjos, nos invitó a tomar una silla y escuchar, solo escuchar su historia, a Efraín le encantaban estas cosas, preguntar y hablas con la gente acerca de su vida cotidiana y de sus experiencias extraordinarias.
Playa Naranjo no tenía ningún árbol de naranjas, el lugar debía su nombre a su dueño, el señor Naranjo. Su apellido tenía orígenes españoles y él mismo investigó su linaje y encontró que su familia venía de Michoacán. Su padre fue revolucionario y jefe de activistas durante los gobiernos posteriores al movimiento armado, de ahí que todo el color naranja de su lugar y su persona estuviesen corridos más al rojo y cerca del corazón que al color del dinero. En una emboscada, el padre de Naranjo perdió la vida y lo dejó a él con solo tres años de edad y a sus cinco hermanos sin padre, pero con una viuda que les pasó a los hijos la sensibilidad ante la injusticia. Por un tiempo la familia trunca se instaló en Topolobambo, Sinaloa, y desde pequeño, Naranjo se interesó por la pesca y el mar. Un anzuelo era su juguete favorito y desde la costa observaba con fascinación cuando los camaroneros salían del puerto hacia altamar. Durante su niñez soñó con embarcarse algún día en una de esas naves.
Con  el tiempo, conoció a algunos de los capitanes de esos barcos, como el Negro, hombre de piel oscura, genes africanos y que en los cincuentas era reconocido por todos como el mejor capitán camaronero del lugar. Todos los pescadores querían ser parte de su tripulación. El Negro era parrandero y mujeriego, la habilidad y maestría que poseía para la mar le era inútil para la vida fuera de esta, era todo un capitán de barco. El niño Naranjo, cegado por el halo de heroísmo del marino oscuro, le pidió un día que se lo llevara a una de las jornadas de pesca alta. El Negro fue a hablar con la madre del niño Naranjo pero de poco sirvió pues la madre estaba bien advertida de todas las malas artes que sucedían en los barcos camaroneros.
Por aquel entonces mucha gente arribaba desde la Ciudad de México u otras urbes, eran jóvenes motivados por el espíritu de aventura que buscaban embarcarse en esos viajes de pesca alta que duraban varios meses. El espíritu de algunos era lo suficientemente recio para que los locales los dejaran tratar, pero su cuna citadina les jugaba en contra y muchos de ellos morían en altamar, eran los marineros de agua dulce, torpes para salvar la vida en la mar. Por esa y otras historias, la madre de Naranjo se negaba a los deseos del niño.
Ya más grande, el muchacho Naranjo logró que su madre le diera permiso y se embarcó en el camaronero del Negro. Luego de ese primer viaje, Naranjo ya no regresó a la escuela, se dedicó de tiempo completo a ser camaronero. Se embarcó en otros barcos y varios viajes, a sus quince años ya acumulaba miles de leguas marinas de recorrido y varias toneladas de producto capturado que le dejaba buen dinero para sus sueños de muchacho de puerto. Un día decidió probar con la pesca de cabotaje y se fue a la Baja pues se había enamorado de la Península y en la costa de esta la pesca era harto abundante en esos tiempos. El joven Naranjo fue testigo de cuando Los Cabos era apenas un caserío de cuatro o cinco construcciones y una bodega para almacenar producto. La carretera nº 1 que tantas veces nos había llevado a nosotros, no existía en tiempos del joven Naranjo y cada viaje de comunidad en comunidad era una jornada de varios días por brechas maltrechas o pangas que bordeaban el litoral. Un día, la pesca de cabotaje lo llevó a bahía Concepción y decidió instalarse ahí, apenas unos metros de donde estábamos escuchándolo. De la nada levantó una cooperativa pesquera y a los veintidós años era ya el líder de la organización. Él mismo se describía impulsivo, alguien que no se dejaba, pero inteligente. En la época del priismo duro, la cooperativa se sobrepuso a las persecuciones de los particulares que deseaban que aquella comunidad de pescadores exitosos fuera borrada de la faz de la tierra.
Naranjo contó que un día un cliente no quiso pagarle un producto a la cooperativa. Así, tuvo que viajar hasta La Paz para buscar al secretario de asuntos pesqueros y le explicó la situación. El secretario que había sido militar mandó buscar al acusado. Naranjo pensó que aquel secretario era incorruptible pero el acusado también tenía amigos poderosos, entre ellos un diputado corrupto que habló con el secretario y abogó por su amigo. El diputado acusó a Naranjo y su cooperativa de comunistas en el tiempo en que eso era peor que si se te acusaba de leproso. Además, el diputado invitó al secretario a una pachanga donde lo agasajó con regalos, halagos y licor, comprando así su fallo a favor. Naranjo se defendió en un juicio en su contra y salió bien librado, conservó la cooperativa, el permiso para pescar abulón, langosta y otros productos, pero nunca logró que se le pagara, literalmente el diputado y el cliente le robaron.
Lo peor estaba por venir, a un lado de la cooperativa de Naranjo, se instalaron dos empresas con fachada de cooperativas que buscaron pescar, sin permiso, los mismos productos que Naranjo. Eran amigos del gobernador de aquel entonces cuando la Baja era todavía territorio y no estado. El gobierno buscó a Naranjo para pedirle sus permisos, cosa que nunca antes había pasado. Demostró que estaba en regla y nada pudieron hacerle.
Entonces, el gobernador llamó a una junta con las cooperativas y les explicó que los bienes de las tres organizaciones se mancomunarían y así las organizaciones sin permisos podrían obtenerlos en automático. Por supuesto, Naranjo y sus compañeros no aceptaron. El gobernador perdió toda compostura y les contestó que ―chingaran a su madre ―, que él era el gobernador y que ahí se hacía lo que él ordenaba, textual.  Ordenó a las cooperativas sin permisos pescar en el territorio de Naranjo, quien fue hasta la Ciudad de México para buscar a las autoridades federales. A uno de sus compañeros le pidió que en cuanto observara que los de las otras cooperativas pescarán producto para el cual no tenían permiso, le llamara de inmediato por teléfono. Así lo hizo el compañero y en cuanto hizo la llamada a Naranjo este fue y levantó una denuncia. Las autoridades federales confiscaron el producto que no tenía permiso y los agraviados fueron a quejarse con el gobernador.
La venganza del gobernador no fue inmediata pero si efectiva, poco a poco fue destruyendo a Naranjo. Primero, uno de los compañeros leales a Naranjo lo sucedió como líder de la cooperativa, pero se vendió al gobernador y Naranjo le preguntó directamente al traidor cuando lo tuvo de frente:
―Bueno, ¿tú qué quieres?
―Quiero mandar ―le respondió el otrora compañero.
Naranjo se hizo a un lado y comenzó a alejarse de la actividad pesquera ligada a la política. Entonces, un carguero portugués de gran calado encalló en el Golfo de California. La compañía propietaria del barco desafortunado lo dio por perdido pues era mucho más costoso y complicado liberar al barco que adquirir otro nuevo. El barco quedó en tierra de nadie. La gente de los alrededores comenzó a saquearlo de a poco. Una de esas personas extrajo de la nave maquinaria y herramienta, al no encontrar quién se la comprara, decidió ir con Naranjo y le ofreció todo aquello. Naranjo le había hecho años antes un préstamo al saqueador y así, este último le ofrecía la maquinaria como pago. Naranjo al principio se negó, ninguna de esas máquinas le iban a servir a él para nada; había, por ejemplo, un torneador de ocho toneladas. Luego de la insistencia del saqueador, Naranjo aceptó ya que recordó que a su hermano menor podría servirle esa chatarra pues estaba más cerca del giro de sus actividades.
Los cuervos de dos patas notaron las máquinas que se tostaban al sol en la tierra de Naranjo y fueron con el chisme con el gobernador rencoroso. Se le abrió a Naranjo un proceso por robo de los bienes de la nación pues al ser abandonado el barco por su propietario este pasaba a ser propiedad del gobierno mexicano.
Luego de un año y medio de proceso, el juez lo exoneró y en todo ese tiempo el pescador se cuidó de no delatar al saqueador que le había vendido aquello. El papeleo y protocolo continuaron, pero Naranjo faltó a un citatorio y se le giró entonces una orden de aprensión. El juez lo regaño y le dijo:
 ―Si no hubiese sido usted tan huevón, usted se habría librado de ir a la cárcel.
Así, Naranjo pasó mes y medio de prisión en el penal de Guaymas, Sonora.
Ya libre pero cansado, regresó a pescar. La cooperativa le dio una lancha para que pudiera seguir haciendo lo que era su pasión, pero le dejaron claro que lo expulsaban de la organización. Ahí comenzó otro camino, era tan bueno pescando que pronto se compró otra lancha y montó un pequeño negocio con la ayuda de sus hijos. Llegó a tener once barcos pesqueros y en su punto más alto, decidió venderle todo a la cooperativa.
―¡Negociazo! ―dice el viejo Naranjo con una sonrisa luego de cambiar el socialismo por el capitalismo.
Con el dinero obtenido, decidió hacerse de una flota de camiones refrigerantes para trasportar producto. Así, en pocos años logró tener el eslabón completo: pesca, almacenamiento, trasporte y venta de pescado a Guadalajara, Ciudad de México y Los Ángeles.
Con los cambios en la Constitución en lo referente a las tierras ejidales, Naranjo aprovechó y compró el terreno en donde había comenzado su cooperativa que poco a poco fue asfixiada por el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y se fue a la bancarrota.
El negocio particular de Naranjo, se lo heredó a sus hijos y él se retiró al vivir al terreno que había comprado y que era el mismo en que ahora estábamos sentados todos escuchando su plática.
Con la ayuda de cuatro muchachos fueron construyendo poco a poco las cabañas para los huéspedes. Para entonces, el tráiler park Naranjos contaba con diez palapas abiertas de $70 pesos la noche, y diez cabañas de $200 pesos, además de regaderas, baños, cancha de básquet y una iglesia cristiana cuyos feligreses pidieron permiso a Naranjo para construir en su terreno.
El gobierno solo le había puesto trabas y papeleo en eso del tráiler park, nunca le dieron un crédito ni apoyos. La construcción del camino que tanto nos hizo sufrir a mí y mis dos compañeros de viaje, se había obtenido gracias a un ingeniero que cuando estaban haciendo las obras de mantenimiento de la carretera federal nº 1, llegó a descansar a Playa Naranjos. Él y sus trabajadores no solo disfrutaban de la belleza de la playa, Naranjo les ofrecía y cocinaba exquisito pescado y jamás se los cobró. Ellos insistían en pagarle, pero Naranjo no lo permitía. Entonces, el ingeniero habló con Naranjo y le propuso que le hacía el camino para llegar a Playa Naranjos. Así, los trabajadores trabajaron de lunes a viernes en la carretera nº1 y los fines de semana se ocuparon del trazo de la brecha hacia Playa Naranjo. No lograron terminarlo es a vez, pero al año siguiente regresaron y lo concluyeron, pagando con creces toda la hospitalidad recibida.
El lugar quedó comunicado por tierra, pero no tenía luz eléctrica. Fue un ingeniero de Guaymas quien por un módico precio le ofreció a Naranjo la instalación de un sistema de electricidad a base de paneles solares. Eso fue en el año de 1991. Desde entonces, Naranjo se ha encargado de ampliar y mejorar el sistema de las celdas. Además, instaló un motor a gasolina de cuatro cilindros en V que alimenta un generador eléctrico.
En algún momento, Naranjo contrató el sistema de televisión por satélite, pero era tan malo el servicio que luego de cuatro meses decidió cancelarlo. Así, el único medio de comunicación era una radio de onda corta que captaba las estaciones de radio de todo el mundo, así no más. El agua llegaba en pipa, pero ese seguía siendo un problema pues duraba poco.
Naranjo entonces nos aseguró que en general toda la Baja era bastante tranquila. Solo había tenido dos problemas extraordinarios, el primero cuando un adicto le pidió trabajo y le dijo que estaba en rehabilitación. El hombre era de Guaymas y había vivido tranquilo con su esposa e hijos en ese puerto. Pero un día unos tipos le pidieron que llevara un cargamento de mariguana a Tijuana. El hombre aceptó y se llevó a su familia a manera de camuflaje. El asunto le salió bien, el paquete fue entregado en tiempo y forma y él recibió su jugosa paga. Y así comenzó a llevar cargamentos de droga a Tijuana o donde le dijeran. Solo que una vez, los que recibieron el cargamento no le pagaron la mercancía y le dijeron que no se opusiera o lo mataban. El tipo, completamente muerto del susto no regresó a Guaymas, sabía que no podía regresar sin el dinero pues lo matarían. Así, decidió huir a Ensenada abandonando a su familia. Intentó cruzar a Estados Unidos de manera ilegal pero fracasó. En su desesperación se refugió en la bebida y pronto, debido a su experiencia previa, se pasó a los otros estimulantes no legales. Llegó vagando hasta Mulegé pues ahí vivía una hermana suya. Se enteró ahí que a su esposa la habían metido a la cárcel por tráfico de drogas y que ahora trabajaba en el campo para mantener a sus hijos, que eran también los hijos de él. Agobiado, destruido por la culpa, decidió ingresar al centro de rehabilitación de once pasos en Mulegé. De buena fe, Naranjo tenía un acuerdo con el centro de rehabilitación que consistía en darle trabajo a los rehabilitados. De esa forma, el hombre llegó a Playa Naranjo, se ganó la confianza del otrora pescador y realizaba de manera eficiente todas las tareas que se le encomendaban. Luego de varios meses de armonía, el hombre le pidió un favor a Naranjo: cada tarde, el centro de rehabilitación mandaba una camioneta para regresar a los adictos al centro luego de trabajar en el tráiler park, el hombre le pidió a Naranjo que esa noche no lo entregara pues tenía pensado fugarse. Decía que quería regresar a Sinaloa para recuperar a su familia, pero Naranjo no aceptó. El hombre insistió cada día por esa oportunidad.
―Escúchame bien, cabrón ―le dijo Naranjo ―, te voy a ayudar pero si me entero de que te tiras al vicio yo mismo te atrapo y te entrego. Por mi te vas a la cárcel.
La fuga se dio al fin uno de esos días. Durante varios meses, Naranjo no tuvo razón del desgraciado adicto hasta que una vez un conocido que tenía en Guaymas le contó que la persona a la que había ayudado había regresado con su familia y ahí la iba pasando. Desde entonces, Naranjo siguió recibiendo noticias de aquella mula del narco que lo había perdido todo y que ahora recuperaba, paso a paso, una vida normal.
La segunda historia también fue interesante. Una vez unos pandilleros llegaron de Tijuana a Playa Naranjo, preguntaron si podían usar los baños y regaderas, Naranjo les dijo que por diez pesos podían usarlos. Ese día pagaron. Al otro día volvieron pero ya no pagaron. Al tercer día no solo no pagaron sino que se subieron al techo de los baños a beber cerveza y Naranjo se molestó.
―Bájenos de aquí, pinche viejo ―le respondieron los pandilleros.
Naranjo regresó a la oficina, cargó su escopeta y a punta de fusil los bajó. Los pandilleros huyeron en sus automóviles a toda carrera.
Al otro día regresaron, lo que son las cosas, trayendo consigo a una patrulla de la policía judicial. Para sorpresa de los pobres pandilleros, el comandante de la patrulla, tan solo vio a Naranjo, se acercó a saludarlo y abrazarlo efusivamente, eran compadres. Los niños de Tijuana terminaron pagando lo que debían.
A veces, no eran los criminales el problema, era la policía y no siempre eran compadres de Naranjo. Una vez llegaron unos judiciales y utilizaron la palapa. Cuando se iban, le dijeron a uno de los empleados de Naranjo que no iban a pagar ni un centavo. El trabajador, por miedo, no dijo nada a su jefe. Al día siguiente regresaron los judiciales y Naranjo mismo se acercó hasta ellos. Eran dos hombres y sus parejas, dos mujeres que Naranjo describió como esculturales. Al pedirles la cuota, los policías no solo le dijeron que no le iban a pagar sino que además lo insultaron.
―Chinga tu madre ―respondió Naranjo a los uniformados ―, esta palapa no se construyó sola, mi trabajo me costó y tienes que pagar por usarla. Vienes de pinche grosero y yo te había hablado amable. Tú estás aquí para servirme, eres servidor público, yo pago mis impuestos y tu sueldo.
Los de charola se molestaron todavía más pero increíblemente, a pesar de que tenían sus armas de cargo, terminaron pagando a un asustado Naranjo. Todos nos quedamos con la interrogante en la garganta acerca del desenlace de la historia. Naranjo lo explicó a su manera:
―Perro que ladra, no muerde.
La media noche pasó y seguimos escuchando a Naranjo que lo mismo opina del bloqueo a Cuba que de la nefasta programación de la televisión por cable. Se indignaba por las falsas promesas al campo y la demagogia del presidente Vicente Fox. Hablamos de historia y luego de literatura, y todas sus referencias, sobre cualquier tema, se dirigían hacía la pesca. Nos explicaba su pensamiento en una frase:
―Hoy por ti, mañana por mí.
Casi a las dos de la mañana el cansancio nos venció. Me quedé con la idea de que Playa Naranjo era un oasis en la Baja California, no uno del tipo de ojo de agua y vegetación, sino uno ideológico, de ideas y de integridad, un oasis de todo México. Parafraseando a Las Sergas de Espladián, tierra de “valiente espíritu y gran fortaleza”.