El alba todavía estaba inacabada cuando llegamos a Loreto. Lo inmediato fue
buscar un lugar para acampar. Tomamos un taxi, otro maldito taxi, que por $50
pesos por los tres, nos ofreció llevarnos a cualquier punto de Loreto. Como aún
no amanecía, en los primeros lugares en los que tocamos la puerta por hospedaje
no nos abrían. El taxista, un joven amigable, nos ofreció su terreno para
acampar si en la última opción que existía de tráiler park en Loreto
tampoco nos abrían la puerta. La oferta del taxista no tuvo que ser cambiada,
porque un velador nos abrió la puerta en la que era nuestra última opción.
Todavía sin luz de día montamos la tienda de acampar. Además, yo me di un baño
refrescante en las regaderas del lugar que nuevamente estaban en buenas
condiciones, cualquier viajero sabrá lo importante y tranquilizador que es un
sanitario limpio.
Un poco de frío se sintió en la madrugada y luego de varios días de no
tener esa sensación hay que decir que fue agradable. Luego dormimos
plácidamente hasta pasadas las nueve de la mañana, hora en que la temperatura
ya era insoportable dentro y fuera de la tienda.
Cuando nos levantamos pudimos ver el lugar que ahora nos albergaba, éramos
nuevamente los únicos que usaban tienda de acampar en aquella extensión de
arena gris del tamaño de un campo de fútbol que contaba con luz eléctrica para
cada lote. En un edificio al centro del terreno, con techo de palma, había una
lavandería, cocina y un comedor. En todo el complejo apenas había unas palmeras
que daban un poco de sombra, pero en el extremo que daba hacía la puerta
principal y hacia la calle, había dos altos y robustos pinos salados; de hecho,
la sombra de uno de esos árboles hacía más refrescante nuestro lote y eso era
una bendición, un privilegio y un regalo de los dioses mochileros.
Ya casi al medio día salimos a buscar algo para almorzar, caminamos con
mayor libertad sin las mochilas y todavía con un sol no tan alto. La calle
estaba sin pavimentar y ahí si había más árboles que hacían sombra. Compramos
algunas cosas en una pequeña tienda de abarrotes que encontramos antes de pasar
el vado del río que separaba la zona donde estaba el tráiler park y
algunas casas de descanso de extranjeros, del resto del poblado de Loreto.
Luego de nuestras compras regresamos al campamento y ahí fue que conocimos
a Gabriel, trabajador del tráiler park que tomó especial atención en
nosotros, creo que le llamaba la atención que fuésemos turistas mexicanos y no
extranjeros. Él era un tipo de baja estatura, piel morena, bigote a medio crecer
y un poco regordete. Nos contó que entre los meses de noviembre a marzo el tráiler
park estaba atestado de turistas extranjeros. De esa forma, los turistas que
había ahí en el momento en que nosotros nos hospedábamos, eran aficionados a la
pesca del “dorado” y del pez vela. Estos pescadores extranjeros salían en sus
embarcaciones adecuadamente provistas de todo lo necesario para jornadas de
tres días de pesca y regresaban con seis o siete “pescaditos”; en cambio, un
lanchero promedio de Loreto, luego de una sola noche regresaba cargado de
pescado, tanto que sus improvisadas embarcaciones apenas si podían mantenerse a
flote, al menos eso nos contaba Gabriel. Se trataba de la diferencia entre el
aficionado y el profesional, ni más ni menos.
También nos habló de la agricultura del lugar, de las trampas para mosca
asociadas al gusano barrenador, plaga problemática en Loreto. De las ramas del
pino seco que guardaba nuestra tienda de campaña, colgaban varias de esas
trampas para mosca. Nos dijo que esas las había colocado un biólogo y que ayer
había hecho la inspección de las trampas y no encontró ni una sola mosca. Al
principio, nosotros habíamos creído que dichas trampas eran para abejas
africanas, resultaba un tanto desalentador saber que se trataba de una mosca
que luego daba lugar a un gusano que malograba las cosechas y no la famosa
abeja vituperada por los medios de comunicación en México durante la década de
los noventa.
En esa charla, Gabriel nos ofreció invitarnos a comer pescado fresco, un
dorado (Coryphaena hippurus), y nos presentó a Francisco, hombre alto y
delgado que vestía camisa de manga larga y sombrero de ala ancha, él era el
otro empleado del parque con el que José compartía la ardua labor de barrer
todos los días el parque. Eso lo llevó a hablarnos de la dueña del lugar, una
estadounidense poco hábil con el español, pero que no lo necesitaba pues todos
sus clientes eran extranjeros. Nos dijo que era una patrona meticulosa y
cuidadosa del parque, por ello la limpieza extrema del lugar y la ordenanza de
barrerlo todos los días de cabo a rabo.
Luego de esta conversación amistosa, decidimos explorar Loreto y
conseguimos “ray” hasta el centro del poblado. Nos encontramos así con un
pueblo turístico que nació arropado por su misión. Si bien Loreto tenía su
encanto, ya para entonces no podía dejarse de sentir que parte de ese atractivo
había sido artificial y dirigido hacia el turista internacional ávido de la
experiencia “mexican curious”.
El edificio principal del poblado era la misión (terminada en 1752),
hermosa en su simpleza, pero cuyo campanario era testigo de esa remodelación y
maquillaje del poblado, ya que esta había perdido su campanario original en
1877 debido a un terremoto (sí, aquí también suceden terremotos), fue hasta más
allá de la mitad del siglo XX que fue construido el que se observaba
actualmente y, hay que decirlo, se notaba la incrustación del elemento moderno.
Aun así, la fachada de la misión mostraba orgullosa la frase que remataba su
puerta: “Cabeza y madre de las misiones de Baja y Alta California”.
A un costado de la misión estaba el Museo de las Misiones. La historia de
la colonización de la Baja estaba contada en ese pequeño museo en el que no
faltaban las explicaciones detalladas sobre cada cosa y algunos objetos
interesantes como una noria del siglo XIX y la cruz natural, un tronco de
bebelama que se erguía en el medio del patio del museo. De ese museo fue que
tomé la cita con que abre esta obra (y otros muchos datos, nombres y fechas),
la que afirma que la Baja está muy próxima al paraíso. En esa misma frase es
donde se habla de las amazonas y el oro, y es lo que leyó o conoció Cortés,
quizás lo que lo sedujo.
Fue el padre Kino (1645-1711) el primero que se dio sus vueltas acá por
Loreto. Su primer nombre era Francisco, había nacido en Trento y se había
ordenado jesuita. Luego de ordenarse, pasó un
auténtico calvario para poder ser misionero en el nuevo mundo y la Nueva
España le tocó por sorteo. Cuando arribó a la Nueva España (1681) lo mandaron a
Sinaloa donde los indios eran y fueron siempre bastante dignos y celosos de su
libertad. Ahí, en el año de 1683, se embarcó en una expedición rumbo a la Baja
al mando de Isidro de Atondo y Antillón que fungía en ese entonces como gobernador
de Sinaloa (León Portilla, 1995). Kino fue nombrado cosmógrafo de esa
expedición y cuando llegaron a La Paz, los españoles por enésima vez tomaron
posesión de aquella bahía (ahora en nombre del rey Carlos II). En esa primera
expedición el padre Kino observó cómo los españoles trataron de manera inhumana
a los indios de La Paz y mostró su molestia por ello. En la Paz, Kino hizo
construir un real o pequeña capilla y, como le pasó a Cortés, ese nuevo intento
de establecer una colonia en La Paz fracasó.
Ese mismo año de 1683, la expedición regresó a la Baja, estos españoles no
se daban por vencidos, pero en lugar de concentrarse en La Paz, la nueva
expedición decidió ir hacia el norte y fue ahí que, navegando cerca del
litoral, llegaron muy cerca de lo que hoy es Loreto, seguramente divisaron la
bahía desde sus barcos, pero decidieron desembarcar veinte kilómetros más al
norte y ahí fundaron la primera misión de la Baja California, y Kino la nombró
San Bruno. Desde la costa, Kino observó las áridas montañas de la sierra y las
nombró como Sierra de la Giganta. También comenzó a tener contacto con los
indios cochimí y en lugar de maltratarlos, robarlos, violar a sus mujeres o
hacerles la guerra, puso atención en su idioma. Su compañero jesuita en ese
viaje, el padre Juan Bautista Copart, fue el que más se interesó en aprender la
lengua cochimí y eso sería una clave fundamental para el proceso de
colonización que se avecinaba. A los jesuitas les parecía inocente que los
cochimís no tuvieran palabras para rico, joven, viejo, paz, guerra, verdad o
vergüenza. Era hasta divertido imaginarse a los jesuitas, que habían crecido en
una sociedad basada en la ambición y la vergüenza, observando con horror a los
cochimís que iban siempre desnudos, hacían sus necesidades donde los
sorprendieran las ganas, y se comían los piojos de sus propios cuerpos. Pero
esos cochimís, así de simples, eran mucho mejores en eso de sobrevivir y vivir
en la Baja que los españoles: la misión de San Bruno sufrió las condiciones
severas del desierto y luego de un año, cuando fue evidente que era imposible
mantenerla, tuvo que ser abandonada. Simplemente era la diferencia entre los
que sabe y los que no.
Kino regresó a la Ciudad de México en 1685 y dio un extenso y entusiasta
informe al Virrey. Luego de un tiempo, logró convencer a las autoridades de la
Nueva España y del clero para fundar misiones en la Baja California. Los
convenció, pero él ya no fue en esos nuevos viajes pues decidió quedarse a
pacificar a los indios en Sonora. Tampoco logró que se le otorgara nada más que
los permisos pues ni un solo chelín de la Corona le fue dado para la aventura.
La Corona española tenía sus razones, la principal era que todas las demás
expediciones e intentos de misión habían acabado mal y todo el capital invertido
en ellas se había perdido, ni una sola perla ni oro se había devuelto de
cambio. Aun así, en 1697, abordo de la goleta Santa Elvira, el padre Juan María
Salvatierra (otro jesuita) acompañado de otros curas y algunos soldados,
desembarcó en lo que hoy es Loreto. Salvatierra no era un neófito en eso de
trabajar en misiones, había pasado diez años como misionero entre los
tarahumaras en Chinipas, en lo que hoy es territorio del Estado de Chihuahua.
Salvatierra llegó a lo que había sido San Bruno y por consejo de sus marinos,
decidió no quedarse ahí y fundar otra misión en un lugar más al sur donde los
marinos aseguraban, dos años atrás, habían encontrado agua dulce suficiente. De
esa forma, la pequeña expedición en nombre del cielo, llegó hasta la bahía que
llamaron de San Dionisio, y Salvatierra fundó ahí la primera misión jesuita en
forma de la Baja California. Aquello ocurrió un 19 de octubre de 1697.
Luego de dejar nuestro comentario positivo en el libro de visitas del
museo, nos fuimos a pasear al malecón de Loreto. El día era claro y el relieve
erosionado de la Isla Carmen podía apreciarse muy bien desde la costa. La insolación era nuevamente muy fuerte, ni
siquiera la brisa proveniente del mar significaba algún alivio. Así, era
posible entender la razón de que la fundación de Loreto fuese lo más fácil del
proceso, mantenerla fue lo realmente significativo. La información en el museo
apuntaba que los indios no se quedaban en la misión, la mayoría iban y venían
por temporadas pues el alimento era escaso. Los jesuitas habían traído al
principio soldados a los que se les pagaba muy poco por su servicio, estos
hombres hostigaban y violaban a las mujeres indias y eso alejaba a los indios
de la misión. Además, vivir en la misión suponía para los indios abandonar la
forma de vida a la que estaban acostumbrados y que les resultaba mucho muy
efectiva para vivir bien y en paz, ellos no eran de poner ranchos y
aprovecharse de la explotación de otros. Los jesuitas trataron de cambiar las
cosas, aprendieron la lengua de los indios y eran amables con ellos, a los
soldados los animaban a venir con toda su familia a la misión y así evitar que
violaran a las mujeres indias, pero esa última medida tuvo poco efecto. Así,
luego de la expulsión de los jesuitas de todo el reino de la Nueva España en
1768, la misión de Loreto cayó en el abandono sin haber llegado a estabilizarse
por completo. Los jesuitas fueron sustituidos por la orden de los franciscanos,
pero a estos frailes les fueron retirados el control económico, político y
social de las misiones, incluida Loreto, al mando quedaron los soldados, y los
franciscanos (a los que luego se agregaron los dominicos) solo debían
encargarse de la evangelización.
Caminamos casi un kilómetro hasta el campamento y lo primero que se nos
ocurrió fue quitarnos el calor con una nadada en el mar. La playa era de arena
oscura y estaba llena de cantos rodados, evidencia de su localización en el
delta de un río intermitente pero vivo. El agua era tibia, pero era suficiente.
Un pelícano de actitud chabacana se me acercó a menos de un metro, flotaba
apaciblemente sobre el leve oleaje manteniendo su barbilla sobre el pecho. Casi
pude tocar a ese ejemplar de ave que parece habitar en todas las costas cálidas
del mundo, pero el ave me miró por un instante con desconfianza y emprendió el
vuelo con pesar, como si yo hubiera echado a perder algo, un descanso, una
siesta o un momento de paz alejado de sus hermanos pelícanos.
Cuando regresamos al campamento, casi a las cuatro de la tarde, nos
encontramos con que Gabriel había cumplido su promesa de compartirnos pescado
dorado. Los trozos del pez sobre las brasas lucían jugosos y enormes, no
podíamos esperar a que estuvieran listos. Sandra me platicó tiempo después que
aquellas lonchas de pescado aún mantenían
la temperatura tibia de la vida cuando los maceró, signo inequívoco de que
Gabriel y Francisco lo habían pescado pocos minutos antes de dárnoslos. Efraín
ofreció pagarle el pescado a Gabriel pero este no aceptó. Mis compañeros y yo
nunca encontramos la forma de agradecer en toda su dimensión el gesto de
generosidad de aquellos hombres. Incluso Efraín y Sandra prepararon una pasta
para compartir con nuestros nuevos amigos de Loreto, pero aunque la pasta quedó
bien, era insuficiente, ellos simplemente nos habían dado a probar un platillo
que recordaríamos los tres como una de las cosas más sabrosas al paladar que
jamás habíamos disfrutado.
Esa tarde, desde el teléfono del establecimiento hablé con mi familia en
Ciudad de México, los extrañaba y ellos a mí. No pude resumir todo lo que había
vivido hasta esos días, todo lo que había aprendido, era demasiado, me limité
entonces a prometer que cuando estuviera en casa les contaría todo. Luego de la
llamada y de la satisfacción alcanzada por comer dorado, nos dimos el gusto de
un buen café.
La charla de esa sobremesa con
Gabriel y los otros trabajadores del lugar que se nos unieron, giró en
torno a cuestiones fundamentales para el sostenimiento de la vida: fútbol y
beisbol. La luz de ese día se nos fue entre gusto y gusto.
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