viernes, 28 de septiembre de 2018

VIII


El alba todavía estaba inacabada cuando llegamos a Loreto. Lo inmediato fue buscar un lugar para acampar. Tomamos un taxi, otro maldito taxi, que por $50 pesos por los tres, nos ofreció llevarnos a cualquier punto de Loreto. Como aún no amanecía, en los primeros lugares en los que tocamos la puerta por hospedaje no nos abrían. El taxista, un joven amigable, nos ofreció su terreno para acampar si en la última opción que existía de tráiler park en Loreto tampoco nos abrían la puerta. La oferta del taxista no tuvo que ser cambiada, porque un velador nos abrió la puerta en la que era nuestra última opción. Todavía sin luz de día montamos la tienda de acampar. Además, yo me di un baño refrescante en las regaderas del lugar que nuevamente estaban en buenas condiciones, cualquier viajero sabrá lo importante y tranquilizador que es un sanitario limpio.
Un poco de frío se sintió en la madrugada y luego de varios días de no tener esa sensación hay que decir que fue agradable. Luego dormimos plácidamente hasta pasadas las nueve de la mañana, hora en que la temperatura ya era insoportable dentro y fuera de la tienda.
Cuando nos levantamos pudimos ver el lugar que ahora nos albergaba, éramos nuevamente los únicos que usaban tienda de acampar en aquella extensión de arena gris del tamaño de un campo de fútbol que contaba con luz eléctrica para cada lote. En un edificio al centro del terreno, con techo de palma, había una lavandería, cocina y un comedor. En todo el complejo apenas había unas palmeras que daban un poco de sombra, pero en el extremo que daba hacía la puerta principal y hacia la calle, había dos altos y robustos pinos salados; de hecho, la sombra de uno de esos árboles hacía más refrescante nuestro lote y eso era una bendición, un privilegio y un regalo de los dioses mochileros.
Ya casi al medio día salimos a buscar algo para almorzar, caminamos con mayor libertad sin las mochilas y todavía con un sol no tan alto. La calle estaba sin pavimentar y ahí si había más árboles que hacían sombra. Compramos algunas cosas en una pequeña tienda de abarrotes que encontramos antes de pasar el vado del río que separaba la zona donde estaba el tráiler park y algunas casas de descanso de extranjeros, del resto del poblado de Loreto.
Luego de nuestras compras regresamos al campamento y ahí fue que conocimos a Gabriel, trabajador del tráiler park que tomó especial atención en nosotros, creo que le llamaba la atención que fuésemos turistas mexicanos y no extranjeros. Él era un tipo de baja estatura, piel morena, bigote a medio crecer y un poco regordete. Nos contó que entre los meses de noviembre a marzo el tráiler park estaba atestado de turistas extranjeros. De esa forma, los turistas que había ahí en el momento en que nosotros nos hospedábamos, eran aficionados a la pesca del “dorado” y del pez vela. Estos pescadores extranjeros salían en sus embarcaciones adecuadamente provistas de todo lo necesario para jornadas de tres días de pesca y regresaban con seis o siete “pescaditos”; en cambio, un lanchero promedio de Loreto, luego de una sola noche regresaba cargado de pescado, tanto que sus improvisadas embarcaciones apenas si podían mantenerse a flote, al menos eso nos contaba Gabriel. Se trataba de la diferencia entre el aficionado y el profesional, ni más ni menos.
También nos habló de la agricultura del lugar, de las trampas para mosca asociadas al gusano barrenador, plaga problemática en Loreto. De las ramas del pino seco que guardaba nuestra tienda de campaña, colgaban varias de esas trampas para mosca. Nos dijo que esas las había colocado un biólogo y que ayer había hecho la inspección de las trampas y no encontró ni una sola mosca. Al principio, nosotros habíamos creído que dichas trampas eran para abejas africanas, resultaba un tanto desalentador saber que se trataba de una mosca que luego daba lugar a un gusano que malograba las cosechas y no la famosa abeja vituperada por los medios de comunicación en México durante la década de los noventa.
En esa charla, Gabriel nos ofreció invitarnos a comer pescado fresco, un dorado (Coryphaena hippurus), y nos presentó a Francisco, hombre alto y delgado que vestía camisa de manga larga y sombrero de ala ancha, él era el otro empleado del parque con el que José compartía la ardua labor de barrer todos los días el parque. Eso lo llevó a hablarnos de la dueña del lugar, una estadounidense poco hábil con el español, pero que no lo necesitaba pues todos sus clientes eran extranjeros. Nos dijo que era una patrona meticulosa y cuidadosa del parque, por ello la limpieza extrema del lugar y la ordenanza de barrerlo todos los días de cabo a rabo.
Luego de esta conversación amistosa, decidimos explorar Loreto y conseguimos “ray” hasta el centro del poblado. Nos encontramos así con un pueblo turístico que nació arropado por su misión. Si bien Loreto tenía su encanto, ya para entonces no podía dejarse de sentir que parte de ese atractivo había sido artificial y dirigido hacia el turista internacional ávido de la experiencia “mexican curious”.
El edificio principal del poblado era la misión (terminada en 1752), hermosa en su simpleza, pero cuyo campanario era testigo de esa remodelación y maquillaje del poblado, ya que esta había perdido su campanario original en 1877 debido a un terremoto (sí, aquí también suceden terremotos), fue hasta más allá de la mitad del siglo XX que fue construido el que se observaba actualmente y, hay que decirlo, se notaba la incrustación del elemento moderno. Aun así, la fachada de la misión mostraba orgullosa la frase que remataba su puerta: “Cabeza y madre de las misiones de Baja y Alta California”.
A un costado de la misión estaba el Museo de las Misiones. La historia de la colonización de la Baja estaba contada en ese pequeño museo en el que no faltaban las explicaciones detalladas sobre cada cosa y algunos objetos interesantes como una noria del siglo XIX y la cruz natural, un tronco de bebelama que se erguía en el medio del patio del museo. De ese museo fue que tomé la cita con que abre esta obra (y otros muchos datos, nombres y fechas), la que afirma que la Baja está muy próxima al paraíso. En esa misma frase es donde se habla de las amazonas y el oro, y es lo que leyó o conoció Cortés, quizás lo que lo sedujo.
Fue el padre Kino (1645-1711) el primero que se dio sus vueltas acá por Loreto. Su primer nombre era Francisco, había nacido en Trento y se había ordenado jesuita. Luego de ordenarse, pasó un  auténtico calvario para poder ser misionero en el nuevo mundo y la Nueva España le tocó por sorteo. Cuando arribó a la Nueva España (1681) lo mandaron a Sinaloa donde los indios eran y fueron siempre bastante dignos y celosos de su libertad. Ahí, en el año de 1683, se embarcó en una expedición rumbo a la Baja al mando de Isidro de Atondo y Antillón que fungía en ese entonces como gobernador de Sinaloa (León Portilla, 1995). Kino fue nombrado cosmógrafo de esa expedición y cuando llegaron a La Paz, los españoles por enésima vez tomaron posesión de aquella bahía (ahora en nombre del rey Carlos II). En esa primera expedición el padre Kino observó cómo los españoles trataron de manera inhumana a los indios de La Paz y mostró su molestia por ello. En la Paz, Kino hizo construir un real o pequeña capilla y, como le pasó a Cortés, ese nuevo intento de establecer una colonia en La Paz fracasó.
Ese mismo año de 1683, la expedición regresó a la Baja, estos españoles no se daban por vencidos, pero en lugar de concentrarse en La Paz, la nueva expedición decidió ir hacia el norte y fue ahí que, navegando cerca del litoral, llegaron muy cerca de lo que hoy es Loreto, seguramente divisaron la bahía desde sus barcos, pero decidieron desembarcar veinte kilómetros más al norte y ahí fundaron la primera misión de la Baja California, y Kino la nombró San Bruno. Desde la costa, Kino observó las áridas montañas de la sierra y las nombró como Sierra de la Giganta. También comenzó a tener contacto con los indios cochimí y en lugar de maltratarlos, robarlos, violar a sus mujeres o hacerles la guerra, puso atención en su idioma. Su compañero jesuita en ese viaje, el padre Juan Bautista Copart, fue el que más se interesó en aprender la lengua cochimí y eso sería una clave fundamental para el proceso de colonización que se avecinaba. A los jesuitas les parecía inocente que los cochimís no tuvieran palabras para rico, joven, viejo, paz, guerra, verdad o vergüenza. Era hasta divertido imaginarse a los jesuitas, que habían crecido en una sociedad basada en la ambición y la vergüenza, observando con horror a los cochimís que iban siempre desnudos, hacían sus necesidades donde los sorprendieran las ganas, y se comían los piojos de sus propios cuerpos. Pero esos cochimís, así de simples, eran mucho mejores en eso de sobrevivir y vivir en la Baja que los españoles: la misión de San Bruno sufrió las condiciones severas del desierto y luego de un año, cuando fue evidente que era imposible mantenerla, tuvo que ser abandonada. Simplemente era la diferencia entre los que sabe y los que no.
Kino regresó a la Ciudad de México en 1685 y dio un extenso y entusiasta informe al Virrey. Luego de un tiempo, logró convencer a las autoridades de la Nueva España y del clero para fundar misiones en la Baja California. Los convenció, pero él ya no fue en esos nuevos viajes pues decidió quedarse a pacificar a los indios en Sonora. Tampoco logró que se le otorgara nada más que los permisos pues ni un solo chelín de la Corona le fue dado para la aventura. La Corona española tenía sus razones, la principal era que todas las demás expediciones e intentos de misión habían acabado mal y todo el capital invertido en ellas se había perdido, ni una sola perla ni oro se había devuelto de cambio. Aun así, en 1697, abordo de la goleta Santa Elvira, el padre Juan María Salvatierra (otro jesuita) acompañado de otros curas y algunos soldados, desembarcó en lo que hoy es Loreto. Salvatierra no era un neófito en eso de trabajar en misiones, había pasado diez años como misionero entre los tarahumaras en Chinipas, en lo que hoy es territorio del Estado de Chihuahua. Salvatierra llegó a lo que había sido San Bruno y por consejo de sus marinos, decidió no quedarse ahí y fundar otra misión en un lugar más al sur donde los marinos aseguraban, dos años atrás, habían encontrado agua dulce suficiente. De esa forma, la pequeña expedición en nombre del cielo, llegó hasta la bahía que llamaron de San Dionisio, y Salvatierra fundó ahí la primera misión jesuita en forma de la Baja California. Aquello ocurrió un 19 de octubre de 1697.
Luego de dejar nuestro comentario positivo en el libro de visitas del museo, nos fuimos a pasear al malecón de Loreto. El día era claro y el relieve erosionado de la Isla Carmen podía apreciarse muy bien desde la costa.  La insolación era nuevamente muy fuerte, ni siquiera la brisa proveniente del mar significaba algún alivio. Así, era posible entender la razón de que la fundación de Loreto fuese lo más fácil del proceso, mantenerla fue lo realmente significativo. La información en el museo apuntaba que los indios no se quedaban en la misión, la mayoría iban y venían por temporadas pues el alimento era escaso. Los jesuitas habían traído al principio soldados a los que se les pagaba muy poco por su servicio, estos hombres hostigaban y violaban a las mujeres indias y eso alejaba a los indios de la misión. Además, vivir en la misión suponía para los indios abandonar la forma de vida a la que estaban acostumbrados y que les resultaba mucho muy efectiva para vivir bien y en paz, ellos no eran de poner ranchos y aprovecharse de la explotación de otros. Los jesuitas trataron de cambiar las cosas, aprendieron la lengua de los indios y eran amables con ellos, a los soldados los animaban a venir con toda su familia a la misión y así evitar que violaran a las mujeres indias, pero esa última medida tuvo poco efecto. Así, luego de la expulsión de los jesuitas de todo el reino de la Nueva España en 1768, la misión de Loreto cayó en el abandono sin haber llegado a estabilizarse por completo. Los jesuitas fueron sustituidos por la orden de los franciscanos, pero a estos frailes les fueron retirados el control económico, político y social de las misiones, incluida Loreto, al mando quedaron los soldados, y los franciscanos (a los que luego se agregaron los dominicos) solo debían encargarse de la evangelización.
Caminamos casi un kilómetro hasta el campamento y lo primero que se nos ocurrió fue quitarnos el calor con una nadada en el mar. La playa era de arena oscura y estaba llena de cantos rodados, evidencia de su localización en el delta de un río intermitente pero vivo. El agua era tibia, pero era suficiente. Un pelícano de actitud chabacana se me acercó a menos de un metro, flotaba apaciblemente sobre el leve oleaje manteniendo su barbilla sobre el pecho. Casi pude tocar a ese ejemplar de ave que parece habitar en todas las costas cálidas del mundo, pero el ave me miró por un instante con desconfianza y emprendió el vuelo con pesar, como si yo hubiera echado a perder algo, un descanso, una siesta o un momento de paz alejado de sus hermanos pelícanos.
Cuando regresamos al campamento, casi a las cuatro de la tarde, nos encontramos con que Gabriel había cumplido su promesa de compartirnos pescado dorado. Los trozos del pez sobre las brasas lucían jugosos y enormes, no podíamos esperar a que estuvieran listos. Sandra me platicó tiempo después que aquellas lonchas  de pescado aún mantenían la temperatura tibia de la vida cuando los maceró, signo inequívoco de que Gabriel y Francisco lo habían pescado pocos minutos antes de dárnoslos. Efraín ofreció pagarle el pescado a Gabriel pero este no aceptó. Mis compañeros y yo nunca encontramos la forma de agradecer en toda su dimensión el gesto de generosidad de aquellos hombres. Incluso Efraín y Sandra prepararon una pasta para compartir con nuestros nuevos amigos de Loreto, pero aunque la pasta quedó bien, era insuficiente, ellos simplemente nos habían dado a probar un platillo que recordaríamos los tres como una de las cosas más sabrosas al paladar que jamás habíamos disfrutado.
Esa tarde, desde el teléfono del establecimiento hablé con mi familia en Ciudad de México, los extrañaba y ellos a mí. No pude resumir todo lo que había vivido hasta esos días, todo lo que había aprendido, era demasiado, me limité entonces a prometer que cuando estuviera en casa les contaría todo. Luego de la llamada y de la satisfacción alcanzada por comer dorado, nos dimos el gusto de un buen café.
La charla de esa sobremesa con  Gabriel y los otros trabajadores del lugar que se nos unieron, giró en torno a cuestiones fundamentales para el sostenimiento de la vida: fútbol y beisbol. La luz de ese día se nos fue entre gusto y gusto.

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