El viernes 18 de junio del año 2004 por fin estábamos en camino, pero en
la central de autobuses solo hubo más problemas: Sandra había recomendado que
nos encontráramos frente del stand de la compañía Estrella Blanca, pero
prácticamente toda la central camionera pertenecía a Estrella Blanca en aquel
entonces. Así, me costó un mundo encontrar a mis compañeros entre el mar de
viajeros, con la agravante de que llegaron muy tarde a la cita. Luego de una
serie de llamadas telefónicas pudimos reunirnos y compramos los boletos para
trasladarnos al puerto de Mazatlán ($755 cada uno). Así, emprendimos el viaje.
Las noches más incomodas de mi vida las había vivido a bordo de un autobús
y esa vez no fue la excepción, fue una noche incómoda. Cruzamos todo el Sistema Volcánico Trans-mexicano y ni cuenta
nos dimos pues lo hicimos durante la noche. Pasamos los estados de México,
Querétaro, Guanajuato, Jalisco y Nayarit. Solo en este último tuvimos luz de
día para observar el paisaje desde la ventana del autobús.
Faltaban 34 kilómetros para llegar a Tepic, en Nayarit, y todavía podían
verse cultivos de agave en una zona que por su clima debió haber estado
originalmente cubierta de pinos o encinos. A eso de las nueve de la mañana,
arribamos a la capital Tepic por avenida Insurgentes y sus camellones llenos de
palmeras. Parecía ser una ciudad sencilla y tranquila que tenía como marco al
volcán Sanganguey y su pitón ígneo que sobresale entre su cráter. Los pasajeros
con los que compartíamos el autobús todavía estaban amodorrados y cansados por
el imposible descanso en aquellos incómodos asientos. En Tepic subieron unos y
bajaron otros. La escala no duró más de diez minutos, apenas lo justo para pasar
al baño o atreverse a comprar alguna comida chatarra para improvisar un
desayuno.
Bajando hacia la Llanura costera del Pacífico comenzaron a abundar los
cocoteros y las plantas propias de la selva baja caducifolia. La carretera se
redujo a dos carriles en ese tramo (aún no se ampliaba la autopista de cuota
hasta Mazatlán) y el trayecto se ralentizó.
A las cinco de la tarde del sábado 19 de junio arribamos a Mazatlán. Al
bajar del autobús lo primero que se sintió fue el choque de frente con el aire
caliente y húmedo, casi de inmediato nuestros cuerpos comenzaron a sudar
copiosamente. En esas condiciones de bochorno extrañábamos el confort del aire
acondicionado de dentro del autobús, tanto que casi nos queríamos regresar al
interior del mismo.
Con nuestras pesadas mochilas “bagpacks” a la espalda, nos dirigimos a
un sitio de taxis cerca de la terminal y ahí se nos ofreció el traslado hasta
el mulle por un costo de $60 pesos. No teníamos muchas opciones y llevábamos
prisa, así que abordamos una de esas Tsubames Nissan que hacían de taxi y en el
recorrido hacía el muelle saludamos, por primera vez, al hermoso Golfo de Baja
California. No importa cuántas veces una persona haya visto el mar en su vida,
este siempre parece infundir el más grande respeto.
Íbamos apurados. El calor era bastante y nuestro taxista era un hombre
amigable que nos contaba que el inicio de la temporada de lluvias ya estaba
cerca.
―El veinticuatro, día de San Juan, es cuando cae la primera lluvia, o
por lo menos así era antes ―nos dijo nuestro taxista antes de agregar que ahora
la temporada de lluvias solía retardarse.
Lo que nunca se retrasa es el inicio del Carnaval de Mazatlán ―agregó.
El carnaval, nos contaba, era todavía un acontecimiento esperado por los
habitantes del puerto y era comparable en alegría y organización a los de Río
de Janeiro o Nueva Orleans. Incluso afirmó que el de Mazatlán era el tercero en
importancia a nivel mundial. Ninguno de las personas que íbamos en ese taxi
podíamos imaginar que Mazatlán en unos años sería arrasado por la majadera
violencia de la guerra contra el narco emprendida por un presidente más
arrimado a la botella de alcohol que a su país.
Llegamos al muelle. Un edificio amplio de dos plantas, coronado en su
parte superior por una torre con varias antenas de telecomunicación, se
atravesaba entre la planicie de asfalto del amplio estacionamiento de los
automotores que daba a la calle y el lugar de embarque que daba hacía la bahía.
Dentro, había varias personas ya formadas esperando la salida del ferri. El
boleto nos había costado $550 y lo habíamos adquirido desde Ciudad de México.
Tardamos en abordar y comprendimos que nuestro apuro había sido absurdo pues en
Sinaloa era una hora menos que en el centro del país, así habíamos llegado una
hora más temprano de lo que creíamos. Nos dimos cuenta de nuestro error y nos
reímos de nosotros mismos. Luego de una larga espera, al fin la fila avanzó y
salimos del edificio del muelle hacia otra explanada de cemento junto al mar
desde donde se accedía al ferri.
El barco era pequeño comparado con un trasatlántico pero enorme
comparado con un yate. La nave llevaba por nombre “Vallarta” y visualmente no
era muy atractiva, era evidente que sus mejores épocas ya habían pasado y que
la pintura no podía ocultar del todo la herrumbre que lloraba de sus cubiertas.
El interior era todavía más triste, testigo del esplendor de la década del 70.
Nuestros asientos en clase salón (la más baja, tercera clase para ser
claros) eran los numerados con el 201, 202 y 203. Eran unos asientos vetustos.
Lo peor era que en aquel salón de tercera clase el calor era más insoportable
de lo que lo era afuera y por ello, la mayor parte de la gente de la gente
había decidido huir a la cubierta de popa. Ahí se igualaban las fortunas, ahí
todos viajaban en la misma clase pues para todos era la hermosa vista del ocaso
y la brisa refrescante.
Mazatlán poco a poco se fue quedando atrás y al cabo de unos minutos se
perdió de nuestra vista. Entonces todo fue océano. El ver la quilla del barco
que cortaba el mar hacía que el espíritu de aventura renaciera y el cansancio
se olvidara. El sonido del agua, el del motor andando, eran la mejor terapia
para crisis emocionales, no había nada mejor en ese momento para nosotros y así
lo sentíamos.
En la primera comida oficial del viaje, hubo sopa instantánea, arroz
pre-cocido y un poco de atún con verduras o calamares en su tinta enlatados.
Efraín llevaba consigo una pequeña estufita que funcionaba con latas de gas de
las cuales llevaba varias en su mochila, fue así que logramos cocinar el arroz
y la sopa.
De vuelta en el salón de tercera clase, la gente optó por dormir en el
suelo y no sobre los incómodos asientos. Pero esa solución resultaba
insuficiente pues la mayor parte del espacio de ese salón estaba ocupado por
esos inútiles reclinatorios que resultaban un molesto estorbo para el buen
dormir. Algunos de los pasajeros se emborrachaban en el bar de la cubierta superior
del barco y otros ya dormían plácidamente sobre el suelo del salón de tercera
clase. En un momento antes de media noche, el hedor a diésel del cuarto de
máquinas invadió el salón haciendo imposible el descanso.
En el medio de esa noche que entonces parecía iba a ser eterna y
molesta, nosotros manteníamos el buen ánimo pues estamos cumpliendo nuestro
objetivo. Cenamos discretamente unas galletas y un poco de café, hablamos de
cosas importantes y vitales en la vida como música y cine; también reflexionamos
acerca de cómo sesenta y seis estudiantes habían intentado estar haciendo lo
que ahora solo nosotros tres hacíamos en ese momento. Ni las decepciones ni los
malos momentos (ni los malos augurios pues en la carretera a Mazatlán habíamos
visto un terrible accidente con un camión de pasajeros volcado en una de las
curvas de la autopista), ni nada de nada, nos habían podido detener.
En esas condiciones de hacinamiento sofocante yo preferí salir a la
cubierta de uno de los costados de la nave. El cielo estaba lleno de estrellas
aunque había algo de bruma en el ambiente. En ese estado de gracia pensé en que
llegar a la Baja era ya casi un hecho y que solo Dios podía evitarlo, pero me
tranquilizaba la idea de que el creador tenía cosas mucho más importantes que
hacer que hundir nuestro barco y enviarnos de regreso (o peor) como le hizo
cuatro veces a Hernán Cortés y sus subalternos. De esa forma, dormida sobre una
de las bancas de madera de la cubierta del Vallarta, vigilada por la hilera de
los botes salvavidas atados a sus aparejos, el sueño me asaltó con la idea
firme de que mañana estaríamos exclamando desde la cubierta: “¡tierra a la
vista!” Y me dormí.
Las mejores noches de mi vida han sido a la intemperie, ya fuera sobre
el techo de un camión o sobre la hojarasca en el interior de la selva
Lacandona, en esa ocasión sumé una plácida noche en alta mar. Quizás lo único
molesto fue el constante ruido de las máquinas del barco que nunca calló;
tampoco apagaron las luces exteriores del barco, fuera de eso aquello fue mucho
mejor que dormir dentro del salón de tercera clase.
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