miércoles, 10 de octubre de 2018

Referencias

del Río, Ignacio  (1990) A la diestra mano de las Indias. Descubrimiento y ocupación colonial de la Baja California. México, D.F., Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas

Cortés, Hernán (1992) [1524] Cartas de relación. México, D.F., Porrúa, México.

León Portilla, Miguel (1995): Hernán Cortés y la Mar del Sur. Madrid, Cultura Hispánica/Instituto de Cooperación Iberoamericana.

Martínez, José Luis (ed.) (1994) Documentos cortesianos. México, D.F., Fondo de Cultura Económica/Universidad Nacional Autónoma de México. 4 Vols.

Ordóñez de Montalvo, Garci  (2000) [1510] Las sergas de Esplandián. En: L'univers de la chevalerie en Castille. Fin de Moyen ÂgeDébut des Temps Modernes, Sánchez JP (cor.), París, Ed. Du Temps, p. 251-269. 

Ruíz Islas, A. (2007): Hernán Cortés y la Isla California. Rev 27-01: 39-58.

Weber Johnson (1972) Baja California de México. Zonas Salvajes del Mundo Libros Time-Life. Time Life. pp. 184.

XIII


Prácticamente en esa noche frente a la fogata fue que el viaje terminó. No sé si debía a que estábamos hartos los unos de los otros, pero los días que invertimos en el regreso fueron más un desperdicio que otra cosa. A las ocho y media de la mañana del martes 29 de junio, abrimos los ojos y mis compañeros me indicaron que había que levantar el campamento. Nos íbamos. Debíamos que ir hasta Santa Rosalía y tomar el ferri a Guaymas. Entonces yo les hice notar dos cosas: la primera que el ferri desde Santa Rosalía era más caro, y la segunda que el autobús a Ciudad de México desde ese punto también lo era. Dicho esto, la decisión de ellos fue regresar por La Paz, abordar el ferri del día miércoles y regresar a Ciudad de México desde Mazatlán. Frente a ese panorama yo argumenté que lo mejor era quedarse en Playa Naranjos un día más, pero debido a que no querían caminar nuevamente la brecha con las mochilas a cuestas, nos iríamos a una casa de huéspedes en Mulegé que nos cobraría $150 la noche por cada uno.
Debido a que dependía al cien por ciento económicamente de ellos no me atreví a contradecir el plan.
El señor Naranjo nos hizo el favor de llevarnos hasta Mulegé. Esta vez le vimos otra camioneta, una Blazer negra modelo 2002. Mientas la Blazer volaba por la brecha, el señor Naranjo nos contó que había liebres (habíamos ya visto varias), serpientes y burros salvajes descendientes de todos esos burros y mulas que habían escapado de sus arrieros, crueles mineros o ranchos en donde servían de esclavos en los tiempos en que la carretera nº 1 ni siquiera había sido imaginada. Que de vez en cuando se veían también ballenas en la bahía, pero que era más seguro verlas mar adentro. Nos contaba de lo pacíficas que eran las ballenas grises y también se quejó de los cachalotes por su agresividad. Decía que él mismo había visto a uno embestir un panga de pesca dejándola dada vuelta, cual Moby-Dick.
Durante el siglo XIX y luego durante el siglo XX, el Golfo de California había sido un gran lugar para los balleneros. En las playas de las bahías de toda la península, los balleneros freían a las cetáceos grises luego de capturarlas para obtener de ellas el esperma, materia prima que mantenía con vida la caza de ballenas en el mundo. Ese esperma era un artículo de primera necesidad para el mundo capitalista occidental de aquel momento pues servía de aceite para alimentar las lámparas que alumbraban los hogares de todas las villas y ciudades de ese mundo.
Los primeros balleneros en llegar a la Baja California eran ingleses y estadounidenses (en cuanto fueron una nación independiente en 1789) y sus incursiones eran esporádicas y sin ningún tipo de permiso por parte de la colonia española. Entre 1860 y 1870, un ballenero particular llegó a la baja, se trataba del barco comandado por Charles Melville Scammon (no confundir con el autor de Moby-Dick, Herman Melville). Aunque el capitán Scammon cazó ballenas aquí, contribuyendo a su estado actual de peligro de extinción, también fue un aportador de datos acerca de la vida marina en el Golfo, pues además de ballenero era naturalista y describió así varias especies (no solo las que cazaba) que habitaban en Baja California. Con la llegada del siglo XX y la sustitución de las lámparas de combustión por las de luz eléctrica, los anglosajones dejaron de pescar ballenas, pero en su lugar arribaron a las zonas de caza los japoneses armados con buques fábrica y arpones hidráulicos. Hoy es un privilegio poder seguir viendo ballenas por la Baja California, lo cierto es que estuvieron muy cerca de no contarla. Y en ese viaje, nosotros no pudimos ver ninguna, era algo que ya sabíamos pues no era la temporada en que ellas venían a la Baja.
Hacia las diez de la mañana arribamos a Mulegé y ahí Naranjo hizo una escala en la oficina de la empresa pesquera que le heredó a sus hijos, era una instalación sencilla que más parecía una pequeña casa que una oficina. Después nos llevó hasta la oficina de Telégrafos y ahí ocurrió la despedida.
Dejar Playa Naranjo era una auténtica lástima, no solo iba a extrañar todas las cosas fabulosas que ahí habíamos encontrado, también ya extrañaba la brecha maldita, las gaviotas que te pedían comida, los zopilotes que nos vigilaban y el triste tablero de la cancha de basquetbol sin balón para jugar. Lo único que lamentaba que Playa Naranjo no tuviera era un oleaje más fuerte y poderoso, sus aguas se movían menos que las de una alberca de un hotel de cinco estrellas, pero para mí era claro que esa playa y su nombre, sus personas, sus animales y plantas, nos acompañarían en el recuerdo por toda nuestra existencia.
Ese día, nos instalamos en la casa de huéspedes en un cuarto de seis por seis metros donde tres camas se distribuían simétricamente. La puerta de acceso daba a la avenida principal de Mulegé que era sin duda un pueblo pacífico. El lugar lucía cómodo pero ahí adentro el calor se sentía peor que estando fuera; por ello, los dueños nos ofrecieron dos “abanicos” que comúnmente nosotros conocemos como ventiladores eléctricos. Los propietarios eran una pareja de avanzada edad que salvo el asunto de los abanicos no pusieron mayor interés en nosotros.
Desayunamos un poco de atún y luego Efraín salió a la oficina de telégrafos a pedir más dinero a unos amigos suyos en Ciudad de México para poder completar el viaje. En esa espera, Sandra se dio cuenta de que el ferri de La Paz no saldría el miércoles sino el jueves. Ante esa situación yo solo podía pensar que podíamos haber estado dos días más en Playa Naranjos. Pasamos todo el día en la habitación, solo salimos para cobrar los giros de efectivo que mis compañeros habían pedido a sus contactos en Ciudad de México. Como he dicho antes, fue un desperdicio, debimos haber salido y no quedarnos encerrados.
Por la mañana se sintió un viento refrescante. Sandra y Efraín decidieron que había que cambiarse de casa de huéspedes pues en la que estábamos nos cobraban $150 y a la que nos cambiamos nos cobrarán $200, pero estaba en mucho mejores condiciones, no solo era más limpia, además tenía televisión en blanco y negro, baño y aire acondicionado. Ya instalados, mis compañeros salieron a comprar los boletos para La Paz y cuando regresaron me informaron que el camión salía esa noche a las 21:30 horas, por lo tanto habíamos pagado inútilmente una noche en la casa de huéspedes. Era para hacer corajes, pero ya estaba hecho el asunto.
El resto del día me la pasé escribiendo y mirando la televisión en donde Portugal derrotó por dos a uno a Holanda en la Eurocopa de fútbol con gol de Cristiano Ronaldo, un Cristiano que todavía no era una estrella.
En punto de las ocho de la noche caminamos hasta la estación de Mulegé para esperar el Águila. En la sala de espera había un televisor que sintonizaba un capítulo de El Chavo del 8. El camión se presentó con un ligero retardo, lo abordamos y nos dimos cuenta de que no había aire acondicionado, sería una noche incómoda.
Pasamos el puente de la curva y la entrada del Orchard donde las cucarachas y los pájaros carpinteros nos cantaban las golondrinas desde la cima de las datileras. Hicimos escala en la gasolinera y su seca planicie que ya la sentíamos tan propia. Luego de doce kilómetros pasamos por la entrada a la brecha hacia Playa Naranjos y ahí se nos rompió el corazón, dejamos parte de nuestra juventud en esa playa y su brecha que tantas veces sufrimos.  Pasamos playa Santispac y luego la de los Coyotes, ahí el mar brillaba y reflejaba la luz de la luna que esa noche era llena, seguramente a esa hora, Naranjo estaría regando las jardineras.

El jueves primero de julio, pasadas las 4:30 horas llegamos a La Paz. El sol todavía no ha salido. Efraín dijo que no debíamos caminar por la ciudad a esa hora, que había que esperar a que amaneciera. La precaución de mi compañero me pareció nuevamente exagerada pero ya no tenía ningún caso discutir. Ya con la luz de día, un colectivo nos llevó al centro de La Paz y tratamos de comprar nuestros boletos de ferri en las oficinas de SEMATUR, pero ahí nos indicaron que debíamos ir a Pichilingue. Un taxi nos cobró $130 por llevarnos allá y los boletos del ferri nos costaron muy baratos, tan solo $380 cada uno. En el puerto nos esperó el Vallarta, la misma nave que nos había traído. Su aspecto era el mismo salvo que tenía cierto desparpajo y parecía preguntarnos amablemente ―¿Se divirtieron?
El segundo viaje en el Vallarta fue diferente, había más gente, hacinamiento y nostalgia. Ya no había viento, tampoco un mar calmado (se incrementó la cuota de mareos). El espíritu de aventura nos había abandonado, parecíamos niños regresando a regañadientes al interior de nuestra casa luego de jugar en la calle. Por la tarde, el cielo de la Baja nos despidió con otro atardecer bonito. Sobre la cubierta del barco, Sandra y yo hablamos acerca de todo lo que nos había pasado y de todo lo que esperábamos sucediera luego de nuestro regreso. Había tantos pendientes, sueños y obligaciones que nos esperaban en Ciudad de México, para empezar estaba el siguiente semestre en la Universidad. Para la noche, decidí nuevamente dormir afuera pero el chiste ya no me salió tan bien como en la primera vez, el barco se movía mucho, demasiado, era imposible dormir.

El viernes dos de julio amanecimos en la cubierta del Vallarta que arribó a Mazatlán con toda la calma de la rutina. La fila para desembarcar era larga y tardamos más de una hora en descender del barco. Un taxi nos llevó del muelle a la estación de autobuses. Compramos boletos para salir el sábado, tres boletos con 50% de descuento por ser estudiantes ($377). De ahí buscamos hospedaje y nos quedamos en un hotel de nombre Acuario, frente a la playa de Mazatlán, que cobraba $250 pesos la habitación.
Por la tarde fuimos a comer mariscos a un restaurante amplio y de buenos precios de nombre El Guamichito. Por $79 yo pude disfrutar de un marlín al escabeche, una tostada de ceviche mixto y un refresco Fanta, fue una comida que ayudó a resignarse.
Luego fuimos a la plaza comercial Mazatlán que estaba ahí junto, a una cuadra. Por solo $30 pesos el boleto, Sandra y Efraín miraron Sherck 2 y yo opté por Spider Man 2. Luego de la película, de la cual no recuerdo nada, regresamos a la playa y observamos el ocaso de ese día desde el hotel. No es que la película fuese tan mala, era más bien que mi estado de ánimo era el peor para mirar una película en una sala de cine comercial, se terminaba un gran viaje y lo único que quedaba era el actor Tobey Maguire en licras.

Luego de un buen desayuno, disfrutamos de nuestros últimos momentos de viaje. En el hotel observamos caricaturas por la mañana. Tomamos nuestras mochilas y salimos rumbo a la estación de autobuses. Hicimos escala en un café internet pues Efraín y Sandra debían inscribirse al siguiente semestre de la carrera. Yo también, pero días antes había dejado instrucciones detalladas a mi familia de cómo debía realizarse eso, así que ellos desde Ciudad de México me hicieron el favor de hacer ese trámite digital.

Finalmente, llegamos a la Ciudad de México a las ocho de la mañana del meridiano de noventa grados del día domingo 4 de julio del año 2004. En la terminal no hubo mucho tiempo para hacer otra cosa más que moverse para buscar el camino a casa. Es ahí que Enrique, un amigo de Sandra, nos hizo el favor de, qué irónico, darnos “aventón”. Fuimos primero a casa de Efraín, la de las colinas al occidente. A Efraín lo dejamos ahí sin mayor emotividad, más que nada era que a los tres se nos estaba muriendo un viaje. El ambiente era de tristeza. Después me llevaron a mi casa, en ese momento mi padre y el novio de mi hermana menor acababan de llegar del partido de fútbol de cada domingo. Eran las diez de la mañana para entonces. Me despedí de Enrique y luego de Sandra, tampoco aquí no hubo dramas.
Las cosas que ocurrieron en la vida de cada uno luego de ese viaje fueron vertiginosas. Efraín y Sandra dejaron de ser pareja poco tiempo después, aquellos kilómetros en la Baja habían sido una especie de despedida. Yo por mi parte, me sumergí en una revolución personal de ciento ochenta grados que cambió mi vida para bien. Aunque por algunos años más no deje de ser trágica y sombría, me bastaba con recordar playa Naranjos y la sensación de plenitud que sentí en su arena, para sentirme mejor. Al final fue Sandra quién me dijo la frase que cierra el relato.
―Me dio gusto viajar contigo.


martes, 9 de octubre de 2018

XII


El domingo 27 de junio nos levantamos tarde. Desayunamos un poco de comida enlatada y desde ahí nos entregamos al gozo, solo disfrutamos nuestra suerte y nuestra vida. Nadamos, comimos, dormimos la siesta, nadamos otra vez, comimos otra vez y dormimos otra vez. Rutinas de este tipo hay muy pocas en la vida de cualquier ser humano. La cerveza fría complementaba el gusto.
Efraín llevaba consigo unos binoculares y con ellos resultaba sugestivo observar el detalle de la sierra de punta Concepción. Era una soledad absoluta, ahí estaban los cardones pero fuera de eso no veíamos ningún venado, borrego cimarrón o narco perdido.
Hacia el mediodía una avispa me picó en el dedo inmediato al pulgar de mi pie derecho. El ardor no ocasionó que se me perdiera la alegría y aun con esa molestia no dejé de nadar. Efraín construyó un anzuelo e intentó pescar algo, pero no hubo nada, como discípulo de Naranjo muy seguramente no tendría mucho éxito. Sandra, por su parte, durmió mucho ese día como si se tomara descanso no solo de ese día sino de todos los días complicados de la ciudad en todos esos años que había durado hasta entonces su vida.
La monotonía era interrumpida por remolinos de polvo de unos treinta metros de altura, no eran ningún peligro pero eran seductores de apreciar. Hacía el suroeste había un cerro que separaba a playa Naranjos de Santispac, ahí tampoco parecía haber nada más que cardones, polvo y soledad.
Por la noche regresamos con Naranjo para que nos contara más historias, ya éramos como niños pequeños que se reunían alrededor de una hoguera, dispuestos a escuchar, a aprender. Pero esa noche, había regresado a la casa la señora Naranjo luego de estar fuera durante dos días debido a una pequeña cirugía menor que le habían realizado en La Paz.
La mujer Naranjo remendaba los chinchorros, redes artesanales que utilizaban en antaño los pescadores del Golfo de California, al mismo tiempo que llevaba toda la contabilidad de la cooperativa pesquera fundada por su esposo. Era el cerebro financiero detrás de los éxitos de, primero la cooperativa y la empresa pesquera familiar después. Ella vivía ahora en el tráiler park junto a su esposo y su hija menor. La mujer Naranjo era también la que cocinaba en el restaurante del tráiler. Su carácter era alegre pero inconcuso, durante mucho tiempo enseñó a otra mujeres el arte de remedar redes y a que no fueran “dejadas”.
Además, nos presentaron oficialmente a Salado, el perro de la familia al cual ya habíamos notado en todo ese tiempo, pero que no sabíamos si era solo un vagabundo o la mascota de algún huésped o trabajador. El pelaje de Salado siempre estaba lleno de sal pues gustaba de meterse al agua a nadar, era sin duda un personaje amistoso y al cual le agradaba la compañía.
Los trabajadores no vivían en el tráiler park, solo estaban por temporadas y para cuando nosotros arribamos, el centro de rehabilitación ya no mandaba gente a afanar ahí.
Para la mañana del lunes 28 de junio teníamos el plan de ir a Mulegé. La noche anterior el señor Naranjo nos había prometido llevarnos, pero cuando lo buscamos esa mañana todavía seguía dormido. Su esposa nos contó que gran parte de la noche la había pasado regando las jardineras con la pipa torton que tenían. Para mí aquello cobró sentido pues recordaba que el primer día los había visto dormidos cuando llegué por primera vez a Playa Naranjos, era evidente que la mejor hora para regar la jardinera que adornaba el Tráiler park y que lo atravesaba de sur a norte con sus palmas, era la noche, cuando el calor era menor. Por el otro lado, la hora de mayor calor te golpeaba como un martillo y tu cuerpo te pedía dormir; así, ese horario nocturno para trabajar tenía mucha lógica. En el México de mis abuelos era similar, aunque se cambiaba el dormir tarde por levantarse muy temprano, hacer la faena del campo por la madrugada y terminar antes del mediodía. Era de esa forma porque sin luz eléctrica no tenía mucho caso estar despiertos por la noche, no se podía trabajar a oscuras; pero el señor Naranjo contaba con la luz que le proveía el alumbrado que él mismo había instalado en su parque y además con la luz de la luna llena.
La oferta de la señora Naranjo fue que una de las trabajadoras nos llevara hasta la carretera y a eso de las 10:30 am, a bordo del vehículo de la familia, una Blazer americana modelo 1991 roja y de solo dos puertas, llegamos a la intersección con la Federal nº1. Durante el trayecto la empleada de Naranjo nos dijo que ella llevaba poco tiempo trabajando ahí en el tráiler park y que el primer día que yo llegué, ella iba a bordo de la camioneta y me había visto caminando por la brecha, pero ella iba de salida así que no me pudo ayudar.
Sobre la carretera pedimos autoestop y esperamos durante una hora hasta que un mexicano a bordo de una Ranger pick-up gris nos tuvo en consideración, nos subimos a la caja y sobre la camioneta parecía que volábamos cual halcón peregrino hasta llegar a Mulegé. En el pueblo ingresamos al centro del mismo por la ruta del Orchard y recordamos nuestra estancia en ese lugar. Buscamos la oficina de correos y ahí Efraín pidió información acerca de cómo recibir un giro de dinero mientras Sandra llamaba a su madre por teléfono para pedirle $1500 pesos. El asunto se movió rápido y, para antes del mediodía, ellos tenían el efectivo en sus manos. Y con la seguridad que daba la abundancia, me invitaron a desayunar como la gente, en un restaurante en el centro de Mulegé que estaba establecido en la segunda planta de una de las casas más céntricas, pintorescas y antiguas del poblado. Hacía tanto que no comía unos hot cakes que me supieron exóticos. Luego compraron más víveres en “la i griega” y hasta pagaron un taxi que por $50 pesos nos llevó hasta la planicie seca de la gasolinera. Y ahí terminó el reino del dinero.
Luego de una hora bajo el sol, otro mexicano a bordo de una Cheyenne  blanca nos ofreció nuevamente viajar en la caja de su pick-up. A esa hora el viento ya nos quemaba la piel de tan caliente que estaba. Nos detuvimos unos segundos delante del comienzo de la brecha rumbo a Playa Naranjo antes de comenzar la caminata. Nos miramos los unos a los otros con resignación, ahí íbamos de nuevo, con el sol de las dos de la tarde y con más de cuarenta grados centígrados a la sombra. Si en ese momento alguno hubiese hecho notar que alguna vez aquello fue un mar o un lugar más húmedo y frío, tanto que pudo albergar mamuts, bisontes, camellos y caballos, nos hubiéramos reído. Pensar que, caminatas diez veces más largas que la que teníamos que hacer para entrar y salir de Playa Naranjos, eran la rutina de aquellos nómadas que pintaron las cuevas de la Baja California, no era tampoco ningún consuelo. Esos habitantes, los primeros de la Baja, sus verdaderos descubridores, dejaron tras de sí las puntas de sus flechas y hachas, los tiestos y las montañas de conchas de almeja que se comieron por montones. Cuando los jesuitas les preguntaban a los cochimís sobre sus orígenes, estos solo decían que sus antepasados habían llegado del norte luego de perder una gran guerra. Contaban que la Península ya estaba poblada por humanos de mayor estatura, casi gigantes, y que eran los que habían pintado las paredes de las cuevas pues además de altos eran de inteligencia superior. Los cochimís, por su parte, ya no usaban las cuevas ni para pintar ni para vivir, la caza nómada no permitía encariñarse nunca con un arroyo, con un oasis o con cualquier lugar, no podía hacerse patria cuando la Baja obligaba a seguir los instintos para no morir. Y lo que no pudo hacer la Baja lo hicieron los invasores españoles que entre escaramuzas, explotación y enfermedades, acabaron con casi toda la población original de la Baja.

Nada más llegamos al tráiler park, nos tiramos sobre la arena a descansar. Luego comimos algo en el restaurante de Naranjo e hicimos las cuentas financieras de nuestro viaje.
Efraín y Sandra planeaban tomar el transbordador a Guaymas desde Santa Rosalía y de ahí el camión rumbo a la Ciudad de México. Cuando me informaron eso pensé que era evidente que la aventura llegaba a su fin. El “derroche” económico había cobrado su precio en kilómetros pero también lo había desquitado en placer, el silogismo se había cumplido, y además se había transmutado. Sabía que todo lo que habíamos vivido hasta ese momento lo recordaríamos por toda la vida. Luego de hacer los números fuimos a nadar, pero esa noche yo hice mis propios números y conté $1637 pesos de deuda externa que debía pagarles a mis compañeros.
Luego de cenar arroz pre-cocido y puré de papa, hicimos una fogata en la playa. Los aullidos de los coyotes se escuchaban a lo lejos. En las llamas podía observarme contando todas las experiencias que había vivido a hijos o nietos que todavía no habían nacido. Escribía y escribía para contarlo a todo aquel que quisiera escucharlo alguna vez. Pero principalmente, me veía regresando a esa península, me había enamorado de la Baja para entonces.

lunes, 8 de octubre de 2018

XI


El sábado 26 de junio el paraíso terrenal dejó de ser un mito, no había amazonas ni oro (había todavía algunas ostras), pero no hacía falta, el paraíso terrenal se llamaba Playa Naranjos. Si ahí hubiésemos encontrado el palacio de la reina Califia, la reina amazona, no me hubiese sorprendido.
Pero antes el purgatorio donde tres estudiantes expiaron todas las culpas de sus pecados pasados, presentes y futuros: la brecha de 2.5 km desde la carretera hasta las puertas del edén. A las ocho de la mañana comenzamos a levantar el campamento en el estero de Mulegé. Las cucarachas nos miraban a lo lejos con semblante de victoria. Yo por mi parte estaba desesperada por la lentitud de perezoso del Amazonas con que mis compañeros levantaban en campamento. Yo los urgía para que lo hicieran más aprisa y señalaba con horror al sol.
―Si caminamos a medio día nos vamos a quemar en la terracería que hay entre la playa y la carretera ―les decía, pero ellos no se atemorizaban, quizás creían que exageraba, quizás no dimensionaban lo que eran 2.5 km con mochilas a cuestas bajo el sol. Total que después del desayuno solo me concedieron no perder más tiempo en lavar los trastos, eso se podría hacer más tarde bajo el amparo de la tierra prometida.
Hora y media después, estábamos pidiendo “ray” a la salida del Orchard, situación que resultó poco conveniente pues la carretera salía de una curva pronunciada luego del puente sobre el río y por ello era peligroso que algún vehículo se detuviera. De esa forma, tuvimos que caminar un kilómetro con nuestras mochilas a las espaldas. En ese caminar pasó un taxi y lo detuvimos, nos cobró cuarenta pesos hasta la planicie de la gasolinera de la entrada a Mulegé. Ahí pasamos a comprar víveres en la tiendita de la gasolinera y luego nos paramos a un lado del camino para pedir el “ray”. En ese caso Efraín no tenía opción, el taxi nos cobraba demasiado hasta Playa Naranjos y ningún autobús nos dejaría en ese lugar.
Una camioneta pick-up de un chico sudcaliforniano, fue nuestro transporte. No hablamos con nuestro bienhechor pues nos mandó a la parte de atrás, a la caja de la camioneta, a compartir el viaje con los tambos que llevaba. Nos bajó en el lugar indicado y ahí estaba otra vez, delante de mí, esa brecha que tanto me había dolido.
La diferencia es que ahora llevaba la mochila a cuestas y mucha más agua que el día anterior. El aro solar ya estaba en su punto más alto, todo mi esfuerzo por evitarlo en su peor hora había sido en vano. Al vernos, solo los zopilotes albergaron esperanzas de que algo bueno pudiera pasar. Para aminorar el lamento intenté charlar con mis compañeros y funcionó, recordar nuestras películas y nuestra música nos hizo más llevadero el calvario. Sin embargo, hubo un momento en que nos detuvimos al punto del hartazgo, a mí ya me dolía la cabeza y sentía calambres en las piernas. Sandra se sentía mal, mareada y sin fuerzas. Intuí que nos habíamos deshidratado. Efraín no se encontraba mejor e incrementamos la frecuencia de nuestros descansos durante los metros faltantes. No había ni una sola sombra, ni de árbol ni de nube, que nos cubriera del sol. Nuestra ropa estaba empapada por el sudor pero en los últimos metros ya no sudábamos, no quedaba líquido en nuestros cuerpos que transpirar. Al final, arribamos a la tierra prometida.
Luego de beber agua copiosamente, colocamos el campamento debajo de una palapa de las que los trabajadores llamaban abiertas, esto era así porque había otras palapas que eran cerradas y que más bien eran cabañas, amuebladas por dentro, con su puerta y ventanas. Todas las construcciones, tanto las palapas abiertas como cerradas tenían el techo en dos aguas y estaban construidas con madera, además, todas tenían pórtico aunque solo algunas de las cabañas cerradas tenían loza por suelo, el resto tenían solo el piso de concreto o la arena suelta como era el caso de nuestra palapa. Los techos eran de palma sobre armazón también de madera, y las dimensiones de todas eran las mismas o muy similares, como si hubiesen sido construidas siguiendo una receta afortunada. Un sello particular era que las tablas que hacían de paredes a esas palapas estaban pintadas con colores alegres como el amarillo, el azul cielo y, por supuesto, el anaranjado. Solo el restaurante era más grande que todas las demás palapas, en su interior tenía mesas y sillas como todos los restaurantes del mundo, pero este en particular tenía un librero que se iba llenando con las donaciones que hacían los propios huéspedes. Ahí, en ese librero que a mí me pareció mágico, encontré un ejemplar de “La milla verde” de Stephen King y ahí dejé yo el libro que no había podido leer en todo ese tiempo y cuyo peso había cargado en mi mochila. Sobra decir que el menú del restaurante no era otro que pescado (preparado de mil formas), almejas (preparadas de otras mil formas) y huevo, pero con eso bastaba, con eso le sobraba para ser la felicidad.
Los trabajadores que nos vieron llegar con nuestros caparazones de tortuga a la espalda se rieron un poco de nosotros, pero amablemente nos dieron sin costo unas sillas, una mesa plegable, un galón de agua y hielo en una hielera. Dad de comer al hambriento y de beber al sediento dice la prima máxima semita del desierto, y en ese momento tenía todo el sentido del mundo.
Todavía más, uno de los trabajadores se ofreció a llevar a Efraín a Mulegé para comprar más faltantes como hielo y Coca Cola. Nunca pude preguntarle qué sentimientos tuvo Efraín al recorrer la brecha en la comodidad de un automóvil a pocos minutos de haberla sufrido caminando.
Mientras tanto, yo y Sandra nos quedamos a disfrutar de la vida en Playa Naranjos. Su arena era gruesa pero blanca, más adentro el fondo estaba lleno de gijarros, el oleaje era tranquilo pero constante, el viento proveniente del noreste era refrescante y la roca desierta (literal, ahí no vivía nadie) de punta Concepción se levantaba como horizonte. Uno de los trabajadores nos aseguró que en los cerros de esa zona todavía habitaba el borrego cimarrón y sin duda, venados. Las serpientes, nos dijo, eran el pan de cada día, después de las seis de la tarde era seguro toparse con alguna. Luego mencionó un dato que nos dejó más frías que el hielo que nos había regalado ―hoy el termómetro marcó cuarenta y dos grados. ¡Con razón nos deshidratamos!
Nos metimos a nadar y el agua de la bahía era tan clara que aún mucho después de la línea intermareal se podía ver el fondo a simple vista. Si caminabas cincuenta metros hacia adentro del mar, la altura del agua no alcanzaba para cubrirte la cabeza. Varias aves aprovechaban las rocas que delimitaban ligeramente la playa, pero solo las gaviotas se aventuraban a robar comida en la zona de las cabañas. No a pocas de estas gaviotas les compartimos restos de galletas y hasta algo de atún alimentando su mal hábito.
Esa noche, el hombre dueño de Playa Naranjos, nos invitó a tomar una silla y escuchar, solo escuchar su historia, a Efraín le encantaban estas cosas, preguntar y hablas con la gente acerca de su vida cotidiana y de sus experiencias extraordinarias.
Playa Naranjo no tenía ningún árbol de naranjas, el lugar debía su nombre a su dueño, el señor Naranjo. Su apellido tenía orígenes españoles y él mismo investigó su linaje y encontró que su familia venía de Michoacán. Su padre fue revolucionario y jefe de activistas durante los gobiernos posteriores al movimiento armado, de ahí que todo el color naranja de su lugar y su persona estuviesen corridos más al rojo y cerca del corazón que al color del dinero. En una emboscada, el padre de Naranjo perdió la vida y lo dejó a él con solo tres años de edad y a sus cinco hermanos sin padre, pero con una viuda que les pasó a los hijos la sensibilidad ante la injusticia. Por un tiempo la familia trunca se instaló en Topolobambo, Sinaloa, y desde pequeño, Naranjo se interesó por la pesca y el mar. Un anzuelo era su juguete favorito y desde la costa observaba con fascinación cuando los camaroneros salían del puerto hacia altamar. Durante su niñez soñó con embarcarse algún día en una de esas naves.
Con  el tiempo, conoció a algunos de los capitanes de esos barcos, como el Negro, hombre de piel oscura, genes africanos y que en los cincuentas era reconocido por todos como el mejor capitán camaronero del lugar. Todos los pescadores querían ser parte de su tripulación. El Negro era parrandero y mujeriego, la habilidad y maestría que poseía para la mar le era inútil para la vida fuera de esta, era todo un capitán de barco. El niño Naranjo, cegado por el halo de heroísmo del marino oscuro, le pidió un día que se lo llevara a una de las jornadas de pesca alta. El Negro fue a hablar con la madre del niño Naranjo pero de poco sirvió pues la madre estaba bien advertida de todas las malas artes que sucedían en los barcos camaroneros.
Por aquel entonces mucha gente arribaba desde la Ciudad de México u otras urbes, eran jóvenes motivados por el espíritu de aventura que buscaban embarcarse en esos viajes de pesca alta que duraban varios meses. El espíritu de algunos era lo suficientemente recio para que los locales los dejaran tratar, pero su cuna citadina les jugaba en contra y muchos de ellos morían en altamar, eran los marineros de agua dulce, torpes para salvar la vida en la mar. Por esa y otras historias, la madre de Naranjo se negaba a los deseos del niño.
Ya más grande, el muchacho Naranjo logró que su madre le diera permiso y se embarcó en el camaronero del Negro. Luego de ese primer viaje, Naranjo ya no regresó a la escuela, se dedicó de tiempo completo a ser camaronero. Se embarcó en otros barcos y varios viajes, a sus quince años ya acumulaba miles de leguas marinas de recorrido y varias toneladas de producto capturado que le dejaba buen dinero para sus sueños de muchacho de puerto. Un día decidió probar con la pesca de cabotaje y se fue a la Baja pues se había enamorado de la Península y en la costa de esta la pesca era harto abundante en esos tiempos. El joven Naranjo fue testigo de cuando Los Cabos era apenas un caserío de cuatro o cinco construcciones y una bodega para almacenar producto. La carretera nº 1 que tantas veces nos había llevado a nosotros, no existía en tiempos del joven Naranjo y cada viaje de comunidad en comunidad era una jornada de varios días por brechas maltrechas o pangas que bordeaban el litoral. Un día, la pesca de cabotaje lo llevó a bahía Concepción y decidió instalarse ahí, apenas unos metros de donde estábamos escuchándolo. De la nada levantó una cooperativa pesquera y a los veintidós años era ya el líder de la organización. Él mismo se describía impulsivo, alguien que no se dejaba, pero inteligente. En la época del priismo duro, la cooperativa se sobrepuso a las persecuciones de los particulares que deseaban que aquella comunidad de pescadores exitosos fuera borrada de la faz de la tierra.
Naranjo contó que un día un cliente no quiso pagarle un producto a la cooperativa. Así, tuvo que viajar hasta La Paz para buscar al secretario de asuntos pesqueros y le explicó la situación. El secretario que había sido militar mandó buscar al acusado. Naranjo pensó que aquel secretario era incorruptible pero el acusado también tenía amigos poderosos, entre ellos un diputado corrupto que habló con el secretario y abogó por su amigo. El diputado acusó a Naranjo y su cooperativa de comunistas en el tiempo en que eso era peor que si se te acusaba de leproso. Además, el diputado invitó al secretario a una pachanga donde lo agasajó con regalos, halagos y licor, comprando así su fallo a favor. Naranjo se defendió en un juicio en su contra y salió bien librado, conservó la cooperativa, el permiso para pescar abulón, langosta y otros productos, pero nunca logró que se le pagara, literalmente el diputado y el cliente le robaron.
Lo peor estaba por venir, a un lado de la cooperativa de Naranjo, se instalaron dos empresas con fachada de cooperativas que buscaron pescar, sin permiso, los mismos productos que Naranjo. Eran amigos del gobernador de aquel entonces cuando la Baja era todavía territorio y no estado. El gobierno buscó a Naranjo para pedirle sus permisos, cosa que nunca antes había pasado. Demostró que estaba en regla y nada pudieron hacerle.
Entonces, el gobernador llamó a una junta con las cooperativas y les explicó que los bienes de las tres organizaciones se mancomunarían y así las organizaciones sin permisos podrían obtenerlos en automático. Por supuesto, Naranjo y sus compañeros no aceptaron. El gobernador perdió toda compostura y les contestó que ―chingaran a su madre ―, que él era el gobernador y que ahí se hacía lo que él ordenaba, textual.  Ordenó a las cooperativas sin permisos pescar en el territorio de Naranjo, quien fue hasta la Ciudad de México para buscar a las autoridades federales. A uno de sus compañeros le pidió que en cuanto observara que los de las otras cooperativas pescarán producto para el cual no tenían permiso, le llamara de inmediato por teléfono. Así lo hizo el compañero y en cuanto hizo la llamada a Naranjo este fue y levantó una denuncia. Las autoridades federales confiscaron el producto que no tenía permiso y los agraviados fueron a quejarse con el gobernador.
La venganza del gobernador no fue inmediata pero si efectiva, poco a poco fue destruyendo a Naranjo. Primero, uno de los compañeros leales a Naranjo lo sucedió como líder de la cooperativa, pero se vendió al gobernador y Naranjo le preguntó directamente al traidor cuando lo tuvo de frente:
―Bueno, ¿tú qué quieres?
―Quiero mandar ―le respondió el otrora compañero.
Naranjo se hizo a un lado y comenzó a alejarse de la actividad pesquera ligada a la política. Entonces, un carguero portugués de gran calado encalló en el Golfo de California. La compañía propietaria del barco desafortunado lo dio por perdido pues era mucho más costoso y complicado liberar al barco que adquirir otro nuevo. El barco quedó en tierra de nadie. La gente de los alrededores comenzó a saquearlo de a poco. Una de esas personas extrajo de la nave maquinaria y herramienta, al no encontrar quién se la comprara, decidió ir con Naranjo y le ofreció todo aquello. Naranjo le había hecho años antes un préstamo al saqueador y así, este último le ofrecía la maquinaria como pago. Naranjo al principio se negó, ninguna de esas máquinas le iban a servir a él para nada; había, por ejemplo, un torneador de ocho toneladas. Luego de la insistencia del saqueador, Naranjo aceptó ya que recordó que a su hermano menor podría servirle esa chatarra pues estaba más cerca del giro de sus actividades.
Los cuervos de dos patas notaron las máquinas que se tostaban al sol en la tierra de Naranjo y fueron con el chisme con el gobernador rencoroso. Se le abrió a Naranjo un proceso por robo de los bienes de la nación pues al ser abandonado el barco por su propietario este pasaba a ser propiedad del gobierno mexicano.
Luego de un año y medio de proceso, el juez lo exoneró y en todo ese tiempo el pescador se cuidó de no delatar al saqueador que le había vendido aquello. El papeleo y protocolo continuaron, pero Naranjo faltó a un citatorio y se le giró entonces una orden de aprensión. El juez lo regaño y le dijo:
 ―Si no hubiese sido usted tan huevón, usted se habría librado de ir a la cárcel.
Así, Naranjo pasó mes y medio de prisión en el penal de Guaymas, Sonora.
Ya libre pero cansado, regresó a pescar. La cooperativa le dio una lancha para que pudiera seguir haciendo lo que era su pasión, pero le dejaron claro que lo expulsaban de la organización. Ahí comenzó otro camino, era tan bueno pescando que pronto se compró otra lancha y montó un pequeño negocio con la ayuda de sus hijos. Llegó a tener once barcos pesqueros y en su punto más alto, decidió venderle todo a la cooperativa.
―¡Negociazo! ―dice el viejo Naranjo con una sonrisa luego de cambiar el socialismo por el capitalismo.
Con el dinero obtenido, decidió hacerse de una flota de camiones refrigerantes para trasportar producto. Así, en pocos años logró tener el eslabón completo: pesca, almacenamiento, trasporte y venta de pescado a Guadalajara, Ciudad de México y Los Ángeles.
Con los cambios en la Constitución en lo referente a las tierras ejidales, Naranjo aprovechó y compró el terreno en donde había comenzado su cooperativa que poco a poco fue asfixiada por el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y se fue a la bancarrota.
El negocio particular de Naranjo, se lo heredó a sus hijos y él se retiró al vivir al terreno que había comprado y que era el mismo en que ahora estábamos sentados todos escuchando su plática.
Con la ayuda de cuatro muchachos fueron construyendo poco a poco las cabañas para los huéspedes. Para entonces, el tráiler park Naranjos contaba con diez palapas abiertas de $70 pesos la noche, y diez cabañas de $200 pesos, además de regaderas, baños, cancha de básquet y una iglesia cristiana cuyos feligreses pidieron permiso a Naranjo para construir en su terreno.
El gobierno solo le había puesto trabas y papeleo en eso del tráiler park, nunca le dieron un crédito ni apoyos. La construcción del camino que tanto nos hizo sufrir a mí y mis dos compañeros de viaje, se había obtenido gracias a un ingeniero que cuando estaban haciendo las obras de mantenimiento de la carretera federal nº 1, llegó a descansar a Playa Naranjos. Él y sus trabajadores no solo disfrutaban de la belleza de la playa, Naranjo les ofrecía y cocinaba exquisito pescado y jamás se los cobró. Ellos insistían en pagarle, pero Naranjo no lo permitía. Entonces, el ingeniero habló con Naranjo y le propuso que le hacía el camino para llegar a Playa Naranjos. Así, los trabajadores trabajaron de lunes a viernes en la carretera nº1 y los fines de semana se ocuparon del trazo de la brecha hacia Playa Naranjo. No lograron terminarlo es a vez, pero al año siguiente regresaron y lo concluyeron, pagando con creces toda la hospitalidad recibida.
El lugar quedó comunicado por tierra, pero no tenía luz eléctrica. Fue un ingeniero de Guaymas quien por un módico precio le ofreció a Naranjo la instalación de un sistema de electricidad a base de paneles solares. Eso fue en el año de 1991. Desde entonces, Naranjo se ha encargado de ampliar y mejorar el sistema de las celdas. Además, instaló un motor a gasolina de cuatro cilindros en V que alimenta un generador eléctrico.
En algún momento, Naranjo contrató el sistema de televisión por satélite, pero era tan malo el servicio que luego de cuatro meses decidió cancelarlo. Así, el único medio de comunicación era una radio de onda corta que captaba las estaciones de radio de todo el mundo, así no más. El agua llegaba en pipa, pero ese seguía siendo un problema pues duraba poco.
Naranjo entonces nos aseguró que en general toda la Baja era bastante tranquila. Solo había tenido dos problemas extraordinarios, el primero cuando un adicto le pidió trabajo y le dijo que estaba en rehabilitación. El hombre era de Guaymas y había vivido tranquilo con su esposa e hijos en ese puerto. Pero un día unos tipos le pidieron que llevara un cargamento de mariguana a Tijuana. El hombre aceptó y se llevó a su familia a manera de camuflaje. El asunto le salió bien, el paquete fue entregado en tiempo y forma y él recibió su jugosa paga. Y así comenzó a llevar cargamentos de droga a Tijuana o donde le dijeran. Solo que una vez, los que recibieron el cargamento no le pagaron la mercancía y le dijeron que no se opusiera o lo mataban. El tipo, completamente muerto del susto no regresó a Guaymas, sabía que no podía regresar sin el dinero pues lo matarían. Así, decidió huir a Ensenada abandonando a su familia. Intentó cruzar a Estados Unidos de manera ilegal pero fracasó. En su desesperación se refugió en la bebida y pronto, debido a su experiencia previa, se pasó a los otros estimulantes no legales. Llegó vagando hasta Mulegé pues ahí vivía una hermana suya. Se enteró ahí que a su esposa la habían metido a la cárcel por tráfico de drogas y que ahora trabajaba en el campo para mantener a sus hijos, que eran también los hijos de él. Agobiado, destruido por la culpa, decidió ingresar al centro de rehabilitación de once pasos en Mulegé. De buena fe, Naranjo tenía un acuerdo con el centro de rehabilitación que consistía en darle trabajo a los rehabilitados. De esa forma, el hombre llegó a Playa Naranjo, se ganó la confianza del otrora pescador y realizaba de manera eficiente todas las tareas que se le encomendaban. Luego de varios meses de armonía, el hombre le pidió un favor a Naranjo: cada tarde, el centro de rehabilitación mandaba una camioneta para regresar a los adictos al centro luego de trabajar en el tráiler park, el hombre le pidió a Naranjo que esa noche no lo entregara pues tenía pensado fugarse. Decía que quería regresar a Sinaloa para recuperar a su familia, pero Naranjo no aceptó. El hombre insistió cada día por esa oportunidad.
―Escúchame bien, cabrón ―le dijo Naranjo ―, te voy a ayudar pero si me entero de que te tiras al vicio yo mismo te atrapo y te entrego. Por mi te vas a la cárcel.
La fuga se dio al fin uno de esos días. Durante varios meses, Naranjo no tuvo razón del desgraciado adicto hasta que una vez un conocido que tenía en Guaymas le contó que la persona a la que había ayudado había regresado con su familia y ahí la iba pasando. Desde entonces, Naranjo siguió recibiendo noticias de aquella mula del narco que lo había perdido todo y que ahora recuperaba, paso a paso, una vida normal.
La segunda historia también fue interesante. Una vez unos pandilleros llegaron de Tijuana a Playa Naranjo, preguntaron si podían usar los baños y regaderas, Naranjo les dijo que por diez pesos podían usarlos. Ese día pagaron. Al otro día volvieron pero ya no pagaron. Al tercer día no solo no pagaron sino que se subieron al techo de los baños a beber cerveza y Naranjo se molestó.
―Bájenos de aquí, pinche viejo ―le respondieron los pandilleros.
Naranjo regresó a la oficina, cargó su escopeta y a punta de fusil los bajó. Los pandilleros huyeron en sus automóviles a toda carrera.
Al otro día regresaron, lo que son las cosas, trayendo consigo a una patrulla de la policía judicial. Para sorpresa de los pobres pandilleros, el comandante de la patrulla, tan solo vio a Naranjo, se acercó a saludarlo y abrazarlo efusivamente, eran compadres. Los niños de Tijuana terminaron pagando lo que debían.
A veces, no eran los criminales el problema, era la policía y no siempre eran compadres de Naranjo. Una vez llegaron unos judiciales y utilizaron la palapa. Cuando se iban, le dijeron a uno de los empleados de Naranjo que no iban a pagar ni un centavo. El trabajador, por miedo, no dijo nada a su jefe. Al día siguiente regresaron los judiciales y Naranjo mismo se acercó hasta ellos. Eran dos hombres y sus parejas, dos mujeres que Naranjo describió como esculturales. Al pedirles la cuota, los policías no solo le dijeron que no le iban a pagar sino que además lo insultaron.
―Chinga tu madre ―respondió Naranjo a los uniformados ―, esta palapa no se construyó sola, mi trabajo me costó y tienes que pagar por usarla. Vienes de pinche grosero y yo te había hablado amable. Tú estás aquí para servirme, eres servidor público, yo pago mis impuestos y tu sueldo.
Los de charola se molestaron todavía más pero increíblemente, a pesar de que tenían sus armas de cargo, terminaron pagando a un asustado Naranjo. Todos nos quedamos con la interrogante en la garganta acerca del desenlace de la historia. Naranjo lo explicó a su manera:
―Perro que ladra, no muerde.
La media noche pasó y seguimos escuchando a Naranjo que lo mismo opina del bloqueo a Cuba que de la nefasta programación de la televisión por cable. Se indignaba por las falsas promesas al campo y la demagogia del presidente Vicente Fox. Hablamos de historia y luego de literatura, y todas sus referencias, sobre cualquier tema, se dirigían hacía la pesca. Nos explicaba su pensamiento en una frase:
―Hoy por ti, mañana por mí.
Casi a las dos de la mañana el cansancio nos venció. Me quedé con la idea de que Playa Naranjo era un oasis en la Baja California, no uno del tipo de ojo de agua y vegetación, sino uno ideológico, de ideas y de integridad, un oasis de todo México. Parafraseando a Las Sergas de Espladián, tierra de “valiente espíritu y gran fortaleza”.

viernes, 28 de septiembre de 2018

X


La mañana del viernes 25 de junio el suelo de arena áspera de nuestro lote era un cementerio de cucarachas aplastadas, quemadas o borrachas por el “casa y jardín”. Sus cadáveres, contados por cientos, me hacían recordar a la escena de la película “Platoon” de Oliver Stone, en donde el protagonista caracterizado por Charley Sheen despierta, luego de la batalla final, entre los cuerpos de sus compañeros y enemigos caídos.
Mientras tomamos nuestro desayuno, tratando de no vomitar, hablamos de qué lo mejor que podemos hacer ante esa invasión (en la que, de hecho, nosotros somos los invasores) es buscar otro lugar donde acampar.
Decidimos ir al pueblo para ver con qué recursos contamos y en el camino nos topamos con la Misión de Mulegé. Esta iglesia se levantaba a un costado del río, sobre una pequeña colina. Como la de Loreto, su aspecto era sencillo, arquitectura en roca y ángulos rectos, campanario pequeño y no muy alto, no había adornos ni mucho menos barroco, solo unos cardones, palmas y una acacia le servían de compañía al edificio en su exterior. Al interior solo había algunas imágenes religiosas pero la frescura que se sentía ahí adentro invitaba a quedarse para siempre. Fundada en 1705 por el padre Juan Manuel Basaldúa, el edificio en piedra había sido terminado en 1770. Por esas fechas, una gran inundación casi terminó con la actividad de la Misión;  al final, en 1828 la misión fue completamente abandonada y solo hasta la década de los 70 del siglo XX se trabajó en su restauración.
A unos pasos de la misión había un mirador y ahí nos tomamos algunas fotos a nosotros y a las palmas datileras que se contaban por cientos rodeando el agua del río. Luego caminamos rumbo a la carretera y pasamos por un pequeño pero emocionante puente colgante. En la “i griega” compramos agua y víveres pero ya no más veneno. Durante la caminata me quedé pensando en si los misioneros no tuvieron nunca problemas con cucarachas… bueno, de hecho, ellos las transportaron hasta aquí, junto con las ratas y enfermedades, estas últimas acabaron con la población local de todos lados. Y trajeron, con sus soldados la ambición, y con sus cruces la domesticación de los seres humanos; pero no todo lo que los acompaño fue rastrero, por ejemplo los dátiles y sus palmas que ahora tapizan el paisaje de Mulegé también los importaron ellos de su, entonces oscuro, continente europeo.
Yo me comprometí a buscar otro lugar para acampar esa noche y así me puse a pedir dedo enfrente de la “i griega”. Luego de unos minutos sin obtener nada, decidí caminar por la carretera y, a falta de un mapa, opté por subir un cerro que se levantaba a un costado de la carretera. Subirlo fue difícil, más de lo que creía. Su pendiente era fuerte y el suelo era de material suelto, además abundaban los arbustos espinosos y las cactáceas. Luego de casi una hora de escalada pude tener una idea del territorio que nos rodeaba. No había otros lugares cercanos para acampar, eso era evidente. El paisaje pagó mi esfuerzo pero no me dio muchas esperanzas de encontrar otro sitio para instalarse. Desde ahí podía divisar el faro de Mulegé, construido sobre un promontorio ligado al continente apenas por una delgada franja de rocas y arena. Los tejados terracotas de las casas más viejas del poblado sobresalían entre las arecáceas, las palmas datileras y algunos árboles. El río se unía con el mar en el límite del estero y la carretera nº 1 servía de frontera exacta entre las últimas palmas y el reino del matorral desértico que se continuaba hasta la cima del cerro desde donde yo observaba todo aquello.  Es en la cima donde tomé algunas fotos y decidí no regresar por donde había subido sino por el desierto para cortar camino. Esa decisión fue un error y lo sabría luego de bajar y caminar por el solitario paramo de aridez. Eran las once de la mañana y la insolación era ya agobiante. Solo llevaba dos botellas pequeñas de agua y un dulce jugo de guayaba en treta pack. Las botellas de agua se me terminaron rápido y por ello procuré ser más reservada con el jugo de guayaba. Llevaba puesta una visera común en un lugar que exigía sombrero. Por fortuna, portaba una camisa de manga larga y pantalones, pero llevaba solamente mis zapatillas deportivas y, no solo las espinas sino el ardor del suelo, se colaban por la delgada suela de esos inapropiados zapatos. Pitayos, cardones de seis metros de altura, mezquites, palos de Adán, gobernadoras y otras plantas eran mis compañeras en ese desierto, a veces me estorbaban tanto que decidía pasar entre ellas y así es que me rasguñé las piernas y los brazos con sus espinas. Por la noche seguramente me habría encontrado a alguna serpiente, pero a esa hora del día ni los pájaros salen al desierto, solo los halcones o los zopilotes que vuelan tan alto que no escuchas que te están vigilando. Luego de dos horas de suplicio y de silencio, llegué hasta un caserío donde ya se escuchaba el murmullo de la carretera. Nuevamente mis intentos de conseguir transporte no rindieron frutos y un hombre me recomendó caminar hasta la gasolinera pues ahí era el sitio donde “se pedía el ray”.
Me hice con otra botella de agua en una pequeña tienda y llegué hasta la gasolinera. El lugar era una explanada amplia donde un letrero con la propaganda de la cerveza Pacífico te recordaba que ese era el último lugar en muchos kilómetros donde podrías tener contacto con la civilización. Compartiendo la explanada de tierra rocosa y dura con las bombas de diésel y gasolina había un comedor y algunos otros comercios para merendar, además de baños y la vulcanizadora de rigor.  En el límite de esa explanada hacía la nada había un rótulo que indicaba que Loreto estaba a 130 kilómetros de ahí. Nuevamente no tuve éxito y así, decidí caminar por la carretera. Es en esa caminata, por fortuna luego de pocos minutos de haberla comenzado, es que conseguí que Burt me llevara.
Burt era un estadounidense bonachón, simpático, con la piel colorada por el calor y de mostacho rubio. Manejaba una Toyota roja y decía que era jubilado.
Full time in Baja! ―me dijo emocionado.
Burt trabajó en AT&T y Telmex cuando a México le llegó el momento de pasar a la fibra óptica. El ingeniero me invitó una cerveza Tecate, aunque a él le gustaba más la XXX o la Pacífico, y me presumió una cerveza de su natal Phoenix que, según él, era la diosa de las cervezas del desierto. La probé y era buena, sin duda era buena.
Le pedí a Burt que me llevara a un tráiler park llamado Santinque o algo así (Santispac), que era como me habían dicho los pobladores que se llamaba una playa donde se podía acampar. Pero Burt no pareció escucharme y, luego de doce kilómetros de donde me recogió, se detuvo frente a una intersección que señalaba el camino hacia un lugar llamado “Playa Naranjos”, que a su vez hacía pareja con otro letrero que indicaba que la velocidad máxima en esa recta era de 60 km/h.
Go there ―me dijo ―. No te importa caminar dos millas, ¿cierto?
Y me dejó ahí, con esas dos millas de brecha maltrecha de frente. A lo lejos podía observarse el agua del mar y las montañas de punta Concepción. En efecto, a simple vista no parecía que fuesen más de dos millas de distancia hasta la costa. En el medio, todo lo que se apreciaba era una llanura tapizada por cardones y arbustos espinosos, cortados como por una línea de cocaína por la brecha que prometía llegar hasta Playa Naranjos.
Estaba cansada. Eran las cuatro de la tarde y todavía hacía mucho calor. Pese a todo, comencé la caminata por esa calzada de conchas marinas pulverizadas que llevaba a Playa Naranjos y que daba la impresión de no tener mucho tiempo de haber sido trazada y construida. Años después sabré que no eran dos millas sino dos kilómetros y medio, pero en ese momento los sentí como los cuarenta años del éxodo de Moisés en busca de la tierra prometida a través del desierto. El aire caliente me quemaba los pulmones. Por mi boca solo tragaba polvo. Envidiaba a los hábiles cardones con sus enormes troncos y ramas que almacenaban agua, y envidiaba a los pájaros que podían aprovechar esa agua del interior de los cardones. Había algunos cactus muertos de los cuales solo quedaban sus varillas de madera dura en pie que crecían en los bordes verticales de sus ramas y troncos, era de imaginar que se morían de viejos y no de sed, y hasta esos cardones muertos parecían reírse de mí suerte, recordándome que aquello, aunque un juego, era un recordatorio de los soldados, misioneros, mineros, rancheros y chinos que habían muerto en caminatas mucho menos afortunadas que la mía por toda la Baja California. Aún sí me hubiese topado con algún pitayo no hubiese sabido cómo comer el fruto (era lo que llamaban tiempo de pitayas y que duraba de junio a agosto), tan inexperta e improvisada era que me estaba muriendo de nada en una brecha de tan solo dos kilómetros y medio. Los cochimís, según los relatos, contaban que durante esos meses, los del tiempo de pitayas, la vida valía la pena; se hartaban de pitayas de todas las variedades, solo comían y dormían y se cansaban de bailar (Weber Johnson, 1972).
Al paso de las horas, pienso que podría ser peor, mucho peor, a la cabeza me llega la imagen de los que realizan la proeza de cruzar caminando, con la etiqueta de ilegal, la frontera México-Estados Unidos a través del desierto.
Al fin, “Los Naranjos”, decía un letrero de lámina oxidado. Divisé varias cabañas a unos cien metros y caminé hacia allá. Conforme me acercaba me daba cuenta de que eran cabañas para albergar huéspedes, dispuestas todas a lo largo de una amplia playa de arena blanca. A un costado de una de las cabañas había estacionada una casa rodante, más adelante había una pipa tipo torton en color rojo, pero no parecía haber ni una sola alma en el lugar. Llegué hasta la zona en donde pude tocar con mis manos el agua del mar y casi se me salen las lágrimas en ese momento.  
Una de las construcciones, todas de madera, tenía en su puerta un letrero que indicaba que era la oficina. A un costado de esa cabaña que tenía la puerta cerrada, había otra cabaña más amplia con grandes ventanas tapizadas con maya de mosquitero y techo de palmas, era el restaurante, pero de nueva cuenta no había ni un alma. Me metí hasta la cocina y tampoco, ni un alma. Salí de ahí perturbada por la soledad del lugar. Revisé cada una de las cabañas y en una, recostados sobre una cama, distinguí a dos personas aparentemente dormidas.
―Por favor, que solo estén dormidas ―supliqué.
Me acerqué más y me quedó claro que se trataba de dos personas mayores, un hombre y una mujer. Me atreví a despertarlos. El hombre se levantó de su lecho y, todavía con cierta sorpresa de ver a alguien como yo, me explicó que era el dueño del lugar y me señaló las tarifas.
―Son setenta pesos por tres personas en una palapa abierta, cercana a la playa. Hay agua corriente ―me dijo.
Di gracias al cielo.
Era evidente que el hombre era mexicano y era obvio pues en su lugar todos los señalamientos estaban en español, solo había algunos en inglés muy básico.
―¿No hay cucarachas aquí? ―le pregunté.
El viejo me miró con extrañeza y se rió.
―¡Por supuesto que no! ―me contestó entre su carcajada.
Playa Naranjos estaba enclavada en un pequeño cabo dentro de bahía Concepción, de frente se miraba el agua de la bahía y el brazo rocoso e imponente de las montañas de Punta Concepción. Luego de mirar el mapa, ya en casa meses después, me di cuenta de que Santispac no quedaba muy lejos de Playa Naranjo, tan solo unos dos kilómetros más al sur.
Los baños estaban limpios y la electricidad del lugar dependía de paneles solares. La playa, por su parte, era de película, era mejor que la laguna azul o el regreso a la laguna azul. Me metí a nadar al mar (no pude resistirlo). Con las fuerzas recuperadas y luego de comer algo ligero, tomé mi camino de regreso con todo entusiasmo.
El ánimo no me duró mucho, apenas unos cientos de metros. Para el primer kilómetro nuevamente sentía que moría. Era la hora de las sombras largas y tenía que apresurarme para no quedarme de noche sobre la autopista. Cuando llegué a la intersección con la carretera nº 1 recuperé algo de fuerza, pero luego de una hora de no poder conseguir quién me llevara, me invadió la desesperación. Era evidente que aún como jóvenes estudiantes de geografía, acostumbrados a salir de trabajo de campo, nos hacía falta muchísimo temple para enfrentar el medio natural; no podíamos compararnos con la tropa de nulo rango militar, con los pocos arrieros que quedaban en el país y mucho menos con los campesinos o indígenas del campo abandonado de México. Éramos, en resumen, solo unos niños urbanos. Incluso, muchos mochileros expertos que lean estás líneas ya se habrán reído bastante, aburrido o indignado con nuestras “aventuras” de niños exploradores.
Fueron dos estadounidenses nuevamente quienes se apiadaron del cadáver deshidratado que les pedía “ray” en el camino hacia Mulegé. Su vehículo era un Seat con estilo de Jeep, llantas anchas y quemacocos. Él era un hombre de mediana edad, rostro alargado y gorra de béisbol. Ella era una mujer rubia, alta y decía ser maestra de escuela elemental. Con ellos viaja también Pollo, su perro salchicha. Estaban en la Baja porque era el periodo de tres meses de vacaciones de ella.
Afortunadamente les queda dejarme frente a la puerta misma del tráiler park Orchard. Ya anochecía cuando logré llegar y mirar a mis compañeros.
Sandra y Efraín ya habían hecho de comer y mientras consumía alimento, cual si llevara un año sin probar bocado, les conté sobre todo lo que vi. Ellos habían pasado el día también buscando opciones de hospedaje y explorado un poco el área del río pero no les agradó. Luego el calor los tumbó sobre el campamento y Efraín comenzó a preocuparse por mi larga ausencia. Pensó en salir a buscarme, pensaba lo peor y maldecía que yo no le hubiera hecho caso a su indicación de llevar más agua conmigo. Cuando yo llegué, él prácticamente ya iba de salida a buscarme aunque sin mucha idea de por dónde empezar. Supongo que al verme llegar les regresó el alma al cuerpo a mis compañeros.
Efraín no lo pensó mucho y decidió que nos mudaríamos a Playa Naranjos. Esa noche yo ocupé nuevamente la tabla de la mesa y ellos la tienda de campaña, no nos molestamos en matar a ninguna cucaracha más, para entonces ya habíamos firmado el armisticio con ellas: los invasores nos retirábamos.

IX


Era ya jueves 24 de junio del 2004. Por la mañana, después de un desayuno ligero, Gabriel nos visitó y la charla se desató. La plática desembocó por caminos inesperados y nos contó sobre el comercio de la droga en la Baja.
―Una vez ―dijo Gabriel ―yo y unos compas, encontramos flotando unos paquetes de coca cerca del mar. A lo lejos no sabíamos qué eran. Nos subimos a una lancha y nos acercamos. Cuando vimos que era… varios dijimos que no los tocáramos, que los dejáramos ahí. ¡Pero mi hermano se tomó uno! Lo puso bien escondido en la lancha. Llegado a tierra mis papás lo regañaron, pero él encontró quién se la comprara y así pudo deshacerse de la cocaína. ¡Treinta mil pesos le pagaron! Por eso quiso regresar, pero yo ya le dije que eso era muy mala idea. Y lo agarré y encerré porque si no se iba en la lancha por otro de esos paquetes.
La historia nos deja con la boca abierta, Gabriel no da la impresión de tener más de treinta años de edad, así que ese pasaje de su juventud no debía haber pasado hace mucho tiempo. Con menos emoción nos cuenta que incluso los adictos en Loreto son tranquilos, que no pasa que se roben los focos de las casas que luego utilizan para preparar la sustancia que se introducen con una jeringa. Les quitan la parte de aluminio que se enrosca en el socket y sobre esa parte de metal calientan, usando un encendedor nomás, el “chucky”, para que “le salga la malicia”. Gabriel dice conocer el procedimiento debido a que su cuñado era adicto y ha visto cómo lo hace. Luego se extiende en el asunto de la droga que flota en el mar, nos dice que no es raro encontrar pangas solitarias llenas de droga. El mismo se ha preguntado la razón de que las dejen así, abandonadas, y se responde así mismo ―yo creo que se matan entre ellos mismos.
Bahía de los Ángeles es el centro de contacto, venta y compra de estupefacientes según Gabriel. La droga se cultiva en la sierra, amapola o mariguana, y pasarla por carretera implicaría librar los retenes, por eso algunos elijen ir por mar. Y mientras Gabriel nos cuenta todo esto, yo lo miro fascinada, pero la idea de que esas narraciones aumenten las precauciones de Efraín y su desconfianza de todo, hacen que la fascinación se me escape del alma. Para colmo, esa noche, en el noticiario de la radio, escuchamos que por la carretera nº 1, un hombre había sido emparejado por otro automóvil sin placas pero con los logotipos en las puertas del Ministerio Público. El hombre no hizo caso de detenerse y aceleró, llegó a Ciudad Constitución y al día siguiente por la mañana, mientras caminaba por la acera con su hijo de once años, fue abordado por otros sujetos que le preguntaron por el precio de su camioneta (al parecer la vendía). Entre esos sujetos, el hombre reconoció al tipo que manejaba el automóvil sin placas que lo quiso detener el día anterior. Los sujetos insistieron sobre el precio de la camioneta; el hombre, ya completamente asustado, decidió echar a correr con su hijo, y una bala lo alcanzó en la huida. El asesinato de ese hombre frente a su hijo había ocasionado que por toda la carretera se instalarán retenes policiacos y debido a eso, hasta ese momento en que se daba la noticia, cuatro narcotraficantes habían sido detenidos o muertos, los habían tomado por sorpresa. Gabriel, sin ninguna alarma nos comenta que “esas cosas pasan”, y menciona el corrido de “La Suburban dorada” como si la narración del popular narco-corrido fuera cosa normal. Posteriormente, concluye que no es nada para asustarse. En el 2004, la Ciudad de México venía de dos décadas de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo, por ello esas cosas no debían asustar a tres jóvenes que venían de ahí, el lugar donde más droga se movía en el país en aquel entonces, donde diario había cinco o más casos similares al del hombre asesinado y miles de robos a transeúnte o casa habitación. Yo pensaba ―bueno, si un narco nos da “ray”, ¿qué?
Gabriel finalmente remató diciendo que en el pueblo ya todos sabían dónde estaban las “tienditas” y no se refería a las de abarrotes.
La plática tomó otro giro cuando Gabriel nos contó sobre el único huésped que en ese momento estaba alojado ahí en el tráiler park (además de nosotros). Se trataba de un estadounidense, hombre blanco y maduro, de complexión delgada. Tenía una casa rodante muy completa y una camioneta. Todo parecía normal, pero Gabriel nos contó que el hombre, que no hablaba español ni saludaba a nadie, llevaba un año alojado ahí. Además, había una mujer, un niño y un perro que casi nunca salían de la casa rodante. Yo misma pude ver al niño una vez y noté que su piel era blanquísima, su cabello era también blanco y largo, no parecía tener más de seis años de edad. Gabriel entonces nos confió su hipótesis: el tipo tenía secuestrada a la mujer y al niño. Sandra no se dejó llevar por la exaltación de Gabriel y propuso explicaciones más simples como que la señora estaba enferma, que quizás era además muy tímida y que no se trataba de ninguna mujer secuestrada sino simplemente de la esposa. Y mientras hablábamos de ella, observamos que alguien abrió la puerta de la casa rodante de quien hablábamos y en medio de nuestro espanto la que apareció por la puerta fue la mujer. Era también blanca, delgada pero de caderas anchas; salió y solo lo hizo para darle algo de agua a las plantas que tenían en unas pequeñas macetas contiguas a la casa rodante. Hecho eso, se volvió dentro de la casa. Entonces Gabriel dijo como si hubiera visto un fantasma:
―Es la tercera vez que la veo en un año.
 Yo me quedé pensando en que la frecuencia con la que se le veía a esa mujer, era menor que la frecuencia con la que se miraba a un berrendo.

Esa tarde, en punto de las dos treinta, salió nuestro camión a Mulegé. Con las historias de narcos contadas por Gabriel, Efraín no quiso escuchar ni una sola palabra acerca de pedir “ray”. Pero el sol de media tarde hizo que cediera un poco; bueno, solo hasta la terminal de camiones. Así, una pobladora de Loreto nos llevó hacia la terminal. En esos pocos minutos que duró el trayecto, la mujer de cuerpo robusto nos contó que iba ir hasta La Paz solamente para pagar el recibo de la luz. Eso es así porque era un recibo atrasado, pero aun así la pena nos pareció excesiva.
La estación de camiones de Loreto era bastante rústica y no parecía ser suficiente para un puerto que se decía turístico, pero era obvio, sus visitantes arribaban por avión (había ya un aeropuerto) o en sus camionetas cuatro por cuatro y casas rodantes, y solo los miserables como nosotros llegábamos en un Águila.
El aire acondicionado del camión estaba a toda su potencia y aun así hacía calor.
La Sierra de La Giganta se miraba desde la ventanilla del autobús y eran notables las pedrizas producto del intemperismo que dibujaban patrones y mosaicos sobre los cerros como si fueran los pliegues de una falda larga que vestían esas moles de origen ígneo. Las peñas de roca compacta, con sus más de ochenta millones de años a cuestas, también formaban siluetas que parecían importadas de un mundo mágico. ¿Recuerdan el Monte Cervino o Matterhorn en los Alpes Suizos? Hay miles de fotografías y pinturas sobre esa montaña de la que llama la atención su forma, bueno, en ese trayecto a Mulegé, hubo varias montañas con esa forma de cuña, aunque ambos sistemas montañosos se desarrollan en ambientes completamente diferentes y tienen orígenes geológicos distintos.
La Bahía de Concepción se asomaba por el otro lado de la carretera con su mar azul celeste casi tanto como el azul del cielo. Podía imaginarme a la goleta del padre Salvatierra explorando la bahía, pero la realidad me presentaba a los turistas extranjeros con sus pieles pálidas disfrutando de nuestras playas como si fueran, por derecho, suyas. En estas playas pedregosas había varios lugares perfectos para acampar, pero nuestro boleto era hasta el puerto de Mulegé.
Los trayectos largos en los camiones del Águila yo los aprovechaba para dormir, mis compañeros también aunque al siempre sentarse juntos y no a lado de un extraño, podían ocuparse en otras cosas. A veces volteaba a verlos y ahí estaban, dormitando en sus asientos con la vida por delante. Sandra llevaba audífonos y escuchaba mucha música perteneciente al post punk y al grunge que nos había criado en los noventa. Ella también llevaba un cuaderno en donde apuntaba cosas del viaje [tiró esas notas a la basura años después y no pudieron ser usadas para conformar esta crónica] y también hablaba con Efraín durante largo tiempo acerca del viaje, de las futuras excursiones que Efraín tenía planeadas y de las circunstancias particulares que vivía esa joven pareja en la Ciudad de México.

Mulegé tenía mucho más color verde que cualquier otro lugar que habíamos visitado hasta ese momento. Las palmas datileras abundaban, además de árboles frutales y cocoteros. El pequeño río, que parecía un río gigante comparado con el resto de lo que habíamos visto en la Baja, era la causa de ese verdor. Así, esa parte del mundo parecía más cercana a la selva de Chiapas que al desierto de la Baja, así son los oasis. La temperatura cercana a los cuarenta grados nos hacía sudar y ahora ni la sombra de los árboles significaba un descanso de aquello, pero si salías a la exposición directa del sol este te quema la piel y lo sentías, por ello, lo mejor en todo caso, era quedarse bajo la sombra.
El autobús nos dejó en la intersección de la carretera nº 1 y la entrada al pueblo de Mulegé (Cañada de boca en Cochimí). Justo en ese lugar había una tienda llamada “La i griega de Mulegé” donde nos abastecimos de agua y alimentos. Su dueño era un extranjero. Uno de los empleados locales nos dio indicaciones para llegar al tráiler park Orchard, un lugar donde decía podíamos acampar. Siguiendo las indicaciones recibidas, caminamos con nuestras pesadas mochilas a cuestas por un extremo de la carretera nº 1 mientras la gente nos miraba con extrañeza, para ellos los turistas llegaban en camionetas y no “a pata” y con mochilas tan grandes que parecían caparazones de tortuga. En esa caminata llegamos al puente de la carretera que cruza el río Mulegé, observamos sus aguas calmadas de río viejo que llega al mar y que se detienen todavía más debido al represo construido con rocas y concreto en los años 40. De acuerdo al sitio web “Sudcalifornia ayer y hoy” (http://lapazantigua-sudcalifornia.blogspot.com), el plan original de los ingenieros era dejar solamente un vado en donde ahora está el puente, pero la población de Mulegé les hizo notar que eso era una negligencia debido a los antecedentes de inundación que se habían registrado cuando había huracán. Algunos ingenieros apuntaron la dificultad de construir un puente que describía una curva en su trazo, pero al final resolvieron el problema y el resultado fue un hermoso puente que soportó siempre la fuerza del agua durante las lluvias extraordinarias. La población sabía, apenas en 1959 habían tenido una terrible inundación que lo destruyó todo, y me imagino que esa experiencia fue la que los obligó a convencer a las autoridades de que la nueva carretera en ese entonces debía cruzar con puente y no con vado.
Luego de agotarnos casi quinientos metros llegamos a la entrada del tráiler park. El lugar lucía prácticamente vacío, pero había una novedad que nos alegró, los otros únicos huéspedes eran latinos, México-americanos llegados desde California pero que hablaban español. Luego de montar el campamento me acerqué hasta ellos para pedirles un poco de jabón para lavar trastos y comprobar si eran amables. Me lo dieron sin mucho entusiasmo y me quedó la impresión de que con ellos no podríamos entablar gran conversación.

La noche del 24 de junio quedará por siempre en nuestra memoria pues fue extraordinaria. Primero, todavía en la tarde, con el campamento ya montado en nuestro lote de piso de arena blanca y áspera, Efraín encontró una cucaracha al costado de nuestra tienda de campaña. La mató no sin antes advertir lo extraño de su patrón atigrado. Luego, en la noche recién acaecida, Sandra encontró dos cucarachas más. Yo me ofrecí a ir al pueblo a buscar más insecticida (solo teníamos una pequeña lata) o veneno para cucarachas además de un refresco bien frío para el calor que todavía hacía. Regresé sin nada pues “la i griega” ya había cerrado, eran las nueve de la noche, y fuera de esa tienda no había otra opción cercana; además, el camino que había que cruzar para llegar al pueblo estaba completamente oscuro y bordeaba la orilla del río, por lo que era riesgoso caminar por ahí. En Chiapas nos habían contado las leyendas acerca de los espíritus que viven cerca de los cauces de agua y yo pensaba en ello mientras regresaba a nuestro tráiler park.
En nuestro lote había una palapa pequeña que coronaba una mesa de madera de dos metros de largo por uno de ancho. Varias palmas datileras rodeaban el lote y una de esas palmas estaba cortada, solo le habían dejado la base del tronco. Nos dimos cuenta de que las cucarachas bajaban de las datileras.
Efraín comenzó a matarlas a pisotones pero incluso, sin intención de hacerles daño, tan solo con caminar, inevitablemente matabas alguna de tantas que eran. Eso ya no era divertido, poco a poco a mí se fue escabullendo la curiosidad científica, aquello rayaba en lo intolerable. Efraín improvisó un lanzallamas con una lata de insecticida (que parecía no hacerles el menor daño por si solo) y un encendedor, y comenzó a quemar a las más que pudo, pero aquello no las espantó. La estrategia entonces fue huir, cambiar el campamento de lugar, pero con horror descubrimos que todas las datileras del Ochard estaban infestadas de cucarachas, que empachadas del calor, salían de sus nidos a refrescarse. Fue en la palma de la que solo quedaba el tronco que pude observar el aterrador aspecto de un nido de cucarachas, en el interior de aquel tronco, en su parte hueca y que daba hacía la profundidad, había decenas de cucarachas con sus antenas bien atentas, corriendo como el diablo o haciéndose las muertas al notar la luz de mi linterna. Había por lo menos tres tipos de ellas: las atigradas y de tamaño mediano, las pardas gigantes y antenas largas, las cafés claro, pequeñas y peligrosas pues esas podían introducirse en las fosas nasales u oídos de una mientras dormía. También las había albinas, aunque eso no era por diferencia de variedad sino de edad. Por fortuna, ninguna parecía levantar el vuelo. Yo solo podía explicar aquella plaga por el azúcar de los dátiles pero siempre me quedé con la duda, por otra parte a nuestros vecinos méxico-americanos no parecía haberles importado eso. De hecho, esa podía ser la otra posibilidad, que las cucarachas estuvieran ahí porque los turistas, a final de cuentas, significábamos una fuente abundante y extraordinaria de alimentos debido a la cantidad inmensa de basura que generábamos.
Efraín y Sandra decidieron pasar la noche atrincherados en la tienda de campaña bien cerrada y segura. Yo por mi parte, opté por otra estrategia ante la plaga: puse mi bolsa de dormir sobre la tabla de una mesa sin palapa, y sobre las patas de esta rocié todo lo que quedaba del insecticida que, si bien no las mataba, funcionaba bien como repelente. Ya recostada sobre mi improvisado lecho, me di cuenta de que en el parque también abundaban los pájaros carpinteros (quizás picamaderos de gila) y los murciélagos. Pude comprobar que, al menos para los primeros, las cucarachas representaban un festín por lo que el estero de Mulegé podía bien decirse que era el lugar perfecto para estos pícidos.