“Sabed que a la diestra mano de las Indias hay una isla llamada California, muy llegada a la parte del paraíso terrenal.”
Las
sergas de Esplandián, de Garci Rodríguez de Montalvo (Sevilla, 1510).
Este viaje no fue una casualidad, había sido proyectado durante meses. Las
circunstancias que lo rodeaban eran particulares y aún hoy me hacen pensar que
todo fue una desobediencia directa contra la lógica y el destino… o quizás,
solo éramos unos necios.
Mis compañeros y yo éramos estudiantes del décimo semestre (sí, antes la
carrera duraba cinco largos años) de la Licenciatura en Geografía de la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, la Universidad Nacional, un alma
mater que con todo el peso de su historia te hacía sentir importante y
comprometido.
Para nosotros, en un sentido particular, México era un país de ensueño, te
enseñaban que su territorio tenía todos los tipos de climas y casi todos los
tipos de relieve que existen sobre la Tierra. Sus casi dos millones de
kilómetros cuadrados encerraban un universo geográfico excelso, rico y basto,
eso no se discutía, pero México estaba [y sigue estando] lleno de gente pobre.
La población, históricamente castigada, vivía en la carencia, una del tipo no
solo material sino de libertad. Así, para el décimo semestre, los estudiantes
ya teníamos la idea de que México era un paraíso, pero no del todo, no del
mucho. Y todo esto lo asimilábamos gracias a algunos maestros de la facultad que
todavía perduraban en el esfuerzo de establecer la visión crítica en las mentes
de sus estudiantes por más vacía o ingrata que esa labor pudiese parecer. Más
allá de los datos, de los números, de los términos y conceptos, aquello era una
especie de cachetada que te decía a tus tiernos veinte años: ya despierta,
cabrón.
Por otra parte, escuché decir a varios compañeros y profesores que en
México la geografía, como disciplina, estaba subestimada. La historia del
Colegio de Geografía da para una obra con varios tomos, aquí solo diremos que
ha habido algunos éxitos en el medio de un mar de decepciones. Por eso y más,
las condiciones en el Colegio eran precarias tanto en su infraestructura como
en su estructura. Para las prácticas de campo, medio de afianzamiento del
conocimiento que se va adquiriendo en la carrera, el Colegio (y en realidad
toda la Facultad) contaba únicamente con dos autobuses con capacidad para
cuarenta pasajeros cada uno. Uno de esos vehículos hubiese servido para nuestra
práctica de campo a la Baja California. Debido a lo que pasó, no fue así.
Entre los alumnos de geografía existían ciertos mitos sobre profesores,
exámenes y prácticas de campo. Si eras de los primeros semestres, esperabas con
ansias tu primera práctica. Conforme se iban realizando más y más salidas de
campo, los estudiantes se iban forjando en el arte (porque eso era, un arte)
del trabajo de campo. También en ese proceso, los estudiantes se enteraban de
la existencia de la gran práctica, la salida legendaria, la madre de todas las
prácticas de campo: la de la materia de f***********.
Llegado el momento, cada alumno hacía el intento de alcanzar cupo en esa
materia y la ilusión era grande si se lograba ser parte de ese grupo, al menos así lo fue para mí y
así creo que fue para la mayoría de nosotros.
Entre el sexto y el octavo semestre, si se era de los que alcanzan a salvar
el problema de la saturación de alumnos en el grupo, se cursaba la materia ya
citada. Al frente de esa asignatura estaba como profesor titular C****. El Profesor
era de complexión obesa pero su salud, a sus casi cincuenta años de edad, no
parecía minada pues en las prácticas de campo él soportaba junto a nosotros,
sus estudiantes, todas las dificultades que el medio presentaba en cada lugar
al que íbamos. Tenía la piel morena, prueba indiscutible de sus largas jornadas
bajo el sol cartografiando la República Mexicana, y es que nuestro Profesor
tenía décadas de experiencia como geógrafo en el Instituto Nacional de
Geografía y Estadística (INEGI) que era el organismo estatal encargado de la
cartografía del país. Así, el Profesor conocía el territorio nacional como la
palma de su mano, y esta no es solo una frase lanzada al aire, una metáfora
simplista o un lugar común, realmente el hombre parecía conocer cada centímetro
de México. Esta inconmensurable fuente de conocimiento dispuesto a compartirse
no podía darse el lujo de ser un “barco” mediocre en su asignatura, no señor,
lograr una buena nota en su clase era algo que costaba labor y que implicaba
tener un sublime desempeño en el manejo de las cartas (mapas), las fotografías
aéreas y las técnicas de fotointerpretación.
Antes del gran viaje estaba el entrenamiento y puesta a punto: la práctica
corta al estado de Hidalgo. Un viaje sencillo pero exigente. El segundo viaje era
mucho más complicado, era la práctica a Chiapas, quince días de selva,
manglares y montañas. Estas salidas se realizaban a lo largo de un año escolar.
Luego de esos viajes, la mayoría ya había tenido suficiente, pero otros no.
Otros se inscribían nuevamente al siguiente año en el nivel más avanzado del
curso para repetir el entrenamiento en Hidalgo y al siguiente semestre estar
listos para los veinte días de la práctica a la península de Baja California.
Ese año de 2004 varios seguimos el protocolo hasta el final y durante meses
se realizó el papeleo burocrático para realizar la práctica. El proceso no
estuvo exento de dificultades y conflictos, era evidente que para las
estructuras vetustas de la Facultad, este tipo de prácticas de campo eran
inentendibles y costosas. El Profesor nombró a cuatro estudiantes mujeres que
se encargarían de realizar todos los trámites correspondientes y administrarían
los fondos económicos necesario para la realización de la práctica (la Facultad
no daba viáticos de ningún tipo, solo ponía el camión). El resto de los
alumnos, cerca de cuarenta elegidos, formamos equipos y nos repartimos la ruta
en transectos que debían ser explicados geográficamente durante la práctica.
Nunca jamás supimos tanto sobre un territorio como ese de la Baja California.
Cartas, imágenes de satélite, espaciomapas (cartografía realizada con imágenes
de satélite infrarrojas como base), además de montones de libros y artículos
fueron revisados durante las semanas previas. Se le dedicó tanto tiempo a este
trabajo de gabinete que por ese solo hecho todos y cada uno de los involucrados
se habían ganado con creces su lugar en el viaje.
Era los martes cuando el grupo completo de estudiantes nos reuníamos en uno
de los salones de la Facultad. La desorganización general y dentro de cada
equipo no era un elemento extraño, sin embargo las cuatro estudiantes asignadas
para administrar el recurso económico no podían permitirse error alguno. Tres
de ellas ya habían tenido experiencia como administradoras de recursos en el
viaje a Chiapas; por lo anterior, podía decirse que estaban excelentemente
preparadas para el reto.
Faltaba un mes para la realización de la práctica y el Profesor pidió once
mil pesos del fondo que las cuatro estudiantes administraban. Parte de ese
fondo estaba previsto para usarse en la compra de material, el pago de los días
extras del transporte (la Facultad solo otorgaba el camión hasta cierto límite
de tiempo, siete días, luego cobraba a manera de renta los días extras) y el
pago del cruce del Golfo de Baja California por ferri. La petición del dinero
por parte del Profesor fue hacia la menos experimentada del equipo de
administradoras sin que las otras tres de las compañeras se enteraran
inmediatamente de ello. Eso iba en contra de toda lógica pues el Profesor nunca
tocaba el capital antes de la práctica.
Las otras tres compañeras se dieron cuenta, poco tiempo después, de que les
faltaba efectivo. El pánico se apaciguó un poco al ser informadas por la cuarta
compañera acerca del préstamo al Profesor. El hecho se desestimó pero no se
olvidó.
Días después, el Profesor aseguró que el dinero había sido utilizado para
apartar los boletos del ferri que saldría del puerto de Mazatlán rumbo al de La
Paz, capital del estado de la Baja California Sur. Sin embargo, las tres
compañeras experimentadas se dan cuenta de que dicho pago no se ha realizado a
la compañía que maneja el transbordador (Baja Ferris). Entonces la pregunta que
surge es: ¿dónde está el dinero? Le piden explicación al Profesor y él asegura
que el pago ha sido realizado. La incertidumbre se convierte en sospecha, la
sospecha en confirmación y esta última en indignación. Se concluye que el
profesor tiene el capital que falta. Esa razón se articula con la falta de pago
de otros compañeros estudiantes, el exceso de pasajeros en el autobús y
bastantes incógnitas en la organización de la práctica. Lo anterior hace que
las tres compañeras de la parte organizativa del viaje consideren seriamente
dejar el proyecto.
Otro obstáculo apareció en el horizonte del viaje haciéndolo todavía más
irrealizable. El Profesor logró ganar en esos días una demanda legal en contra
de la institución en la que trabajaba (nadie vive solo de dar clases), y está institución
le regresó su puesto de trabajo (retirado en primera instancia por despido
injustificado) y otras consideraciones, pero tal cargo devuelto era en la
lejana ciudad de Aguascalientes. Eso nadie lo tenía previsto e implicaba que
para poder dar las últimas clases del curso el Profesor debía trasladarse desde
Aguascalientes hasta la Ciudad de México, por ello las reuniones del grupo se
cambiaron de martes a sábado, pero aun así las faltas del profesor comenzaron a
ser numerosas. El problema se intensificó cuando el profesor anunció, una
semana antes de la partida en una reunión extraordinaria en uno de los salones
de la facultad, que no podrá asistir a la práctica, pero no la canceló. El
Profesor argumentó que el grupo de estudiantes estaba preparado para llevar a
cabo el viaje sin la supervisión de un catedrático encargado. Los compañeros no
se convencieron, comenzaron las dudas y las discusiones. Se planteó entonces la
asignación de emergencia de un profesor sustituto, se barajearon algunos
nombres y diferentes compañeros aseguraban que tal o cual docente aceptaría
dirigirnos en la práctica.
En esa misma reunión extraordinaria,
las cuatro compañeras encargadas de la administración de los recursos,
hartas de tantos inconvenientes, hacen del conocimiento público todas las
irregularidades, incluyendo la situación de los once mil pesos faltantes.
Además, anuncian su declinación de la práctica.
Este anuncio fue tomado por varios de los compañeros como un complot de las
compañeras hacia la práctica. Un compañero, entusiasta de la democracia, pasó
una lista en donde debían apuntar sus nombres aquellos que estaban dispuestos,
a pesar de todo, a seguir con lo de ir a Baja California. La proporción entre
los necios y los prudentes fue casi del 50-50. Después de casi tres horas de
una reunión desgastante, el ambiente estaba lleno de tensión, la práctica se
moría lentamente y varias heridas entre los dimes y diretes se habían abierto
entre algunos, esas heridas por las cosas dichas y los reproches tardarían en
sanar o no lo harían nunca. El Profesor, decidió suspender definitivamente la
práctica. Muchos se retiraron molestos y decepcionados; otros, como yo, todavía
no alcanzábamos a comprender lo que había pasado. Algunos de los compañeros
parecían exigir con su mirada a las compañeras de la administración:
“¡crucifíquenlas, crucifíquenlas!”
Conforme pasaron los días, la situación se destensó un poco. Se comenzó el
proceso de reembolso del efectivo. Se convocó a una reunión el día en que se
suponía debía salir la caravana hacia la Baja California y en ella varios
expiaron sus culpas, explicaron sus razones, externaron sus últimos reproches y
trataron de armar justificaciones y disculpas tardías.
Al final, el profesor nunca se robó el dinero, no era un ladrón. Pero jamás
pudo explicar, de manera clara, dónde estuvo ese tesoro durante el casi un mes
que estuvo desaparecido. Al final, a nadie le faltó un centavo devuelta.
A todos les quedó la sensación de que el grupo entero de estudiantes había
fallado. Sin duda se hubiese podido hacer mucho más, pero al final se demostró
que la unión entre los compañeros era frágil.
Sin
embargo, ya con la práctica cancelada, algunos todavía intentamos hacer el
viaje.

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