jueves, 27 de septiembre de 2018

VI


El lunes 21 de junio del año 2004 nos despertamos y fuimos nuevamente a la playa en donde, con la ayuda de un visor que llevaba Efraín entre sus cosas, observamos algunos de los peces multicolores de la zona infralitoral. Un visor… son curiosas las cosas que carga un inexperto en su mochila. Además del R2-D2, que para colmo funcionaba con baterías convencionales, y la sartén de teflón ya mencionada, llevábamos otras cosas que hoy, luego de cargar su peso, no volveríamos a llevar nunca. Yo llevaba exceso de ropa, una bolsa de dormir como para ir a pernoctar a la fría Canadá, latas y latas de comida como si fuéramos a estar alejados de la civilización por quince días y un libro del cuál no leería ni tres páginas en todo el viaje. Por recomendaciones de nuestros maestros y compañeros de la carretera más avanzados, habíamos aprendido a usar prendas de manga larga, pantalones de secado rápido y botas para caminar, sin estos aprendizajes, nuestras caminatas hubiesen sido mucho más tortuosas.
Regresamos al campamento y tomamos un desayuno ligero antes de levantarlo; guardamos todo en nuestras  mochilas que volvían a ser nuestra cruz y nos preparamos para caminar los quinientos metros que había desde el tráiler park (que estaba muy cerca de la playa) hasta una parada de autobús que estaba a un costado de la carretera nº 1. Era una subida de pendiente ligera pero constante. Entonces, recordé al fotógrafo del día anterior y decidí pedir “ray”. Mis compañeros me dieron segunda en eso y la madre que cuida todas las carreteras del mundo nos mandó un buen samaritano a bordo de una camioneta Ranger de llantas altas y cabina abierta en la parte de atrás. El bato nos contó que venía manejando desde San Diego, era mexicano aunque su esposa tenía rasgos caucásicos. Nos dejó en la ya señalada parada de autobús y siguió su camino hacia el norte. Nosotros debíamos ir al sur.
Animados por nuestro éxito decidimos tratar de nuevamente con eso del “ray”. Una camioneta Ranger (otra) se detuvo a los pocos minutos.
―Voy a los Cabos ―nos dijo el conductor que era hombre sencillo que viajaba con su hijo de cinco años y su esposa.
Abordamos la parte de la caja de la pick-up y comenzamos el trayecto. Era la gloria misma. La sierra La Laguna era hermosa, con sus bosques de pitayos. Sobre la sierra, las nubes cúmulos se comenzaban a ennegrecer para la lluvia de la tarde. Desde la cabina trasera de la Ranger observábamos lo que íbamos dejando de la carretera federal de dos carriles con su línea amarilla que dividía los sentidos. Al principio, cerca de la costa, el viento era un alivio, pero cuando nos alejamos de la misma, el viento quemaba la piel de tan caliente que estaba. Pasamos la localidad de La Cueva y finalmente nuestro aventón terminó en San José del Cabo. La zona del litoral costero de San José a San Lucas estaba llena de hoteles de ensueño con habitaciones de $2500 dólares la noche (o más). Nuestro amigo de la Ranger nos dejó en la parada de autobús donde pasaban los camiones rumbo al arco de Los Cabos. Tomamos uno de esos transportes y nos bajamos frente a un local en donde se vendían aguas frescas de frutas cuyos precios estaban en dólares. Luego prendimos un taxi que por $60 nos llevó a los tres hasta la bahía.
Caminamos con nuestras pesadas mochilas por la playa del Médano entre turistas de pieles blancas pero bronceadas, canchas de vóley playero y numerosas personas que se ganaban la vida vendiendo cualquier cosa, desde viajes en parapente hasta artesanías. Desde ahí observamos la confluencia entre dos mares, el Golfo de California y el Océano Pacífico. También, desde la playa, observamos el famoso arco de roca.
Ese arco, ese cabo, esas rocas últimas de la península de Baja California fueron documentados por primera vez por Juan Rodríguez Cabrillo y su gente a bordo del San Salvador el 3 de julio de 1542. Ahí, Juan Cabrillo y su gente se aprovisionaron de agua y continuaron su camino hacia el norte, su expedición sería reconocida como la que se tropezó por primera vez con la Alta California y la bahía de Los Ángeles.
No sabíamos muy bien qué hacer, una lancha nos cobraba $80 pesos por persona y yo no estaba de acuerdo en gastar ese dinero para ir al arco si dicha aventura podía realizarse a pie caminando por el cerro pedregoso que lo separaba de la playa. A pesar de haber quedado demostrado que podíamos ahorrar bastante dinero si caminábamos (aun y fuera bajo el sol), acampábamos en lugares públicos y pedíamos ray, Efraín insistía en tomar taxis, autobuses, pagar alojamiento y abordar una lancha turística para ver el arco de San Lucas. Comenzó una discusión que con los días se iría agravando. En ese momento acordamos que si habíamos comenzado juntos terminaríamos juntos, esa era la regla del grupo; aun a pesar de que hago notar que un mayor nivel de consumo nos dejará menos tiempo y kilómetros de viaje. Las razones que daba Efraín para continuar con ese nivel de consumo elevado estaban relacionadas con la seguridad más que con la comodidad, no le agradaba la idea de viajar en los automóviles de gente extraña, de dormir en territorios de nadie sin la garantía de un prestador de servicios, sin la calma que da una cerca contra todo lo que hay afuera. Continuaba argumentando que le preocupa que Sandra pudiera salir lastimada. Total, era su pareja y él estaba en su papel, pero a mi parecía que Sandra era perfectamente capaz de desenvolverse perfectamente en cualquier situación complicada y apremiante por más peligrosa que fuera. La pareja no estaba ya en la melosidad del amor a primera vista, era ya una pareja madura, así que aquel cuidado no se explicaba por la reacción química del enamoramiento. Terminé, a la mala, aceptando su papel de macho protector; años después corroboraría que todas sus precauciones eran exageradas y que de hecho, veinte días en Ciudad de México eran más peligrosos que un año en la Baja California, la Baja de aquellos tiempos.
Me rehusé hasta el último momento, me seguía pareciendo que el gasto era completamente innecesario y les ofrecí esperarlos en la playa. Ya más molesto, Efraín convidó pagar la mayor parte del costo de la lancha y los tres abordamos, desde la playa, esa lancha que nos llevó al paseo más caro de toda la historia.
―Un poeta, no debieron mandar a tres geógrafos a describir esto, debieron mandar mil poetas ―dije desde mi lugar en la lancha parafraseando el diálogo de una de mis películas favoritas.
La lancha daba tumbos sobre las olas mientras se acercaba al legendario arco de piedra. Yo descargué mi cámara réflex sobre los lobos marinos que descansaban en un promontorio rocoso cerca del arco. Lo que mi lente no pudo captar fue el concepto de aquel lugar mágico donde dos corrientes de agua, una cálida y otra fría, se unen; el punto donde mueren todos los huracanes, el límite entre la vida ruda y el descanso para las ballenas que bajan de los polos. El arco, una belleza, la expresión más perfecta de la arquitectura de la naturaleza, trabajado durante millones de años por ese mar paciente que se podía permitir la eternidad para esculpir sus obras. Ante tal espectáculo ninguna molestia ni berrinche de mi parte podía ser sostenido, solo me rendí ante el privilegio al que había sido invitada, costara lo que costara, le debíamos a aquel lanchero todos los cofres de oro que los piratas Thomas Cavendish y Woodes Rogers habían escondido, según decían las leyendas, en las bahías del cabo.  
El lanchero nos llevó a los lugares de rigor, era evidente que para él aquello era parte de su rutina, se llamaba Julio y se mostraba simpático mientras nos explicaba la Cueva de San Juan, un orificio entre la roca que permitía ver de un lado al otro del cabo. Julio nos platicó que él había ido a estudiar a Acapulco y que cuando regresó se encontró con que su otrora tranquilo y pacífico Cabo San Lucas se había sobrepoblado. Esa sobrepoblación hubiese sorprendido también a los piratas antes mencionados, especialmente a Rogers que afirmó que el cabo era un gran lugar para la piratería pero no para vivir. Por su parte, János Xantus, un naturalista húngaro que vivió en el cabo de 1859 a 1862, dijo del mismo que era solo una playa arenosa y hazmerreir para los pelícanos (Weber Jonhson 1972). ¿Qué iba a saber el pobre János de resorts de cinco estrellas?
 Julio continuó hablándonos de la temporada de lluvias como lo había hecho el taxista de Mazatlán.
―Cuando el agua está caliente ―decía Julio ―, ya viene el huracán (las lluvias). Y si está fría no hay que preocuparse, estará seco un tiempito más.
Luego continuó con su oficio de guía de turistas y nos propuso el juego de encontrarle forma a las rocas que constituían la punta del cabo. Así, en las paredes escarpadas aparecieron rostros humanos, la silueta del territorio de la Baja California y otras figuras que exigieron toda nuestra capacidad de hacer pareidolia.
Posteriormente, Julio nos llevó hacia la Playa del Amor. El oleaje era fuerte y bajar de la lancha era algo difícil, más si se considera que cargábamos nuestras pesadas mochilas. Un grupo de tres hombres nos ofrecieron ayuda para bajar entre ese mar picado, al principio pensamos que se trataba de un acto de amabilidad, pero ya en tierra estos sujetos nos cobraron por la ayuda dada. Pagamos de mala gana y el agujero financiero del viaje creció otro peso más.
La playa en cuestión era una extensión de arena localizada al pie del cerro Solmar que corona el brazo de tierra última que forma el cabo, tenía vista tanto al Golfo de Baja California como al Océano Pacífico. El oleaje del lado del Pacífico era brutal mientras que el del lado del Golfo era más calmado y permitía que la gente pudiese nadar.
―Si nadan del lado del Pacífico es bajo su propio riesgo ―nos informaron los hombres que ayudaban a la gente a bajar y subir de las embarcaciones que llegaban a la Playa del Amor, pero ya no nos cobran por el dato, había sido “cortesía de la casa”.
Pasamos dos horas nadando y disfrutando del lado del Golfo de la playa del Amor antes de que nuestra lancha regresara por nosotros. Ya abordo, ahora nos acompañaba una pareja de extranjeros que hicieron la plática a Julio, el lanchero  volvió a contar casi todo lo que nosotros ya habíamos escuchado de su boca.
Depositados sobre la arena de la playa de la Empacadora, llamada así porque hasta la década de los 60 había ahí una empacadora de atún de la cual todavía quedaban los restos de sus instalaciones, caminamos hasta la salida de la playa rumbo a la calle, rodeando la marina. La emoción de la aventura que vivimos nos alimentó para transitar con nuestras mochilas a las espaldas hasta donde abordamos un pequeño trasporte que nos llevó a la terminal de autobuses (nuevamente). Ya en la terminal, Efraín adquirió por $210 pesos tres boletos hasta el poblado de Todos Santos.
La tarde iba cayendo. El camino a Todos Santos fue entretenido pues la carretera iba serpenteando entre el poco margen que dejaban los acantilados y el mar. Los cardones de hasta diez metros de altura, concedían espacio ante las enormes cercas de las propiedades y ranchos pertenecientes a extranjeros, otro secuestro de territorio. Por otra parte, la carretera cruzaba varios cauces de agua vacíos mediante vados que seguramente cedían ante la menor lluvia extraordinaria.
Alrededor de las seis de la tarde de ese lunes maratónico, llegamos a Todos Santos. El pueblo era tranquilo y más callado que La Paz. Sin embargo, estábamos ante otro secuestro de territorio, no había opciones para acampar y otro tipo de alojamiento era muy caro. En una bonita posada llegamos a preguntar sobre el precio de las habitaciones, una señora de tez blanca y cabello aún más blanco nos indicó que si tenía habitaciones y que el costo era de ciento diez la noche por cada uno. Se nos iluminó el rostro. Pero casi de inmediato aclaró… dólares. Dimos las gracias y nos retiramos. De camino a la carretera encontramos un letrero que señalaba la existencia de un motel de paso, la noche estaba en $250 pesos por persona y la tomamos pues ya no había luz de día.
El cuarto era modesto, apenas dos camas encerradas en un espacio de cuatro metros por cuatro metros, la alberca no tenía agua pero al menos había agua caliente en la regadera y aire acondicionado que ayudó a que esa noche no pasáramos calor.
Cenamos un poco de sopa instantánea y cochinita pibil de lata. Esa noche dormimos en cama, recién duchados, y así terminó un día en que vimos y dejamos Los Cabos en menos de veinticuatro horas.

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