El sábado 26 de junio el paraíso terrenal dejó de ser un mito, no había
amazonas ni oro (había todavía algunas ostras), pero no hacía falta, el paraíso
terrenal se llamaba Playa Naranjos. Si ahí hubiésemos encontrado el palacio de
la reina Califia, la reina amazona, no me hubiese sorprendido.
Pero antes el purgatorio donde tres estudiantes expiaron todas las
culpas de sus pecados pasados, presentes y futuros: la brecha de 2.5 km desde
la carretera hasta las puertas del edén. A las ocho de la mañana comenzamos a
levantar el campamento en el estero de Mulegé. Las cucarachas nos miraban a lo
lejos con semblante de victoria. Yo por mi parte estaba desesperada por la
lentitud de perezoso del Amazonas con que mis compañeros levantaban en
campamento. Yo los urgía para que lo hicieran más aprisa y señalaba con horror
al sol.
―Si caminamos a medio día nos vamos a quemar en la terracería que hay
entre la playa y la carretera ―les decía, pero ellos no se atemorizaban, quizás
creían que exageraba, quizás no dimensionaban lo que eran 2.5 km con mochilas a
cuestas bajo el sol. Total que después del desayuno solo me concedieron no perder
más tiempo en lavar los trastos, eso se podría hacer más tarde bajo el amparo
de la tierra prometida.
Hora y media después, estábamos pidiendo “ray” a la salida del Orchard,
situación que resultó poco conveniente pues la carretera salía de una curva
pronunciada luego del puente sobre el río y por ello era peligroso que algún
vehículo se detuviera. De esa forma, tuvimos que caminar un kilómetro con
nuestras mochilas a las espaldas. En ese caminar pasó un taxi y lo detuvimos,
nos cobró cuarenta pesos hasta la planicie de la gasolinera de la entrada a
Mulegé. Ahí pasamos a comprar víveres en la tiendita de la gasolinera y luego
nos paramos a un lado del camino para pedir el “ray”. En ese caso Efraín no
tenía opción, el taxi nos cobraba demasiado hasta Playa Naranjos y ningún autobús
nos dejaría en ese lugar.
Una camioneta pick-up de un chico sudcaliforniano, fue nuestro
transporte. No hablamos con nuestro bienhechor pues nos mandó a la parte de
atrás, a la caja de la camioneta, a compartir el viaje con los tambos que
llevaba. Nos bajó en el lugar indicado y ahí estaba otra vez, delante de mí,
esa brecha que tanto me había dolido.
La diferencia es que ahora llevaba la mochila a cuestas y mucha más agua
que el día anterior. El aro solar ya estaba en su punto más alto, todo mi
esfuerzo por evitarlo en su peor hora había sido en vano. Al vernos, solo los
zopilotes albergaron esperanzas de que algo bueno pudiera pasar. Para aminorar
el lamento intenté charlar con mis compañeros y funcionó, recordar nuestras
películas y nuestra música nos hizo más llevadero el calvario. Sin embargo,
hubo un momento en que nos detuvimos al punto del hartazgo, a mí ya me dolía la
cabeza y sentía calambres en las piernas. Sandra se sentía mal, mareada y sin
fuerzas. Intuí que nos habíamos deshidratado. Efraín no se encontraba mejor e
incrementamos la frecuencia de nuestros descansos durante los metros faltantes.
No había ni una sola sombra, ni de árbol ni de nube, que nos cubriera del sol.
Nuestra ropa estaba empapada por el sudor pero en los últimos metros ya no
sudábamos, no quedaba líquido en nuestros cuerpos que transpirar. Al final,
arribamos a la tierra prometida.
Luego de beber agua copiosamente, colocamos el campamento debajo de una
palapa de las que los trabajadores llamaban abiertas, esto era así porque había
otras palapas que eran cerradas y que más bien eran cabañas, amuebladas por
dentro, con su puerta y ventanas. Todas las construcciones, tanto las palapas
abiertas como cerradas tenían el techo en dos aguas y estaban construidas con
madera, además, todas tenían pórtico aunque solo algunas de las cabañas
cerradas tenían loza por suelo, el resto tenían solo el piso de concreto o la arena
suelta como era el caso de nuestra palapa. Los techos eran de palma sobre
armazón también de madera, y las dimensiones de todas eran las mismas o muy
similares, como si hubiesen sido construidas siguiendo una receta afortunada.
Un sello particular era que las tablas que hacían de paredes a esas palapas
estaban pintadas con colores alegres como el amarillo, el azul cielo y, por
supuesto, el anaranjado. Solo el restaurante era más grande que todas las demás
palapas, en su interior tenía mesas y sillas como todos los restaurantes del
mundo, pero este en particular tenía un librero que se iba llenando con las
donaciones que hacían los propios huéspedes. Ahí, en ese librero que a mí me
pareció mágico, encontré un ejemplar de “La milla verde” de Stephen King y ahí
dejé yo el libro que no había podido leer en todo ese tiempo y cuyo peso había
cargado en mi mochila. Sobra decir que el menú del restaurante no era otro que
pescado (preparado de mil formas), almejas (preparadas de otras mil formas) y
huevo, pero con eso bastaba, con eso le sobraba para ser la felicidad.
Los trabajadores que nos vieron llegar con nuestros caparazones de
tortuga a la espalda se rieron un poco de nosotros, pero amablemente nos dieron
sin costo unas sillas, una mesa plegable, un galón de agua y hielo en una
hielera. Dad de comer al hambriento y de beber al sediento dice la prima máxima
semita del desierto, y en ese momento tenía todo el sentido del mundo.
Todavía más, uno de los trabajadores se ofreció a llevar a Efraín a
Mulegé para comprar más faltantes como hielo y Coca Cola. Nunca pude
preguntarle qué sentimientos tuvo Efraín al recorrer la brecha en la comodidad
de un automóvil a pocos minutos de haberla sufrido caminando.
Mientras tanto, yo y Sandra nos quedamos a disfrutar de la vida en Playa
Naranjos. Su arena era gruesa pero blanca, más adentro el fondo estaba lleno de
gijarros, el oleaje era tranquilo pero constante, el viento proveniente del
noreste era refrescante y la roca desierta (literal, ahí no vivía nadie) de
punta Concepción se levantaba como horizonte. Uno de los trabajadores nos
aseguró que en los cerros de esa zona todavía habitaba el borrego cimarrón y
sin duda, venados. Las serpientes, nos dijo, eran el pan de cada día, después
de las seis de la tarde era seguro toparse con alguna. Luego mencionó un dato
que nos dejó más frías que el hielo que nos había regalado ―hoy el termómetro
marcó cuarenta y dos grados. ¡Con razón nos deshidratamos!
Nos metimos a nadar y el agua de la bahía era tan clara que aún mucho
después de la línea intermareal se podía ver el fondo a simple vista. Si
caminabas cincuenta metros hacia adentro del mar, la altura del agua no
alcanzaba para cubrirte la cabeza. Varias aves aprovechaban las rocas que
delimitaban ligeramente la playa, pero solo las gaviotas se aventuraban a robar
comida en la zona de las cabañas. No a pocas de estas gaviotas les compartimos
restos de galletas y hasta algo de atún alimentando su mal hábito.
Esa noche, el hombre dueño de Playa Naranjos, nos invitó a tomar una
silla y escuchar, solo escuchar su historia, a Efraín le encantaban estas cosas,
preguntar y hablas con la gente acerca de su vida cotidiana y de sus
experiencias extraordinarias.
Playa Naranjo no tenía ningún árbol de naranjas, el lugar debía su
nombre a su dueño, el señor Naranjo. Su apellido tenía orígenes españoles y él
mismo investigó su linaje y encontró que su familia venía de Michoacán. Su
padre fue revolucionario y jefe de activistas durante los gobiernos posteriores
al movimiento armado, de ahí que todo el color naranja de su lugar y su persona
estuviesen corridos más al rojo y cerca del corazón que al color del dinero. En
una emboscada, el padre de Naranjo perdió la vida y lo dejó a él con solo tres
años de edad y a sus cinco hermanos sin padre, pero con una viuda que les pasó
a los hijos la sensibilidad ante la injusticia. Por un tiempo la familia trunca
se instaló en Topolobambo, Sinaloa, y desde pequeño, Naranjo se interesó por la
pesca y el mar. Un anzuelo era su juguete favorito y desde la costa observaba
con fascinación cuando los camaroneros salían del puerto hacia altamar. Durante
su niñez soñó con embarcarse algún día en una de esas naves.
Con el tiempo, conoció a algunos
de los capitanes de esos barcos, como el Negro, hombre de piel oscura, genes
africanos y que en los cincuentas era reconocido por todos como el mejor
capitán camaronero del lugar. Todos los pescadores querían ser parte de su
tripulación. El Negro era parrandero y mujeriego, la habilidad y maestría que
poseía para la mar le era inútil para la vida fuera de esta, era todo un
capitán de barco. El niño Naranjo, cegado por el halo de heroísmo del marino
oscuro, le pidió un día que se lo llevara a una de las jornadas de pesca alta.
El Negro fue a hablar con la madre del niño Naranjo pero de poco sirvió pues la
madre estaba bien advertida de todas las malas artes que sucedían en los barcos
camaroneros.
Por aquel entonces mucha gente arribaba desde la Ciudad de México u
otras urbes, eran jóvenes motivados por el espíritu de aventura que buscaban
embarcarse en esos viajes de pesca alta que duraban varios meses. El espíritu
de algunos era lo suficientemente recio para que los locales los dejaran
tratar, pero su cuna citadina les jugaba en contra y muchos de ellos morían en altamar,
eran los marineros de agua dulce, torpes para salvar la vida en la mar. Por esa
y otras historias, la madre de Naranjo se negaba a los deseos del niño.
Ya más grande, el muchacho Naranjo logró que su madre le diera permiso y
se embarcó en el camaronero del Negro. Luego de ese primer viaje, Naranjo ya no
regresó a la escuela, se dedicó de tiempo completo a ser camaronero. Se embarcó
en otros barcos y varios viajes, a sus quince años ya acumulaba miles de leguas
marinas de recorrido y varias toneladas de producto capturado que le dejaba
buen dinero para sus sueños de muchacho de puerto. Un día decidió probar con la
pesca de cabotaje y se fue a la Baja pues se había enamorado de la Península y
en la costa de esta la pesca era harto abundante en esos tiempos. El joven
Naranjo fue testigo de cuando Los Cabos era apenas un caserío de cuatro o cinco
construcciones y una bodega para almacenar producto. La carretera nº 1 que
tantas veces nos había llevado a nosotros, no existía en tiempos del joven
Naranjo y cada viaje de comunidad en comunidad era una jornada de varios días
por brechas maltrechas o pangas que bordeaban el litoral. Un día, la pesca de
cabotaje lo llevó a bahía Concepción y decidió instalarse ahí, apenas unos
metros de donde estábamos escuchándolo. De la nada levantó una cooperativa
pesquera y a los veintidós años era ya el líder de la organización. Él mismo se
describía impulsivo, alguien que no se dejaba, pero inteligente. En la época
del priismo duro, la cooperativa se sobrepuso a las persecuciones de los
particulares que deseaban que aquella comunidad de pescadores exitosos fuera
borrada de la faz de la tierra.
Naranjo contó que un día un cliente no quiso pagarle un producto a la
cooperativa. Así, tuvo que viajar hasta La Paz para buscar al secretario de
asuntos pesqueros y le explicó la situación. El secretario que había sido
militar mandó buscar al acusado. Naranjo pensó que aquel secretario era
incorruptible pero el acusado también tenía amigos poderosos, entre ellos un
diputado corrupto que habló con el secretario y abogó por su amigo. El diputado
acusó a Naranjo y su cooperativa de comunistas en el tiempo en que eso era peor
que si se te acusaba de leproso. Además, el diputado invitó al secretario a una
pachanga donde lo agasajó con regalos, halagos y licor, comprando así su fallo a
favor. Naranjo se defendió en un juicio en su contra y salió bien librado,
conservó la cooperativa, el permiso para pescar abulón, langosta y otros
productos, pero nunca logró que se le pagara, literalmente el diputado y el
cliente le robaron.
Lo peor estaba por venir, a un lado de la cooperativa de Naranjo, se
instalaron dos empresas con fachada de cooperativas que buscaron pescar, sin
permiso, los mismos productos que Naranjo. Eran amigos del gobernador de aquel
entonces cuando la Baja era todavía territorio y no estado. El gobierno buscó a
Naranjo para pedirle sus permisos, cosa que nunca antes había pasado. Demostró
que estaba en regla y nada pudieron hacerle.
Entonces, el gobernador llamó a una junta con las cooperativas y les
explicó que los bienes de las tres organizaciones se mancomunarían y así las
organizaciones sin permisos podrían obtenerlos en automático. Por supuesto,
Naranjo y sus compañeros no aceptaron. El gobernador perdió toda compostura y
les contestó que ―chingaran a su madre ―, que él era el gobernador y que ahí se
hacía lo que él ordenaba, textual. Ordenó
a las cooperativas sin permisos pescar en el territorio de Naranjo, quien fue
hasta la Ciudad de México para buscar a las autoridades federales. A uno de sus
compañeros le pidió que en cuanto observara que los de las otras cooperativas
pescarán producto para el cual no tenían permiso, le llamara de inmediato por
teléfono. Así lo hizo el compañero y en cuanto hizo la llamada a Naranjo este
fue y levantó una denuncia. Las autoridades federales confiscaron el producto
que no tenía permiso y los agraviados fueron a quejarse con el gobernador.
La venganza del gobernador no fue inmediata pero si efectiva, poco a
poco fue destruyendo a Naranjo. Primero, uno de los compañeros leales a Naranjo
lo sucedió como líder de la cooperativa, pero se vendió al gobernador y Naranjo
le preguntó directamente al traidor cuando lo tuvo de frente:
―Bueno, ¿tú qué quieres?
―Quiero mandar ―le respondió el otrora compañero.
Naranjo se hizo a un lado y comenzó a alejarse de la actividad pesquera
ligada a la política. Entonces, un carguero portugués de gran calado encalló en
el Golfo de California. La compañía propietaria del barco desafortunado lo dio
por perdido pues era mucho más costoso y complicado liberar al barco que
adquirir otro nuevo. El barco quedó en tierra de nadie. La gente de los
alrededores comenzó a saquearlo de a poco. Una de esas personas extrajo de la
nave maquinaria y herramienta, al no encontrar quién se la comprara, decidió ir
con Naranjo y le ofreció todo aquello. Naranjo le había hecho años antes un
préstamo al saqueador y así, este último le ofrecía la maquinaria como pago.
Naranjo al principio se negó, ninguna de esas máquinas le iban a servir a él
para nada; había, por ejemplo, un torneador de ocho toneladas. Luego de la
insistencia del saqueador, Naranjo aceptó ya que recordó que a su hermano menor
podría servirle esa chatarra pues estaba más cerca del giro de sus actividades.
Los cuervos de dos patas notaron las máquinas que se tostaban al sol en
la tierra de Naranjo y fueron con el chisme con el gobernador rencoroso. Se le
abrió a Naranjo un proceso por robo de los bienes de la nación pues al ser
abandonado el barco por su propietario este pasaba a ser propiedad del gobierno
mexicano.
Luego de un año y medio de proceso, el juez lo exoneró y en todo ese
tiempo el pescador se cuidó de no delatar al saqueador que le había vendido
aquello. El papeleo y protocolo continuaron, pero Naranjo faltó a un citatorio
y se le giró entonces una orden de aprensión. El juez lo regaño y le dijo:
―Si no hubiese sido usted tan
huevón, usted se habría librado de ir a la cárcel.
Así, Naranjo pasó mes y medio de prisión en el penal de Guaymas, Sonora.
Ya libre pero cansado, regresó a pescar. La cooperativa le dio una
lancha para que pudiera seguir haciendo lo que era su pasión, pero le dejaron
claro que lo expulsaban de la organización. Ahí comenzó otro camino, era tan
bueno pescando que pronto se compró otra lancha y montó un pequeño negocio con
la ayuda de sus hijos. Llegó a tener once barcos pesqueros y en su punto más
alto, decidió venderle todo a la cooperativa.
―¡Negociazo! ―dice el viejo Naranjo con una sonrisa luego de cambiar el
socialismo por el capitalismo.
Con el dinero obtenido, decidió hacerse de una flota de camiones
refrigerantes para trasportar producto. Así, en pocos años logró tener el
eslabón completo: pesca, almacenamiento, trasporte y venta de pescado a
Guadalajara, Ciudad de México y Los Ángeles.
Con los cambios en la Constitución en lo referente a las tierras
ejidales, Naranjo aprovechó y compró el terreno en donde había comenzado su
cooperativa que poco a poco fue asfixiada por el Tratado de Libre Comercio con
Estados Unidos y se fue a la bancarrota.
El negocio particular de Naranjo, se lo heredó a sus hijos y él se
retiró al vivir al terreno que había comprado y que era el mismo en que ahora
estábamos sentados todos escuchando su plática.
Con la ayuda de cuatro muchachos fueron construyendo poco a poco las
cabañas para los huéspedes. Para entonces, el tráiler park Naranjos contaba con
diez palapas abiertas de $70 pesos la noche, y diez cabañas de $200 pesos, además
de regaderas, baños, cancha de básquet y una iglesia cristiana cuyos feligreses
pidieron permiso a Naranjo para construir en su terreno.
El gobierno solo le había puesto trabas y papeleo en eso del tráiler
park, nunca le dieron un crédito ni apoyos. La construcción del camino que
tanto nos hizo sufrir a mí y mis dos compañeros de viaje, se había obtenido
gracias a un ingeniero que cuando estaban haciendo las obras de mantenimiento
de la carretera federal nº 1, llegó a descansar a Playa Naranjos. Él y sus
trabajadores no solo disfrutaban de la belleza de la playa, Naranjo les ofrecía
y cocinaba exquisito pescado y jamás se los cobró. Ellos insistían en pagarle,
pero Naranjo no lo permitía. Entonces, el ingeniero habló con Naranjo y le
propuso que le hacía el camino para llegar a Playa Naranjos. Así, los
trabajadores trabajaron de lunes a viernes en la carretera nº1 y los fines de
semana se ocuparon del trazo de la brecha hacia Playa Naranjo. No lograron
terminarlo es a vez, pero al año siguiente regresaron y lo concluyeron, pagando
con creces toda la hospitalidad recibida.
El lugar quedó comunicado por tierra, pero no tenía luz eléctrica. Fue
un ingeniero de Guaymas quien por un módico precio le ofreció a Naranjo la
instalación de un sistema de electricidad a base de paneles solares. Eso fue en
el año de 1991. Desde entonces, Naranjo se ha encargado de ampliar y mejorar el
sistema de las celdas. Además, instaló un motor a gasolina de cuatro cilindros
en V que alimenta un generador eléctrico.
En algún momento, Naranjo contrató el sistema de televisión por
satélite, pero era tan malo el servicio que luego de cuatro meses decidió
cancelarlo. Así, el único medio de comunicación era una radio de onda corta que
captaba las estaciones de radio de todo el mundo, así no más. El agua llegaba
en pipa, pero ese seguía siendo un problema pues duraba poco.
Naranjo entonces nos aseguró que en general toda la Baja era bastante
tranquila. Solo había tenido dos problemas extraordinarios, el primero cuando
un adicto le pidió trabajo y le dijo que estaba en rehabilitación. El hombre
era de Guaymas y había vivido tranquilo con su esposa e hijos en ese puerto.
Pero un día unos tipos le pidieron que llevara un cargamento de mariguana a
Tijuana. El hombre aceptó y se llevó a su familia a manera de camuflaje. El
asunto le salió bien, el paquete fue entregado en tiempo y forma y él recibió
su jugosa paga. Y así comenzó a llevar cargamentos de droga a Tijuana o donde
le dijeran. Solo que una vez, los que recibieron el cargamento no le pagaron la
mercancía y le dijeron que no se opusiera o lo mataban. El tipo, completamente
muerto del susto no regresó a Guaymas, sabía que no podía regresar sin el
dinero pues lo matarían. Así, decidió huir a Ensenada abandonando a su familia.
Intentó cruzar a Estados Unidos de manera ilegal pero fracasó. En su
desesperación se refugió en la bebida y pronto, debido a su experiencia previa,
se pasó a los otros estimulantes no legales. Llegó vagando hasta Mulegé pues
ahí vivía una hermana suya. Se enteró ahí que a su esposa la habían metido a la
cárcel por tráfico de drogas y que ahora trabajaba en el campo para mantener a
sus hijos, que eran también los hijos de él. Agobiado, destruido por la culpa, decidió
ingresar al centro de rehabilitación de once pasos en Mulegé. De buena fe,
Naranjo tenía un acuerdo con el centro de rehabilitación que consistía en darle
trabajo a los rehabilitados. De esa forma, el hombre llegó a Playa Naranjo, se
ganó la confianza del otrora pescador y realizaba de manera eficiente todas las
tareas que se le encomendaban. Luego de varios meses de armonía, el hombre le
pidió un favor a Naranjo: cada tarde, el centro de rehabilitación mandaba una
camioneta para regresar a los adictos al centro luego de trabajar en el tráiler
park, el hombre le pidió a Naranjo que esa noche no lo entregara pues tenía
pensado fugarse. Decía que quería regresar a Sinaloa para recuperar a su
familia, pero Naranjo no aceptó. El hombre insistió cada día por esa
oportunidad.
―Escúchame bien, cabrón ―le dijo Naranjo ―, te voy a ayudar pero si me
entero de que te tiras al vicio yo mismo te atrapo y te entrego. Por mi te vas
a la cárcel.
La fuga se dio al fin uno de esos días. Durante varios meses, Naranjo no
tuvo razón del desgraciado adicto hasta que una vez un conocido que tenía en
Guaymas le contó que la persona a la que había ayudado había regresado con su
familia y ahí la iba pasando. Desde entonces, Naranjo siguió recibiendo
noticias de aquella mula del narco que lo había perdido todo y que ahora
recuperaba, paso a paso, una vida normal.
La segunda historia también fue interesante. Una vez unos pandilleros
llegaron de Tijuana a Playa Naranjo, preguntaron si podían usar los baños y
regaderas, Naranjo les dijo que por diez pesos podían usarlos. Ese día pagaron.
Al otro día volvieron pero ya no pagaron. Al tercer día no solo no pagaron sino
que se subieron al techo de los baños a beber cerveza y Naranjo se molestó.
―Bájenos de aquí, pinche viejo ―le respondieron los pandilleros.
Naranjo regresó a la oficina, cargó su escopeta y a punta de fusil los
bajó. Los pandilleros huyeron en sus automóviles a toda carrera.
Al otro día regresaron, lo que son las cosas, trayendo consigo a una
patrulla de la policía judicial. Para sorpresa de los pobres pandilleros, el
comandante de la patrulla, tan solo vio a Naranjo, se acercó a saludarlo y
abrazarlo efusivamente, eran compadres. Los niños de Tijuana terminaron pagando
lo que debían.
A veces, no eran los criminales el problema, era la policía y no siempre
eran compadres de Naranjo. Una vez llegaron unos judiciales y utilizaron la
palapa. Cuando se iban, le dijeron a uno de los empleados de Naranjo que no
iban a pagar ni un centavo. El trabajador, por miedo, no dijo nada a su jefe.
Al día siguiente regresaron los judiciales y Naranjo mismo se acercó hasta
ellos. Eran dos hombres y sus parejas, dos mujeres que Naranjo describió como
esculturales. Al pedirles la cuota, los policías no solo le dijeron que no le
iban a pagar sino que además lo insultaron.
―Chinga tu madre ―respondió Naranjo a los uniformados ―, esta palapa no
se construyó sola, mi trabajo me costó y tienes que pagar por usarla. Vienes de
pinche grosero y yo te había hablado amable. Tú estás aquí para servirme, eres
servidor público, yo pago mis impuestos y tu sueldo.
Los de charola se molestaron todavía más pero increíblemente, a pesar de
que tenían sus armas de cargo, terminaron pagando a un asustado Naranjo. Todos
nos quedamos con la interrogante en la garganta acerca del desenlace de la
historia. Naranjo lo explicó a su manera:
―Perro que ladra, no muerde.
La media noche pasó y seguimos escuchando a Naranjo que lo mismo opina
del bloqueo a Cuba que de la nefasta programación de la televisión por cable.
Se indignaba por las falsas promesas al campo y la demagogia del presidente
Vicente Fox. Hablamos de historia y luego de literatura, y todas sus
referencias, sobre cualquier tema, se dirigían hacía la pesca. Nos explicaba su
pensamiento en una frase:
―Hoy por ti, mañana por mí.
Casi a las dos de la mañana el cansancio nos venció. Me quedé con la
idea de que Playa Naranjo era un oasis en la Baja California, no uno del tipo
de ojo de agua y vegetación, sino uno ideológico, de ideas y de integridad, un
oasis de todo México. Parafraseando a Las Sergas de Espladián, tierra de
“valiente espíritu y gran fortaleza”.
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