lunes, 8 de octubre de 2018

XI


El sábado 26 de junio el paraíso terrenal dejó de ser un mito, no había amazonas ni oro (había todavía algunas ostras), pero no hacía falta, el paraíso terrenal se llamaba Playa Naranjos. Si ahí hubiésemos encontrado el palacio de la reina Califia, la reina amazona, no me hubiese sorprendido.
Pero antes el purgatorio donde tres estudiantes expiaron todas las culpas de sus pecados pasados, presentes y futuros: la brecha de 2.5 km desde la carretera hasta las puertas del edén. A las ocho de la mañana comenzamos a levantar el campamento en el estero de Mulegé. Las cucarachas nos miraban a lo lejos con semblante de victoria. Yo por mi parte estaba desesperada por la lentitud de perezoso del Amazonas con que mis compañeros levantaban en campamento. Yo los urgía para que lo hicieran más aprisa y señalaba con horror al sol.
―Si caminamos a medio día nos vamos a quemar en la terracería que hay entre la playa y la carretera ―les decía, pero ellos no se atemorizaban, quizás creían que exageraba, quizás no dimensionaban lo que eran 2.5 km con mochilas a cuestas bajo el sol. Total que después del desayuno solo me concedieron no perder más tiempo en lavar los trastos, eso se podría hacer más tarde bajo el amparo de la tierra prometida.
Hora y media después, estábamos pidiendo “ray” a la salida del Orchard, situación que resultó poco conveniente pues la carretera salía de una curva pronunciada luego del puente sobre el río y por ello era peligroso que algún vehículo se detuviera. De esa forma, tuvimos que caminar un kilómetro con nuestras mochilas a las espaldas. En ese caminar pasó un taxi y lo detuvimos, nos cobró cuarenta pesos hasta la planicie de la gasolinera de la entrada a Mulegé. Ahí pasamos a comprar víveres en la tiendita de la gasolinera y luego nos paramos a un lado del camino para pedir el “ray”. En ese caso Efraín no tenía opción, el taxi nos cobraba demasiado hasta Playa Naranjos y ningún autobús nos dejaría en ese lugar.
Una camioneta pick-up de un chico sudcaliforniano, fue nuestro transporte. No hablamos con nuestro bienhechor pues nos mandó a la parte de atrás, a la caja de la camioneta, a compartir el viaje con los tambos que llevaba. Nos bajó en el lugar indicado y ahí estaba otra vez, delante de mí, esa brecha que tanto me había dolido.
La diferencia es que ahora llevaba la mochila a cuestas y mucha más agua que el día anterior. El aro solar ya estaba en su punto más alto, todo mi esfuerzo por evitarlo en su peor hora había sido en vano. Al vernos, solo los zopilotes albergaron esperanzas de que algo bueno pudiera pasar. Para aminorar el lamento intenté charlar con mis compañeros y funcionó, recordar nuestras películas y nuestra música nos hizo más llevadero el calvario. Sin embargo, hubo un momento en que nos detuvimos al punto del hartazgo, a mí ya me dolía la cabeza y sentía calambres en las piernas. Sandra se sentía mal, mareada y sin fuerzas. Intuí que nos habíamos deshidratado. Efraín no se encontraba mejor e incrementamos la frecuencia de nuestros descansos durante los metros faltantes. No había ni una sola sombra, ni de árbol ni de nube, que nos cubriera del sol. Nuestra ropa estaba empapada por el sudor pero en los últimos metros ya no sudábamos, no quedaba líquido en nuestros cuerpos que transpirar. Al final, arribamos a la tierra prometida.
Luego de beber agua copiosamente, colocamos el campamento debajo de una palapa de las que los trabajadores llamaban abiertas, esto era así porque había otras palapas que eran cerradas y que más bien eran cabañas, amuebladas por dentro, con su puerta y ventanas. Todas las construcciones, tanto las palapas abiertas como cerradas tenían el techo en dos aguas y estaban construidas con madera, además, todas tenían pórtico aunque solo algunas de las cabañas cerradas tenían loza por suelo, el resto tenían solo el piso de concreto o la arena suelta como era el caso de nuestra palapa. Los techos eran de palma sobre armazón también de madera, y las dimensiones de todas eran las mismas o muy similares, como si hubiesen sido construidas siguiendo una receta afortunada. Un sello particular era que las tablas que hacían de paredes a esas palapas estaban pintadas con colores alegres como el amarillo, el azul cielo y, por supuesto, el anaranjado. Solo el restaurante era más grande que todas las demás palapas, en su interior tenía mesas y sillas como todos los restaurantes del mundo, pero este en particular tenía un librero que se iba llenando con las donaciones que hacían los propios huéspedes. Ahí, en ese librero que a mí me pareció mágico, encontré un ejemplar de “La milla verde” de Stephen King y ahí dejé yo el libro que no había podido leer en todo ese tiempo y cuyo peso había cargado en mi mochila. Sobra decir que el menú del restaurante no era otro que pescado (preparado de mil formas), almejas (preparadas de otras mil formas) y huevo, pero con eso bastaba, con eso le sobraba para ser la felicidad.
Los trabajadores que nos vieron llegar con nuestros caparazones de tortuga a la espalda se rieron un poco de nosotros, pero amablemente nos dieron sin costo unas sillas, una mesa plegable, un galón de agua y hielo en una hielera. Dad de comer al hambriento y de beber al sediento dice la prima máxima semita del desierto, y en ese momento tenía todo el sentido del mundo.
Todavía más, uno de los trabajadores se ofreció a llevar a Efraín a Mulegé para comprar más faltantes como hielo y Coca Cola. Nunca pude preguntarle qué sentimientos tuvo Efraín al recorrer la brecha en la comodidad de un automóvil a pocos minutos de haberla sufrido caminando.
Mientras tanto, yo y Sandra nos quedamos a disfrutar de la vida en Playa Naranjos. Su arena era gruesa pero blanca, más adentro el fondo estaba lleno de gijarros, el oleaje era tranquilo pero constante, el viento proveniente del noreste era refrescante y la roca desierta (literal, ahí no vivía nadie) de punta Concepción se levantaba como horizonte. Uno de los trabajadores nos aseguró que en los cerros de esa zona todavía habitaba el borrego cimarrón y sin duda, venados. Las serpientes, nos dijo, eran el pan de cada día, después de las seis de la tarde era seguro toparse con alguna. Luego mencionó un dato que nos dejó más frías que el hielo que nos había regalado ―hoy el termómetro marcó cuarenta y dos grados. ¡Con razón nos deshidratamos!
Nos metimos a nadar y el agua de la bahía era tan clara que aún mucho después de la línea intermareal se podía ver el fondo a simple vista. Si caminabas cincuenta metros hacia adentro del mar, la altura del agua no alcanzaba para cubrirte la cabeza. Varias aves aprovechaban las rocas que delimitaban ligeramente la playa, pero solo las gaviotas se aventuraban a robar comida en la zona de las cabañas. No a pocas de estas gaviotas les compartimos restos de galletas y hasta algo de atún alimentando su mal hábito.
Esa noche, el hombre dueño de Playa Naranjos, nos invitó a tomar una silla y escuchar, solo escuchar su historia, a Efraín le encantaban estas cosas, preguntar y hablas con la gente acerca de su vida cotidiana y de sus experiencias extraordinarias.
Playa Naranjo no tenía ningún árbol de naranjas, el lugar debía su nombre a su dueño, el señor Naranjo. Su apellido tenía orígenes españoles y él mismo investigó su linaje y encontró que su familia venía de Michoacán. Su padre fue revolucionario y jefe de activistas durante los gobiernos posteriores al movimiento armado, de ahí que todo el color naranja de su lugar y su persona estuviesen corridos más al rojo y cerca del corazón que al color del dinero. En una emboscada, el padre de Naranjo perdió la vida y lo dejó a él con solo tres años de edad y a sus cinco hermanos sin padre, pero con una viuda que les pasó a los hijos la sensibilidad ante la injusticia. Por un tiempo la familia trunca se instaló en Topolobambo, Sinaloa, y desde pequeño, Naranjo se interesó por la pesca y el mar. Un anzuelo era su juguete favorito y desde la costa observaba con fascinación cuando los camaroneros salían del puerto hacia altamar. Durante su niñez soñó con embarcarse algún día en una de esas naves.
Con  el tiempo, conoció a algunos de los capitanes de esos barcos, como el Negro, hombre de piel oscura, genes africanos y que en los cincuentas era reconocido por todos como el mejor capitán camaronero del lugar. Todos los pescadores querían ser parte de su tripulación. El Negro era parrandero y mujeriego, la habilidad y maestría que poseía para la mar le era inútil para la vida fuera de esta, era todo un capitán de barco. El niño Naranjo, cegado por el halo de heroísmo del marino oscuro, le pidió un día que se lo llevara a una de las jornadas de pesca alta. El Negro fue a hablar con la madre del niño Naranjo pero de poco sirvió pues la madre estaba bien advertida de todas las malas artes que sucedían en los barcos camaroneros.
Por aquel entonces mucha gente arribaba desde la Ciudad de México u otras urbes, eran jóvenes motivados por el espíritu de aventura que buscaban embarcarse en esos viajes de pesca alta que duraban varios meses. El espíritu de algunos era lo suficientemente recio para que los locales los dejaran tratar, pero su cuna citadina les jugaba en contra y muchos de ellos morían en altamar, eran los marineros de agua dulce, torpes para salvar la vida en la mar. Por esa y otras historias, la madre de Naranjo se negaba a los deseos del niño.
Ya más grande, el muchacho Naranjo logró que su madre le diera permiso y se embarcó en el camaronero del Negro. Luego de ese primer viaje, Naranjo ya no regresó a la escuela, se dedicó de tiempo completo a ser camaronero. Se embarcó en otros barcos y varios viajes, a sus quince años ya acumulaba miles de leguas marinas de recorrido y varias toneladas de producto capturado que le dejaba buen dinero para sus sueños de muchacho de puerto. Un día decidió probar con la pesca de cabotaje y se fue a la Baja pues se había enamorado de la Península y en la costa de esta la pesca era harto abundante en esos tiempos. El joven Naranjo fue testigo de cuando Los Cabos era apenas un caserío de cuatro o cinco construcciones y una bodega para almacenar producto. La carretera nº 1 que tantas veces nos había llevado a nosotros, no existía en tiempos del joven Naranjo y cada viaje de comunidad en comunidad era una jornada de varios días por brechas maltrechas o pangas que bordeaban el litoral. Un día, la pesca de cabotaje lo llevó a bahía Concepción y decidió instalarse ahí, apenas unos metros de donde estábamos escuchándolo. De la nada levantó una cooperativa pesquera y a los veintidós años era ya el líder de la organización. Él mismo se describía impulsivo, alguien que no se dejaba, pero inteligente. En la época del priismo duro, la cooperativa se sobrepuso a las persecuciones de los particulares que deseaban que aquella comunidad de pescadores exitosos fuera borrada de la faz de la tierra.
Naranjo contó que un día un cliente no quiso pagarle un producto a la cooperativa. Así, tuvo que viajar hasta La Paz para buscar al secretario de asuntos pesqueros y le explicó la situación. El secretario que había sido militar mandó buscar al acusado. Naranjo pensó que aquel secretario era incorruptible pero el acusado también tenía amigos poderosos, entre ellos un diputado corrupto que habló con el secretario y abogó por su amigo. El diputado acusó a Naranjo y su cooperativa de comunistas en el tiempo en que eso era peor que si se te acusaba de leproso. Además, el diputado invitó al secretario a una pachanga donde lo agasajó con regalos, halagos y licor, comprando así su fallo a favor. Naranjo se defendió en un juicio en su contra y salió bien librado, conservó la cooperativa, el permiso para pescar abulón, langosta y otros productos, pero nunca logró que se le pagara, literalmente el diputado y el cliente le robaron.
Lo peor estaba por venir, a un lado de la cooperativa de Naranjo, se instalaron dos empresas con fachada de cooperativas que buscaron pescar, sin permiso, los mismos productos que Naranjo. Eran amigos del gobernador de aquel entonces cuando la Baja era todavía territorio y no estado. El gobierno buscó a Naranjo para pedirle sus permisos, cosa que nunca antes había pasado. Demostró que estaba en regla y nada pudieron hacerle.
Entonces, el gobernador llamó a una junta con las cooperativas y les explicó que los bienes de las tres organizaciones se mancomunarían y así las organizaciones sin permisos podrían obtenerlos en automático. Por supuesto, Naranjo y sus compañeros no aceptaron. El gobernador perdió toda compostura y les contestó que ―chingaran a su madre ―, que él era el gobernador y que ahí se hacía lo que él ordenaba, textual.  Ordenó a las cooperativas sin permisos pescar en el territorio de Naranjo, quien fue hasta la Ciudad de México para buscar a las autoridades federales. A uno de sus compañeros le pidió que en cuanto observara que los de las otras cooperativas pescarán producto para el cual no tenían permiso, le llamara de inmediato por teléfono. Así lo hizo el compañero y en cuanto hizo la llamada a Naranjo este fue y levantó una denuncia. Las autoridades federales confiscaron el producto que no tenía permiso y los agraviados fueron a quejarse con el gobernador.
La venganza del gobernador no fue inmediata pero si efectiva, poco a poco fue destruyendo a Naranjo. Primero, uno de los compañeros leales a Naranjo lo sucedió como líder de la cooperativa, pero se vendió al gobernador y Naranjo le preguntó directamente al traidor cuando lo tuvo de frente:
―Bueno, ¿tú qué quieres?
―Quiero mandar ―le respondió el otrora compañero.
Naranjo se hizo a un lado y comenzó a alejarse de la actividad pesquera ligada a la política. Entonces, un carguero portugués de gran calado encalló en el Golfo de California. La compañía propietaria del barco desafortunado lo dio por perdido pues era mucho más costoso y complicado liberar al barco que adquirir otro nuevo. El barco quedó en tierra de nadie. La gente de los alrededores comenzó a saquearlo de a poco. Una de esas personas extrajo de la nave maquinaria y herramienta, al no encontrar quién se la comprara, decidió ir con Naranjo y le ofreció todo aquello. Naranjo le había hecho años antes un préstamo al saqueador y así, este último le ofrecía la maquinaria como pago. Naranjo al principio se negó, ninguna de esas máquinas le iban a servir a él para nada; había, por ejemplo, un torneador de ocho toneladas. Luego de la insistencia del saqueador, Naranjo aceptó ya que recordó que a su hermano menor podría servirle esa chatarra pues estaba más cerca del giro de sus actividades.
Los cuervos de dos patas notaron las máquinas que se tostaban al sol en la tierra de Naranjo y fueron con el chisme con el gobernador rencoroso. Se le abrió a Naranjo un proceso por robo de los bienes de la nación pues al ser abandonado el barco por su propietario este pasaba a ser propiedad del gobierno mexicano.
Luego de un año y medio de proceso, el juez lo exoneró y en todo ese tiempo el pescador se cuidó de no delatar al saqueador que le había vendido aquello. El papeleo y protocolo continuaron, pero Naranjo faltó a un citatorio y se le giró entonces una orden de aprensión. El juez lo regaño y le dijo:
 ―Si no hubiese sido usted tan huevón, usted se habría librado de ir a la cárcel.
Así, Naranjo pasó mes y medio de prisión en el penal de Guaymas, Sonora.
Ya libre pero cansado, regresó a pescar. La cooperativa le dio una lancha para que pudiera seguir haciendo lo que era su pasión, pero le dejaron claro que lo expulsaban de la organización. Ahí comenzó otro camino, era tan bueno pescando que pronto se compró otra lancha y montó un pequeño negocio con la ayuda de sus hijos. Llegó a tener once barcos pesqueros y en su punto más alto, decidió venderle todo a la cooperativa.
―¡Negociazo! ―dice el viejo Naranjo con una sonrisa luego de cambiar el socialismo por el capitalismo.
Con el dinero obtenido, decidió hacerse de una flota de camiones refrigerantes para trasportar producto. Así, en pocos años logró tener el eslabón completo: pesca, almacenamiento, trasporte y venta de pescado a Guadalajara, Ciudad de México y Los Ángeles.
Con los cambios en la Constitución en lo referente a las tierras ejidales, Naranjo aprovechó y compró el terreno en donde había comenzado su cooperativa que poco a poco fue asfixiada por el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y se fue a la bancarrota.
El negocio particular de Naranjo, se lo heredó a sus hijos y él se retiró al vivir al terreno que había comprado y que era el mismo en que ahora estábamos sentados todos escuchando su plática.
Con la ayuda de cuatro muchachos fueron construyendo poco a poco las cabañas para los huéspedes. Para entonces, el tráiler park Naranjos contaba con diez palapas abiertas de $70 pesos la noche, y diez cabañas de $200 pesos, además de regaderas, baños, cancha de básquet y una iglesia cristiana cuyos feligreses pidieron permiso a Naranjo para construir en su terreno.
El gobierno solo le había puesto trabas y papeleo en eso del tráiler park, nunca le dieron un crédito ni apoyos. La construcción del camino que tanto nos hizo sufrir a mí y mis dos compañeros de viaje, se había obtenido gracias a un ingeniero que cuando estaban haciendo las obras de mantenimiento de la carretera federal nº 1, llegó a descansar a Playa Naranjos. Él y sus trabajadores no solo disfrutaban de la belleza de la playa, Naranjo les ofrecía y cocinaba exquisito pescado y jamás se los cobró. Ellos insistían en pagarle, pero Naranjo no lo permitía. Entonces, el ingeniero habló con Naranjo y le propuso que le hacía el camino para llegar a Playa Naranjos. Así, los trabajadores trabajaron de lunes a viernes en la carretera nº1 y los fines de semana se ocuparon del trazo de la brecha hacia Playa Naranjo. No lograron terminarlo es a vez, pero al año siguiente regresaron y lo concluyeron, pagando con creces toda la hospitalidad recibida.
El lugar quedó comunicado por tierra, pero no tenía luz eléctrica. Fue un ingeniero de Guaymas quien por un módico precio le ofreció a Naranjo la instalación de un sistema de electricidad a base de paneles solares. Eso fue en el año de 1991. Desde entonces, Naranjo se ha encargado de ampliar y mejorar el sistema de las celdas. Además, instaló un motor a gasolina de cuatro cilindros en V que alimenta un generador eléctrico.
En algún momento, Naranjo contrató el sistema de televisión por satélite, pero era tan malo el servicio que luego de cuatro meses decidió cancelarlo. Así, el único medio de comunicación era una radio de onda corta que captaba las estaciones de radio de todo el mundo, así no más. El agua llegaba en pipa, pero ese seguía siendo un problema pues duraba poco.
Naranjo entonces nos aseguró que en general toda la Baja era bastante tranquila. Solo había tenido dos problemas extraordinarios, el primero cuando un adicto le pidió trabajo y le dijo que estaba en rehabilitación. El hombre era de Guaymas y había vivido tranquilo con su esposa e hijos en ese puerto. Pero un día unos tipos le pidieron que llevara un cargamento de mariguana a Tijuana. El hombre aceptó y se llevó a su familia a manera de camuflaje. El asunto le salió bien, el paquete fue entregado en tiempo y forma y él recibió su jugosa paga. Y así comenzó a llevar cargamentos de droga a Tijuana o donde le dijeran. Solo que una vez, los que recibieron el cargamento no le pagaron la mercancía y le dijeron que no se opusiera o lo mataban. El tipo, completamente muerto del susto no regresó a Guaymas, sabía que no podía regresar sin el dinero pues lo matarían. Así, decidió huir a Ensenada abandonando a su familia. Intentó cruzar a Estados Unidos de manera ilegal pero fracasó. En su desesperación se refugió en la bebida y pronto, debido a su experiencia previa, se pasó a los otros estimulantes no legales. Llegó vagando hasta Mulegé pues ahí vivía una hermana suya. Se enteró ahí que a su esposa la habían metido a la cárcel por tráfico de drogas y que ahora trabajaba en el campo para mantener a sus hijos, que eran también los hijos de él. Agobiado, destruido por la culpa, decidió ingresar al centro de rehabilitación de once pasos en Mulegé. De buena fe, Naranjo tenía un acuerdo con el centro de rehabilitación que consistía en darle trabajo a los rehabilitados. De esa forma, el hombre llegó a Playa Naranjo, se ganó la confianza del otrora pescador y realizaba de manera eficiente todas las tareas que se le encomendaban. Luego de varios meses de armonía, el hombre le pidió un favor a Naranjo: cada tarde, el centro de rehabilitación mandaba una camioneta para regresar a los adictos al centro luego de trabajar en el tráiler park, el hombre le pidió a Naranjo que esa noche no lo entregara pues tenía pensado fugarse. Decía que quería regresar a Sinaloa para recuperar a su familia, pero Naranjo no aceptó. El hombre insistió cada día por esa oportunidad.
―Escúchame bien, cabrón ―le dijo Naranjo ―, te voy a ayudar pero si me entero de que te tiras al vicio yo mismo te atrapo y te entrego. Por mi te vas a la cárcel.
La fuga se dio al fin uno de esos días. Durante varios meses, Naranjo no tuvo razón del desgraciado adicto hasta que una vez un conocido que tenía en Guaymas le contó que la persona a la que había ayudado había regresado con su familia y ahí la iba pasando. Desde entonces, Naranjo siguió recibiendo noticias de aquella mula del narco que lo había perdido todo y que ahora recuperaba, paso a paso, una vida normal.
La segunda historia también fue interesante. Una vez unos pandilleros llegaron de Tijuana a Playa Naranjo, preguntaron si podían usar los baños y regaderas, Naranjo les dijo que por diez pesos podían usarlos. Ese día pagaron. Al otro día volvieron pero ya no pagaron. Al tercer día no solo no pagaron sino que se subieron al techo de los baños a beber cerveza y Naranjo se molestó.
―Bájenos de aquí, pinche viejo ―le respondieron los pandilleros.
Naranjo regresó a la oficina, cargó su escopeta y a punta de fusil los bajó. Los pandilleros huyeron en sus automóviles a toda carrera.
Al otro día regresaron, lo que son las cosas, trayendo consigo a una patrulla de la policía judicial. Para sorpresa de los pobres pandilleros, el comandante de la patrulla, tan solo vio a Naranjo, se acercó a saludarlo y abrazarlo efusivamente, eran compadres. Los niños de Tijuana terminaron pagando lo que debían.
A veces, no eran los criminales el problema, era la policía y no siempre eran compadres de Naranjo. Una vez llegaron unos judiciales y utilizaron la palapa. Cuando se iban, le dijeron a uno de los empleados de Naranjo que no iban a pagar ni un centavo. El trabajador, por miedo, no dijo nada a su jefe. Al día siguiente regresaron los judiciales y Naranjo mismo se acercó hasta ellos. Eran dos hombres y sus parejas, dos mujeres que Naranjo describió como esculturales. Al pedirles la cuota, los policías no solo le dijeron que no le iban a pagar sino que además lo insultaron.
―Chinga tu madre ―respondió Naranjo a los uniformados ―, esta palapa no se construyó sola, mi trabajo me costó y tienes que pagar por usarla. Vienes de pinche grosero y yo te había hablado amable. Tú estás aquí para servirme, eres servidor público, yo pago mis impuestos y tu sueldo.
Los de charola se molestaron todavía más pero increíblemente, a pesar de que tenían sus armas de cargo, terminaron pagando a un asustado Naranjo. Todos nos quedamos con la interrogante en la garganta acerca del desenlace de la historia. Naranjo lo explicó a su manera:
―Perro que ladra, no muerde.
La media noche pasó y seguimos escuchando a Naranjo que lo mismo opina del bloqueo a Cuba que de la nefasta programación de la televisión por cable. Se indignaba por las falsas promesas al campo y la demagogia del presidente Vicente Fox. Hablamos de historia y luego de literatura, y todas sus referencias, sobre cualquier tema, se dirigían hacía la pesca. Nos explicaba su pensamiento en una frase:
―Hoy por ti, mañana por mí.
Casi a las dos de la mañana el cansancio nos venció. Me quedé con la idea de que Playa Naranjo era un oasis en la Baja California, no uno del tipo de ojo de agua y vegetación, sino uno ideológico, de ideas y de integridad, un oasis de todo México. Parafraseando a Las Sergas de Espladián, tierra de “valiente espíritu y gran fortaleza”.

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