jueves, 27 de septiembre de 2018

V


El domingo 20 de junio del 2004, pocos minutos después de las seis de la mañana, abrí los ojos todavía recostada sobre la banca de madera de la cubierta superior a estribor del Vallarta. La primera cosa que observé fue la silueta del territorio de la Baja sobre el horizonte. En el cielo había algunas nubes cirrus y algunos estratos. En el cenit el cielo tenía un tono azul pálido y cerca del contorno de las montañas de la Isla Espíritu Santo el amanecer pintaba aquello con el color del fuego. Como espejo, el agua del mar repetía lo que ocurría en el cielo y le daba movimiento con el vaivén de sus olas de mar calmo. Conforme el sol fue apareciendo en su disco completo aquello se incendió más y más. Finalmente el sol estuvo tan alto que el día aclaró y la gente se arremolinó de nuevo sobre la cubierta de la popa disfrutando calmadamente, con una taza de café en mano o simplemente con los codos apoyados sobre la baranda del barco, de la vista de la estela de espuma sobre el mar que iba dejando a su paso el Vallarta. La claridad y la mayor cercanía al continente también nos permitió corroborar lo que mis compañeros de viaje y yo habíamos leído los meses previos en las fuentes bibliográficas en las que habíamos basado nuestra investigación para la práctica: todo es seco.
Y dónde están, dónde están, los que dijeron que no se iba a lograr”.
Antes de llegar al puerto de Pichilingue, Sandra y Efraín me convencieron de subir hasta la cubierta más cercana al puente de mando del Vallarta. Ahí, una torre de comunicaciones coronaba la parte más alta del barco acompañada de una veleta. Fue el mismo capitán del barco quién nos invitó a pasar al interior del puente de mando en donde lo acompañaban, además del timonero, dos oficiales más de cabina. El máximo responsable del Vallarta era un hombre maduro, con grado de ingeniero geógrafo por la Escuela Naval Militar. Sin duda, el que nos hubiera invitado al puente de mando con entusiasmo tenía que ver con que éramos estudiantes de geografía. Con calma, el capitán nos explicó el funcionamiento del timón, del faximetro y del sonar. También nos habló sobre la época en que la información naval del área era poca y cómo con esos pocos recursos tenía que vérselas con los huracanes y tormentas; estas crisis le llegaron a ocurrir con pasajeros a bordo. Cuando la situación era muy grave, optaba por refugiarse cerca de las Islas Marías, famosas por ser la penitenciaría más cruel en México durante la segunda mitad del siglo XX. A veces también optaba por regresar al puerto de Mazatlán. Antes de la era de los ferris y trasbordadores, el traslado de personas y mercancías de la península hacia el continente o viceversa se realizaba en embarcaciones pequeñas, fue el 9 de noviembre de 1964 que se realizó el primer viaje en ferri desde Mazatlán a La Paz, y hasta 1989 la administración y operación de dichos transportes estuvo a cargo de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT). El capitán ya tenía nave desde aquellos tiempos. Además del Vallarta, llegó a haber otros barcos en operación: el La Paz, el Gustavo Díaz Ordaz, el Benito Juárez, el Guaycura, el Coromuel, el Mazatlán, el Azteca, y el Loreto. Nos aclara el motivo del nombre de su nave, el Vallarta, sucede que años atrás, ese barco hacía el recorrido a La Paz desde Puerto Vallarta y no desde Mazatlán, pero años después la ruta desde Vallarta fue cerrada. Nuestra nave, el Vallarta había sido botada en 1974 y en sus pasillos, cubiertas y camarotes se podía percibir el estilo de aquellos años. También nos contó que el puerto de Pichilingue se construyó exprofeso en 1964 para recibir a los ferris y que antes las embarcaciones arribaban al puerto fiscal de La Paz. Una de las razones del éxito durante los 60 y 70 del tráfico marítimo entre la península y el continente, era que el territorio de Baja California era “zona libre” (compra-venta de mercancías sin cargo de aranceles), por lo tanto, La Paz recibía más comerciantes de fayuca que turistas en ese entonces. En 1982 eso de la zona libre se acabó y el tráfico declinó. En 1989 se concesionó a una empresa privada el manejo del mismo y para el año 2003 ya solo quedaban dos barcos cubriendo la ruta desde Mazatlán, uno era nuestro Vallarta y el otro era el Coromuel (hablaré de esa nave en el segundo viaje en otro libro). Además de la eliminación de la “zona libre”, las bajas tarifas de las aerolíneas durante la década de los 90 y 2000 concurrieron para apuntalar la decadencia del trayecto por mar a la península.
Desde el puente y mirando hacía la proa del barco, observamos algunos delfines que acompañan al barco y parecían darnos la bienvenida.
Junto a nosotros tres, se unió en el puente de mando otra pasajera, no era geógrafa ni estudiante, otras personas querían también ver de cerca el puente de mando. Yo por mi parte, fui feliz observando la brújula del barco, era hermosa.
En punto de las 9:53 de la mañana el Vallarta tocó puerto. Por fin, después de meses de planeación estábamos en la Península de Baja California, la península más extraordinaria de la tierra junto con la de Kamchatka como dice Weber Johnson (1972). Las agaváceas y el matorral sarcocaule se desarrollaban en sus laderas de pasado ígneo intrusivo. El aire era seco, sabía seco. La literatura se confirmó y eso nos hizo sentirnos dichosos, leer y corroborar lo que se lee es un privilegio para cualquier geógrafo.
En el puerto de Pichilingue, durante el desembarco, nos encontramos a otros aventureros, un chico y una chica. Él era fotógrafo y vendía su trabajo a revistas y publicaciones de turismo. Ella era italiana y la barrera del idioma no nos permitió saber mucho más. Llevan un mes y medio viajando juntos. Salieron de Mérida, Yucatán, y habían pasado por Cancún, Chetumal, Coatzacoalcos, Ciudad de México y Guadalajara. Nos presumieron ser maestros en el viaje en modalidad de “aventón”, “ray” o mayormente conocido como “de dedo”. Esto es, pararse en una carretera y con la seña universal del pulgar levantado (de ahí lo “dedo”) pedir a los automovilistas transporte gratuito hasta donde el conductor del vehículo disponga o los itinerarios de ambas partes se separen. Así, estos dos jóvenes decían haber llegado de esa forma desde Guadalajara sin pagar ni un solo peso.
En la aduana presentamos nuestras mochilas y su contenido. La temperatura iba en aumento y la explanada de pavimento que es el puerto de Pichilingue, sin ningún árbol o palmera, no ayudaba a amainar la sensación de bochorno.
Liberados por los aduaneros, nos vimos involucrados en la primera decisión importante del viaje: continuar como los chicos que piden aventón o hacer como la gente decente y pagar un taxi hacia La Paz. Así, en una Tsuru vagoneta nos acomodamos no solo nosotros tres sino también los chicos del aventón (parecía que no eran tan hábiles) y el taxista nos cobró $30 pesos por persona hasta La Paz.
Desde la carretera, que era de esas sencillas de dos carriles, la Baja ya cautivaba. Vimos desde la ventanilla del taxi el azul turquesa del mar cerca del litoral y tonos más oscuros mar adentro. Ninguno de nosotros jamás habíamos visto un paisaje como ese, sin duda nuestra imaginación y expectativas habían sido superadas.
La ciudad de La Paz, el Puerto de Santa Cruz de la Mar del Sur, no era ostentosa ni soberbia, al contrario, se percibía sencilla, tranquila, limpia y ordenada. Muy bella a su manera era esa ciudad. No había grandes edificios aunque ya se asoman entre sus calles varios centros comerciales. La mayoría de las calles estaban pavimentadas con concreto y solo unas pocas con asfalto. No podía dejar de preguntarme como había sido aquella bahía sin malecón, solo la arena, las rocas y las ostras perlíferas, y Cortés, frustrado por su colonia que no tenía ni oro ni amazonas. En un pasado más reciente, todavía quedaba con su brazo de concreto sobre el mar el relicto de lo que había sido el muelle fiscal de la ciudad, donde antes de Pichilingue llegaban las embarcaciones con la vida misma que eran los víveres a la ciudad. 
De donde nos dejó el taxi tomamos un pequeño autobús para movernos en busca de un centro comercial, un Soriana, que nos había  indicado la gente, era un buen sitio para pedir el “aventón”. Antes, caminamos un poco por el centro de la ciudad y echamos un pequeño vistazo a la catedral de la ciudad que era también sobria. Pasamos a hacer unas compras, pero no al Soriana sino a un supermercado “Ley”. La temperatura ambiente del mediodía ya era insoportable y el aire acondicionado del supermercado era un auténtico respiro.
Ya en el cruce de caminos delante del Soriana, nos pusimos a pedir el “ray” los cinco viajeros, y no nos dieron. Un hombre que vendía camarones y almejas desde su camioneta nos recomendó mejor ir hacia la terminal de autobuses que no estaba muy lejana ―sean sensatos, chicos, por favor ―, parecía decirnos de manera amable el vendedor de almejas. Hasta la terminal eran solo unos minutos caminando. Pero el joven fotógrafo siguió insistiendo en su intento de demostrar que si era un experto en pedir “ray” y lo único que consiguió fue que el conductor de un camión de esos que surten gas estacionario y que llevan un gran tanque en su parte trasera, se burlara de él ofreciéndole llevarlo hasta la próxima casa que debía surtir de gas. El desquitó su frustración con nosotros: ―bueno, es que nadie le va a dar ray a cinco personas ―dijo. Pero al fin y al cabo, tenía razón, aquello era una locura y solo estábamos haciendo el ridículo.
Decidimos entonces ir hacía la terminal de autobuses alternativa sobre el camino que va rumbo al poblado de Todos Santos. En lugar de caminar preferimos tomar otro de esos pequeños camiones del transporte público pues nuestras mochilas, que eran pesadas, minaban el ánimo de cualquier desplazamiento que incluyera caminar.
La terminal era pequeña y estaba a un costado de la avenida de cuatro carriles a la entrada de la ciudad de la Paz por el sur. Ahí se desató el debate pues la italiana y el fotógrafo querían ir hacia Todos Santos y yo prefería mantenerme lo más fiel posible al trayecto que originalmente se había planteado para la práctica de campo (aunque este viaje ya no tenía ninguna implicación académica). Sandra quería también ir rumbo a Todos Santos. Efraín permanecía neutral y trataba de obtener toda la información posible acerca de las posibles rutas y sus precios con la empleada del mostrador de la estación. Luego de un intento más de “ray” fallido por parte del joven fotógrafo, al fin se dio por vencido y, no sin cierta vergüenza, compró un boleto junto a la italiana para viajar a Todos Santos. Nosotros los vimos partir pues logré convencer a mis compañeros de seguir la ruta de Los Barriles que era la de la práctica. En ese momento no creí que fuera la última vez que veríamos al fotógrafo y a la italiana, realmente creía que en algún otro punto del camino nos toparíamos de nuevo y así lo escribí en mi diario de notas mientras esperábamos el camión rumbo a Los Barriles. También escribí que esperaba hacer alguna vez un viaje a dedo, a pesar de que estos dos chicos no habían sido el mejor ejemplo de éxito.
Por la carretera federal nº 1 emprendimos el trayecto a Los Cabos. El matorral desértico era lo único que se observaba a ambos costados a través de las ventanas del camión. Este tipo de vegetación era interrumpido a las afueras de la ciudad de La Paz por lamentables extensiones de casas tipo Geo, de esas todas iguales y miserables. El solo pensar que serían habitadas alguna vez me causaba escalofríos, su diseño no podía ser peor para las condiciones climáticas de la zona.
Pasamos la desviación a Todos Santos y continuamos rumbo a la Sierra La Laguna que se alzaba espectacular ante nuestros ojos. Las rectas interminables de la carretera se transformaron en curvas sinuosas y cerradas. Los órganos, ocotillo y “viejitos” poco a poco fueron desplazados del paisaje por el bosque de acacias y las condiciones de la selva baja. Llegamos a El Triunfo, población que era minera y que hoy apenas si tiene habitantes. La torre de chimenea que antes pertenecía a la mina, aún hoy se levantaba ahumada por el hollín de la actividad industrial del siglo XIX. El pueblito tenía su encanto pero lo pasamos rápido y pronto se perdió entre la sierra.
A siete kilómetros de El Triunfo, estaba San Antonio, población de corte similar a El Triunfo y que alguna vez fue la capital del territorio (1828). Ahora era una población ganadera y atrás habían quedado sus tiempos mineros. Tenía menos encanto pero más habitantes, daban ganas de quedarse pero no podíamos pues éramos esclavos del autobús de línea.
La carretera cruzaba la sierra, literalmente la partía en dos y comenzó a descender de esta por el valle de un río que en ese momento lucía completamente seco. La llanura de inundación de este río era basta y evidenciaba el moustro que debía ser esa corriente de agua en tiempo de huracán.
Llegamos a San Bartolo que estaba sobre la terraza del río que llevaba el mismo nombre. Aquí el paisaje era más verde, con árboles frondosos y palmas que adornaban la pequeña localidad que daba la impresión de ser un pequeño oasis en el desierto. Fuera de San Bartolo, el bosque de cardones con sus troncos cortos y las columnas acanaladas y espinosas que emergen de estos, volvía a parecer interminable.
Desde la sierra se observaba la bastedad del valle de Los Planes, sin embargo la carretera no nos haría transitar por ahí pues se desviaba rumbo a Los Barriles. Y es ahí, en Los Barriles, en donde nos bajamos del camión.
Los Barriles era un pueblo de cerca de trescientos habitantes en aquel entonces. La población estaba conformada por pocos mexicanos pues los extranjeros eran tres veces más numerosos. Su playa era extensa y conformaba la bahía de Las Palmas en donde más al sur estaba la localidad de Buena Vista. Los Barriles ya no era para nada un pueblo pesquero, había hoteles, casas de descanso ostentosas y un tráiler park. Casi todos los señalamientos estaban escritos en idioma inglés. El agua de la bahía estaba saturada de pequeños botes para la pesca deportiva y esto la hacía parecer un gran estacionamiento marítimo. La playa, más que emocionar nuestro ánimo lo minó, no era lo que esperábamos, ese lugar de la tierra parecía más una víctima de secuestro territorial que otra cosa. Sobre la arena de la playa estaban todavía marcadas las huellas de las cuatrimotos que parecían correr en gran número por esa enorme extensión de arena gruesa y abrasiva. Supusimos que existía el riesgo de que si plantábamos nuestro campamento sobre la playa alguna de esas cuatrimotos podía golpearnos por accidente durante la noche. De esa forma, cansados, buscamos un lugar dónde pagar por acampar. Encontramos un tráiler park en donde nos cobraron $130 por un lote. Éramos los únicos usuarios del lugar acampando en tienda de campaña, el resto de los clientes aprovechaban los lotes como estacionamiento para sus casas rodantes y sus camionetas de seis cilindros de carrocería alta y llantas anchas.
La casa de campaña nos la había prestado la compañera Sarai, otra estudiante de la clase de f************ que había asistido a otras prácticas como la de Chiapas. La casa era de varillas flexibles, con espacio para cuatro personas, y quedó instalada rápidamente, protegida del sol por la sombra de un gran árbol.
Aún había luz de día y en lugar de comer y saciar nuestra hambre decidimos ir a nadar al mar. El agua era cálida, el tiempo soleado y no teníamos más responsabilidad que el disfrute. En el cielo había algunas nubes altas que no amenazaban con lluvia. La Ciudad de México estaba tan lejos… Durante ese instante en que disfruté nadar en el mar pensé en que todo era como debería ser siempre toda la vida.
Cuando regresamos al campamento nos quitamos la sal del mar con una ducha en las regaderas del tráiler-park. Estas instalaciones estaban impecables y durante la cena hablamos acerca de que habíamos hecho buen negocio por una noche en ese lugar. Lavamos algo de ropa y los trastes de la cena que incluían una sartén que me había prestado mi madre con la específica advertencia de no rayas el teflón. Yo le indiqué a Sandra que en el cuidado de esa sartén estaba depositada la buena relación que yo podía tener con mi madre en aquel entonces y tanto ella como Efraín cuidaron de lavar esa sartén con mucho cuidado.
Las estrellas explotaron en el cielo y aquello fue un espectáculo. Era irresistible volver a caminar sobre la playa con esa bóveda estrellada sobre nuestras cabezas. En el horizonte, muy allá en el mar abierto, se observaba una nube de tormenta con sus relámpagos, pero no nos preocupamos pues aquel drama de lluvia parecía estar muy lejos, y así fue, esa noche no llovió.
Dormir resultó un reto… hacía demasiado calor. Entre mis cosas yo llevaba un pequeño ventilador (por su aspecto curioso lo bautizamos como el R2-D2) que durante la noche trabajó al límite de sus fuerzas y logró apaciguar un poco el bochorno dentro de aquella tienda de campaña en donde dormían tres personas.

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