viernes, 28 de septiembre de 2018

VII


El plan de esa mañana en Todos Santos era salir rumbo a La Paz en camión de línea. Para ser sincera, Todos Santos había resultado una decepción, teníamos la idea de un pueblo de artistas, pobladores amables y noches de bohemia, si nos hubiésemos quedado más tiempo quizás habríamos logrado ver esas cosas detrás de su fachada de refugio para gringos jubilados.
El costo por persona del primer punto del plan fue de $80 pesos. Para entonces nos comenzamos a dar cuenta de que la compañía Águila era prácticamente la única que tenía corridas sobre la carretera federal nº 1, sus autobuses eran grandes, de casi diez metros de largo como el resto de los autobuses de línea del país, con capacidad para cuarenta y dos pasajeros y cajuela inferior para equipaje (ahí siempre colocábamos nuestras pesadas mochilas). Tenían amplias ventanas y la carrocería pintada de azul marino y vivos en blanco lo que les daba su aspecto inconfundible. Al subir al autobús te parecía que accedías a la zona templada del mundo debido a la frescura del aire acondicionado, pero luego de unos minutos, aquello parecía el expreso polar.
El autobús de Todos Santos a La Paz nos dejó exactamente en la misma estación de carretera en la que habíamos tomado el primer autobús rumbo a Los Barriles, pero ahí nos informaron que no salían corridas de esa estación rumbo al norte. Así, tuvimos que desplazarnos hasta la terminal principal de la ciudad. En ese trayecto, a bordo de uno de los pequeños autobuses urbanos, con nuestras pesadas mochilas a cuestas,  ocurrió nuevamente una discusión entre nosotros. Yo les propuse que lo mejor sería separarnos y es qué Efraín nos informó que, aunque él era quien tenía el mayor presupuesto, también era quien tenía menos tiempo de los tres, debía regresar en una fecha establecida a Ciudad de México. Por mi parte, yo tenía mucho menos presupuesto pero toda la vida para viajar. Sandra se dio cuenta de la contradicción y trató de proponer soluciones que conciliarán. El acuerdo tomado en ese momento consistió en que nos separaríamos pero solo hasta el regreso. Así, para ese momento, yo solo pagué $100 del costo del boleto a Loreto y el resto lo pagó Efraín (el costo total entonces era de $221 pesos).
Al llegar a la estación central de autobuses de La Paz, se compraron los boletos rumbo a Loreto, pero el autobús no saldría sino hasta las 6:00 pm, lo que nos dejaba cuatro horas de espera. Nuevamente hacía mucho calor y la estación no tenía aire acondicionado. Comprar un botella pequeña de agua costaba diez pesos en la tiendita que había dentro de la terminal ($4 pesos más de lo que costaba fuera de la estación). Recorrer la ciudad con nuestras pesadas mochilas a la espalda no era una idea atractiva. Así, los tres nos sentamos en la sala de espera de la terminal de autobuses a soportar el calor de la tarde en La Paz, cada vez era más evidente que como mochileros éramos lamentables.
Era la segunda vez que nos encontrábamos en esa ciudad que tantas frustraciones le dejó al conquistador Cortés. De hecho, el nombre de La Paz no se lo debía al conquistador, sino a otro personaje que casi sesenta años después del fracaso de Cortés, en septiembre de 1596, llegó a la bahía y la rebautizó como La Paz. Ese español se llamaba Vizcaíno y en sus informes enviados al Virrey, decía que en esa bahía los naturales los habían recibido amablemente y en son de paz, por eso el nombre de La Paz. Los mismos indios les mostraron a los recién llegados, objetos de la antigua colonia fundada por Cortés como clavos, cerraduras y llaves de hierro, pero eso ya no hizo que el nombre regresa a Santa Cruz. Vizcaíno no tuvo mucho mejor suerte que la que tuvo Cortés en esa expedición, también pasó por varios infortunios que incluyeron la amenaza de piratas, escaramuzas con los naturales y tormentas en alta mar que costaron decenas vidas, todo lo describe detalladamente León Portilla (1995) en su obra. Vizcaíno también intentó refundar la colonia en La Paz, pero igual que Cortés, no pudo mantenerla. 
De regreso en el siglo XXI, habían pasado dos horas cuando Sandra recibió una llamada de Cristina, la cuarta del grupo que no había podido viajar por su examen que no pudo cancelar. Ella le informó a Sandra que la práctica había sido aprobada para realizarse en el mes de agosto durante el periodo de vacaciones en la Universidad. La noticia no nos dejó convencidos, no parecía que aquello pudiera ser realizable [no lo fue], muchos compañeros ya habían dedicado su verano a otras cosas para entonces, incluidos nosotros.
También durante la espera, nos reencontramos con un hombre que había viajado con nosotros la ruta Los Cabos-Todos Santos en el camión, pero en ese trayecto no nos habíamos hablado. Es en la espera que surgió la posibilidad de entablar conversación y nos dijo que había vivido en Cancún por varios años pero que por la edad ya no había podido conseguir trabajo y que por ello había comenzado la odisea hasta la península en su camino hasta Estados Unidos. Se trataba de un migrante, de uno de los millones que movidos por la necesidad se veían forzados a abandonar México en busca de un futuro mejor. Sandra y Efraín le regalaron una lata de atún y en ese momento nos contó acerca de cómo otras personas le habían regalado antes una caja con ropa. Recordamos que, en efecto, él llevaba una caja durante el trayecto Los Cabos-Todos Santos. Él cuenta que no quería la ropa y al final terminó también regalándola, más que ayuda esa caja le había representado un estorbo para su objetivo de cruzar al otro lado. No supimos más de ese hombre, solo podía desear que lograra su objetivo.
A las 6:00 de la tarde en punto abordamos el Águila que nos llevaría a Loreto. En el tramo de La Paz a Pocitas, la carretera ofreció el desierto como espectáculo a nuestros ojos. Las Pocitas era una localidad en el medio de la nada y tal vez eso era su único atractivo, suficiente para despertar la imaginación y las ganas de quedarse y ver cómo es la vida en ese lugar olvidado por el universo. Tenía el aspecto de un pueblo fantasma de película rodeado por el bosque de cactus y arbustos que desafiaban a la lógica de la supervivencia. La erosión del suelo casi desnudo era capital ahí, dejando sobre la superficie una fina capa de arena blanquísima. Un restaurante representaba la única prueba de vida humana en ese lugar al que ya solo le faltaba como marco alguna pieza musical tipo western compuesta por Ennio Morricone.
El camino continuó y me tocó el privilegio de ocupar el asiento de primera fila en el Águila, por lo que pude ver el atardecer de frente. La carretera era una recta interminable sobre un relieve completamente llano, salvo por los baches del camino.
Cuando el ocaso estaba en su punto, llegamos a Santa Rita, otra aldea solitaria como Las Pocitas y que tenía una pintoresca capilla que en su fachada llevaba escrita en letras grandes la frase: Ruega por nosotros. Y esa petición parecía obvia en un lugar en donde pueden pasar años sin llover. Casi nadie subió al camión en esa parada, pero absolutamente nadie bajó. Además, desde la carretera se lograba ver el armazón de concreto de una gasolinera ejidal fallida, construida a la par de la carretera federal nº1 en al año de 1973, a un costado también había el cascarón de un edificio abandonado que seguramente era el comedor o parador de esa gasolinera que no sobrevivió al desierto.
El día martes se nos fue muriendo entre el despoblado, el cielo sin nubes y el horizonte sin montañas. Durante la madrugada nos despertó la escala que hizo el camión en Ciudad Constitución y luego en Ciudad Insurgentes, dos ciudades que al menos a la noche nos parecieron hermanas gemelas. Ahí la temperatura durante la noche era fría. Incluso vimos juníperos y abetos en las áreas verdes de los camellones de estas ciudades. Por sus calles se apreciaban varios comercios y hasta había un letrero anunciando un lugar para acampar o tráiler park.
El camino recto y sin curvas se terminó al entrar a la sierra de La Giganta, el espinazo de la península de Baja California en su parte sur. Las montañas de esta sierra se levantaban abruptamente y casi de manera vertical sobre el inmenso abanico aluvial que se tendía sobre el llano del desierto. Aquí, a pesar del cambio de relieve, la regla era la misma: siempre menos de 250 milímetros de lluvia al año.

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