El plan de esa mañana en Todos Santos era salir rumbo a La Paz en camión de
línea. Para ser sincera, Todos Santos había resultado una decepción, teníamos
la idea de un pueblo de artistas, pobladores amables y noches de bohemia, si
nos hubiésemos quedado más tiempo quizás habríamos logrado ver esas cosas detrás
de su fachada de refugio para gringos jubilados.
El costo por persona del primer punto del plan fue de $80 pesos. Para
entonces nos comenzamos a dar cuenta de que la compañía Águila era
prácticamente la única que tenía corridas sobre la carretera federal nº 1, sus
autobuses eran grandes, de casi diez metros de largo como el resto de los
autobuses de línea del país, con capacidad para cuarenta y dos pasajeros y
cajuela inferior para equipaje (ahí siempre colocábamos nuestras pesadas
mochilas). Tenían amplias ventanas y la carrocería pintada de azul marino y
vivos en blanco lo que les daba su aspecto inconfundible. Al subir al autobús
te parecía que accedías a la zona templada del mundo debido a la frescura del
aire acondicionado, pero luego de unos minutos, aquello parecía el expreso
polar.
El autobús de Todos Santos a La Paz nos dejó exactamente en la misma
estación de carretera en la que habíamos tomado el primer autobús rumbo a Los
Barriles, pero ahí nos informaron que no salían corridas de esa estación rumbo
al norte. Así, tuvimos que desplazarnos hasta la terminal principal de la
ciudad. En ese trayecto, a bordo de uno de los pequeños autobuses urbanos, con
nuestras pesadas mochilas a cuestas,
ocurrió nuevamente una discusión entre nosotros. Yo les propuse que lo
mejor sería separarnos y es qué Efraín nos informó que, aunque él era quien
tenía el mayor presupuesto, también era quien tenía menos tiempo de los tres,
debía regresar en una fecha establecida a Ciudad de México. Por mi parte, yo
tenía mucho menos presupuesto pero toda la vida para viajar. Sandra se dio
cuenta de la contradicción y trató de proponer soluciones que conciliarán. El
acuerdo tomado en ese momento consistió en que nos separaríamos pero solo hasta
el regreso. Así, para ese momento, yo solo pagué $100 del costo del boleto a
Loreto y el resto lo pagó Efraín (el costo total entonces era de $221 pesos).
Al llegar a la estación central de autobuses de La Paz, se compraron los
boletos rumbo a Loreto, pero el autobús no saldría sino hasta las 6:00 pm, lo
que nos dejaba cuatro horas de espera. Nuevamente hacía mucho calor y la
estación no tenía aire acondicionado. Comprar un botella pequeña de agua
costaba diez pesos en la tiendita que había dentro de la terminal ($4 pesos más
de lo que costaba fuera de la estación). Recorrer la ciudad con nuestras
pesadas mochilas a la espalda no era una idea atractiva. Así, los tres nos
sentamos en la sala de espera de la terminal de autobuses a soportar el calor
de la tarde en La Paz, cada vez era más evidente que como mochileros éramos
lamentables.
Era la segunda vez que nos encontrábamos en esa ciudad que tantas
frustraciones le dejó al conquistador Cortés. De hecho, el nombre de La Paz no
se lo debía al conquistador, sino a otro personaje que casi sesenta años
después del fracaso de Cortés, en septiembre de 1596, llegó a la bahía y la
rebautizó como La Paz. Ese español se llamaba Vizcaíno y en sus informes
enviados al Virrey, decía que en esa bahía los naturales los habían recibido
amablemente y en son de paz, por eso el nombre de La Paz. Los mismos indios les
mostraron a los recién llegados, objetos de la antigua colonia fundada por
Cortés como clavos, cerraduras y llaves de hierro, pero eso ya no hizo que el
nombre regresa a Santa Cruz. Vizcaíno no tuvo mucho mejor suerte que la que
tuvo Cortés en esa expedición, también pasó por varios infortunios que
incluyeron la amenaza de piratas, escaramuzas con los naturales y tormentas en
alta mar que costaron decenas vidas, todo lo describe detalladamente León Portilla
(1995) en su obra. Vizcaíno también intentó refundar la colonia en La Paz, pero
igual que Cortés, no pudo mantenerla.
De regreso en el siglo XXI, habían pasado dos horas cuando Sandra recibió
una llamada de Cristina, la cuarta del grupo que no había podido viajar por su
examen que no pudo cancelar. Ella le informó a Sandra que la práctica había
sido aprobada para realizarse en el mes de agosto durante el periodo de
vacaciones en la Universidad. La noticia no nos dejó convencidos, no parecía
que aquello pudiera ser realizable [no lo fue], muchos compañeros ya habían
dedicado su verano a otras cosas para entonces, incluidos nosotros.
También durante la espera, nos reencontramos con un hombre que había
viajado con nosotros la ruta Los Cabos-Todos Santos en el camión, pero en ese
trayecto no nos habíamos hablado. Es en la espera que surgió la posibilidad de
entablar conversación y nos dijo que había vivido en Cancún por varios años
pero que por la edad ya no había podido conseguir trabajo y que por ello había
comenzado la odisea hasta la península en su camino hasta Estados Unidos. Se
trataba de un migrante, de uno de los millones que movidos por la necesidad se
veían forzados a abandonar México en busca de un futuro mejor. Sandra y Efraín
le regalaron una lata de atún y en ese momento nos contó acerca de cómo otras
personas le habían regalado antes una caja con ropa. Recordamos que, en efecto,
él llevaba una caja durante el trayecto Los Cabos-Todos Santos. Él cuenta que
no quería la ropa y al final terminó también regalándola, más que ayuda esa
caja le había representado un estorbo para su objetivo de cruzar al otro lado.
No supimos más de ese hombre, solo podía desear que lograra su objetivo.
A las 6:00 de la tarde en punto abordamos el Águila que nos llevaría a
Loreto. En el tramo de La Paz a Pocitas, la carretera ofreció el desierto como
espectáculo a nuestros ojos. Las Pocitas era una localidad en el medio de la
nada y tal vez eso era su único atractivo, suficiente para despertar la
imaginación y las ganas de quedarse y ver cómo es la vida en ese lugar olvidado
por el universo. Tenía el aspecto de un pueblo fantasma de película rodeado por
el bosque de cactus y arbustos que desafiaban a la lógica de la supervivencia.
La erosión del suelo casi desnudo era capital ahí, dejando sobre la superficie
una fina capa de arena blanquísima. Un restaurante representaba la única prueba
de vida humana en ese lugar al que ya solo le faltaba como marco alguna pieza
musical tipo western compuesta por Ennio Morricone.
El camino continuó y me tocó el privilegio de ocupar el asiento de primera
fila en el Águila, por lo que pude ver el atardecer de frente. La carretera era
una recta interminable sobre un relieve completamente llano, salvo por los
baches del camino.
Cuando el ocaso estaba en su punto, llegamos a Santa Rita, otra aldea
solitaria como Las Pocitas y que tenía una pintoresca capilla que en su fachada
llevaba escrita en letras grandes la frase: Ruega por nosotros. Y esa petición
parecía obvia en un lugar en donde pueden pasar años sin llover. Casi nadie
subió al camión en esa parada, pero absolutamente nadie bajó. Además, desde la
carretera se lograba ver el armazón de concreto de una gasolinera ejidal
fallida, construida a la par de la carretera federal nº1 en al año de 1973, a
un costado también había el cascarón de un edificio abandonado que seguramente
era el comedor o parador de esa gasolinera que no sobrevivió al desierto.
El día martes se nos fue muriendo entre el despoblado, el cielo sin nubes y
el horizonte sin montañas. Durante la madrugada nos despertó la escala que hizo
el camión en Ciudad Constitución y luego en Ciudad Insurgentes, dos ciudades
que al menos a la noche nos parecieron hermanas gemelas. Ahí la temperatura
durante la noche era fría. Incluso vimos juníperos y abetos en las áreas verdes
de los camellones de estas ciudades. Por sus calles se apreciaban varios
comercios y hasta había un letrero anunciando un lugar para acampar o tráiler
park.
El camino recto y sin curvas se terminó al entrar a la sierra de La
Giganta, el espinazo de la península de Baja California en su parte sur. Las
montañas de esta sierra se levantaban abruptamente y casi de manera vertical
sobre el inmenso abanico aluvial que se tendía sobre el llano del desierto.
Aquí, a pesar del cambio de relieve, la regla era la misma: siempre menos de
250 milímetros de lluvia al año.
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