Un grupo de compañeros comenzamos a planear nuestra propia jornada a la
Baja California casi desde el mismo momento en que el Profesor había dictado la
sentencia de cancelación de la práctica. Éramos al comienzo nueve, llegamos a
ser doce y un día antes de la partida éramos solo cuatro. Primero habíamos
pensado en realizar el viaje en un vehículo propio, luego cambiamos de idea cavilando
que lo mejor era rentar una camioneta; al final, la única opción viable era el
recorrido mediante autobús de línea.
Ya teníamos los boletos del ferri y sabíamos que lo que se avecinaba iba a
ser todo un episodio. El presupuesto estaba al límite del turismo en modo de
pobreza. Además, sabíamos que en la Baja el tiempo atmosférico sería de altas
temperaturas durante el día y casi cero grados por la noche.
Sí, señor, será una gran aventura. Quizás sufriremos un poco ―me advertía a
mí misma.
Los que me acompañaban eran gente de temple, lo habían resistido todo y
seguían; parecía que no tenían la intensión de detenerse en este viaje a la península.
De haber vivido en otra época habrían acompañado a Alejandro Magno, Cristóbal
Colón o Magallanes.
El primero era Efraín, el motivador. Era estudiante del décimo semestre de
Geografía, actividad estudiantil que combinaba con su oficio de cantinero o
barman. Tenía veintisiete años y recuerdo que durante el primer semestre de la
carrera había confesado que él no quería estudiar geografía sino biología, pero
en la Universidad la mayoría de las veces no le daban a uno lo que quería sino
lo que había. Como estudiante no era un genio pero era tenaz y cuando se
proponía algo solía lograrlo. No era tímido y tenía la cualidad, o defecto, de
decir lo que pensaba. A algunos compañeros en la facultad no les caía bien,
pero a él le importaba poco lo que opinaran los demás. De su vida fuera de las
aulas, además del asunto de su habilidad para preparar bebidas alcohólicas, yo solo
sabía que vivía con su madre en una modesta casa ubicada sobre las colinas
urbanizadas del occidente de la Ciudad de México. Decididamente a mí me parecía
un tipo honesto, cuya pasión era la geografía a la cuál le encontró el modo con
el paso del tiempo; con los años lo comprobaría, pues para mi fortuna trabajé
tiempo después junto a este personaje en la elaboración de libros de texto para
las escuelas. En aquel entonces, Efraín era un joven de complexión robusta,
calva afeitada y expresión seria. Sin duda no parecía un tipo amigable a
primera vista, tenías que tratarlo para encontrar al muchacho afable que
era.
Sandra era la segunda y era además pareja de Efraín en esos tiempos. Era un
año mayor que él, de tez morena clara, estatura media, andar ligero y cabello
largo, castaño claro y al viento. Al contrario de Efraín, su facilidad de
palabra y la belleza de su rostro se ganaban la confianza de casi todo el mundo
en la primera impresión. Una cosa que me fascinaba de ella era que sabía
apreciar el buen rock y el cine de Tarantino, era letrada en esas materias,
cuando hablabas con esta chica de esos temas era momento de aprender. Otra cosa
que a mi modo de ver la hacía diferente era que tenía fe, algo muy raro hoy en
día, pero no hablo de una fe irracional que espera que algún dios baje para
salvarnos, sino de fe en que las cosas que se hacen bien deben de salir bien.
En el viaje íbamos a necesitar de eso.
Si a Efraín le hablaba poco al inicio de la carrera, a Sandra solo la veía
pasar en los pasillos de la sobrepoblada Facultad, no nos dirigimos la palabra
en dos años. Solo hasta que compartimos más clases en los últimos semestres de
la carrera fue que comenzamos a conocernos. Así supe que tenía una familia
numerosa, muchos hermanos con los que vivía en un oasis residencial de una de
las delegaciones más conflictivas de la Ciudad de México: Iztapalapa. Desde muy
joven se las había tenido que ver de frente con la hermana muerte que se había
llevado de manera prematura a su padre. A veces, cuando me hablaba de su vida,
a mí me parecía que me estaban contando una película, quizás no de Tarantino,
pero no por ello menos sorprendente.
Cristina era la cuarta integrante del viaje. Ella y Sandra habían formado
parte de las cuatro estudiantes que se encargaron de la administración de
recursos de la práctica. Ese grupo, para entonces, ya era apodado “las Al Qaeda”
(el episodio del 11 de septiembre de 2001 estaba todavía muy fresco en la
memoria popular). Si el viaje a Chiapas había salido bien se debía en gran
parte a Cristina, ella era una excelente organizadora. Sin embargo, pocas horas
antes de la partida ella anunciaría su dimisión del viaje.
Probablemente tenía en sobrestima a mis compañeros de viaje.
―¿Qué pensaré al final del viaje acerca de ellos? ―me preguntaba.
Traté siempre de quedarme con lo bueno de las personas, por lo tanto estas
descripciones son extremadamente subjetivas, vienen más del sentir que del
analizar, así que podría escribir una lista de sus defectos y errores, pero si
me pidieran que describiera las cosas buenas de ellos escribiría mil libros.
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