jueves, 27 de septiembre de 2018

II


Un grupo de compañeros comenzamos a planear nuestra propia jornada a la Baja California casi desde el mismo momento en que el Profesor había dictado la sentencia de cancelación de la práctica. Éramos al comienzo nueve, llegamos a ser doce y un día antes de la partida éramos solo cuatro. Primero habíamos pensado en realizar el viaje en un vehículo propio, luego cambiamos de idea cavilando que lo mejor era rentar una camioneta; al final, la única opción viable era el recorrido mediante autobús de línea. 
Ya teníamos los boletos del ferri y sabíamos que lo que se avecinaba iba a ser todo un episodio. El presupuesto estaba al límite del turismo en modo de pobreza. Además, sabíamos que en la Baja el tiempo atmosférico sería de altas temperaturas durante el día y casi cero grados por la noche.
Sí, señor, será una gran aventura. Quizás sufriremos un poco ―me advertía a mí misma.
Los que me acompañaban eran gente de temple, lo habían resistido todo y seguían; parecía que no tenían la intensión de detenerse en este viaje a la península. De haber vivido en otra época habrían acompañado a Alejandro Magno, Cristóbal Colón o Magallanes.
El primero era Efraín, el motivador. Era estudiante del décimo semestre de Geografía, actividad estudiantil que combinaba con su oficio de cantinero o barman. Tenía veintisiete años y recuerdo que durante el primer semestre de la carrera había confesado que él no quería estudiar geografía sino biología, pero en la Universidad la mayoría de las veces no le daban a uno lo que quería sino lo que había. Como estudiante no era un genio pero era tenaz y cuando se proponía algo solía lograrlo. No era tímido y tenía la cualidad, o defecto, de decir lo que pensaba. A algunos compañeros en la facultad no les caía bien, pero a él le importaba poco lo que opinaran los demás. De su vida fuera de las aulas, además del asunto de su habilidad para preparar bebidas alcohólicas, yo solo sabía que vivía con su madre en una modesta casa ubicada sobre las colinas urbanizadas del occidente de la Ciudad de México. Decididamente a mí me parecía un tipo honesto, cuya pasión era la geografía a la cuál le encontró el modo con el paso del tiempo; con los años lo comprobaría, pues para mi fortuna trabajé tiempo después junto a este personaje en la elaboración de libros de texto para las escuelas. En aquel entonces, Efraín era un joven de complexión robusta, calva afeitada y expresión seria. Sin duda no parecía un tipo amigable a primera vista, tenías que tratarlo para encontrar al muchacho afable que era. 
Sandra era la segunda y era además pareja de Efraín en esos tiempos. Era un año mayor que él, de tez morena clara, estatura media, andar ligero y cabello largo, castaño claro y al viento. Al contrario de Efraín, su facilidad de palabra y la belleza de su rostro se ganaban la confianza de casi todo el mundo en la primera impresión. Una cosa que me fascinaba de ella era que sabía apreciar el buen rock y el cine de Tarantino, era letrada en esas materias, cuando hablabas con esta chica de esos temas era momento de aprender. Otra cosa que a mi modo de ver la hacía diferente era que tenía fe, algo muy raro hoy en día, pero no hablo de una fe irracional que espera que algún dios baje para salvarnos, sino de fe en que las cosas que se hacen bien deben de salir bien. En el viaje íbamos a necesitar de eso.
Si a Efraín le hablaba poco al inicio de la carrera, a Sandra solo la veía pasar en los pasillos de la sobrepoblada Facultad, no nos dirigimos la palabra en dos años. Solo hasta que compartimos más clases en los últimos semestres de la carrera fue que comenzamos a conocernos. Así supe que tenía una familia numerosa, muchos hermanos con los que vivía en un oasis residencial de una de las delegaciones más conflictivas de la Ciudad de México: Iztapalapa. Desde muy joven se las había tenido que ver de frente con la hermana muerte que se había llevado de manera prematura a su padre. A veces, cuando me hablaba de su vida, a mí me parecía que me estaban contando una película, quizás no de Tarantino, pero no por ello menos sorprendente. 
Cristina era la cuarta integrante del viaje. Ella y Sandra habían formado parte de las cuatro estudiantes que se encargaron de la administración de recursos de la práctica. Ese grupo, para entonces, ya era apodado “las Al Qaeda” (el episodio del 11 de septiembre de 2001 estaba todavía muy fresco en la memoria popular). Si el viaje a Chiapas había salido bien se debía en gran parte a Cristina, ella era una excelente organizadora. Sin embargo, pocas horas antes de la partida ella anunciaría su dimisión del viaje.
Probablemente tenía en sobrestima a mis compañeros de viaje.
―¿Qué pensaré al final del viaje acerca de ellos? ―me preguntaba.
Traté siempre de quedarme con lo bueno de las personas, por lo tanto estas descripciones son extremadamente subjetivas, vienen más del sentir que del analizar, así que podría escribir una lista de sus defectos y errores, pero si me pidieran que describiera las cosas buenas de ellos escribiría mil libros.

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