Era ya jueves 24 de junio del 2004. Por la mañana, después de un desayuno
ligero, Gabriel nos visitó y la charla se desató. La plática desembocó por
caminos inesperados y nos contó sobre el comercio de la droga en la Baja.
―Una vez ―dijo Gabriel ―yo y unos compas, encontramos flotando unos
paquetes de coca cerca del mar. A lo lejos no sabíamos qué eran. Nos subimos a
una lancha y nos acercamos. Cuando vimos que era… varios dijimos que no los
tocáramos, que los dejáramos ahí. ¡Pero mi hermano se tomó uno! Lo puso bien
escondido en la lancha. Llegado a tierra mis papás lo regañaron, pero él
encontró quién se la comprara y así pudo deshacerse de la cocaína. ¡Treinta mil
pesos le pagaron! Por eso quiso regresar, pero yo ya le dije que eso era muy
mala idea. Y lo agarré y encerré porque si no se iba en la lancha por otro de
esos paquetes.
La historia nos deja con la boca abierta, Gabriel no da la impresión de
tener más de treinta años de edad, así que ese pasaje de su juventud no debía
haber pasado hace mucho tiempo. Con menos emoción nos cuenta que incluso los
adictos en Loreto son tranquilos, que no pasa que se roben los focos de las
casas que luego utilizan para preparar la sustancia que se introducen con una
jeringa. Les quitan la parte de aluminio que se enrosca en el socket y sobre
esa parte de metal calientan, usando un encendedor nomás, el “chucky”, para que
“le salga la malicia”. Gabriel dice conocer el procedimiento debido a que su
cuñado era adicto y ha visto cómo lo hace. Luego se extiende en el asunto de la
droga que flota en el mar, nos dice que no es raro encontrar pangas solitarias
llenas de droga. El mismo se ha preguntado la razón de que las dejen así,
abandonadas, y se responde así mismo ―yo creo que se matan entre ellos mismos.
Bahía de los Ángeles es el centro de contacto, venta y compra de
estupefacientes según Gabriel. La droga se cultiva en la sierra, amapola o
mariguana, y pasarla por carretera implicaría librar los retenes, por eso
algunos elijen ir por mar. Y mientras Gabriel nos cuenta todo esto, yo lo miro
fascinada, pero la idea de que esas narraciones aumenten las precauciones de
Efraín y su desconfianza de todo, hacen que la fascinación se me escape del
alma. Para colmo, esa noche, en el noticiario de la radio, escuchamos que por
la carretera nº 1, un hombre había sido emparejado por otro automóvil sin
placas pero con los logotipos en las puertas del Ministerio Público. El hombre
no hizo caso de detenerse y aceleró, llegó a Ciudad Constitución y al día
siguiente por la mañana, mientras caminaba por la acera con su hijo de once
años, fue abordado por otros sujetos que le preguntaron por el precio de su
camioneta (al parecer la vendía). Entre esos sujetos, el hombre reconoció al
tipo que manejaba el automóvil sin placas que lo quiso detener el día anterior.
Los sujetos insistieron sobre el precio de la camioneta; el hombre, ya
completamente asustado, decidió echar a correr con su hijo, y una bala lo
alcanzó en la huida. El asesinato de ese hombre frente a su hijo había
ocasionado que por toda la carretera se instalarán retenes policiacos y debido
a eso, hasta ese momento en que se daba la noticia, cuatro narcotraficantes
habían sido detenidos o muertos, los habían tomado por sorpresa. Gabriel, sin
ninguna alarma nos comenta que “esas cosas pasan”, y menciona el corrido de “La
Suburban dorada” como si la narración del popular narco-corrido fuera cosa
normal. Posteriormente, concluye que no es nada para asustarse. En el 2004, la
Ciudad de México venía de dos décadas de ser una de las ciudades más peligrosas
del mundo, por ello esas cosas no debían asustar a tres jóvenes que venían de
ahí, el lugar donde más droga se movía en el país en aquel entonces, donde
diario había cinco o más casos similares al del hombre asesinado y miles de
robos a transeúnte o casa habitación. Yo pensaba ―bueno, si un narco nos da
“ray”, ¿qué?
Gabriel finalmente remató diciendo que en el pueblo ya todos sabían dónde
estaban las “tienditas” y no se refería a las de abarrotes.
La plática tomó otro giro cuando Gabriel nos contó sobre el único huésped
que en ese momento estaba alojado ahí en el tráiler park (además de
nosotros). Se trataba de un estadounidense, hombre blanco y maduro, de
complexión delgada. Tenía una casa rodante muy completa y una camioneta. Todo
parecía normal, pero Gabriel nos contó que el hombre, que no hablaba español ni
saludaba a nadie, llevaba un año alojado ahí. Además, había una mujer, un niño
y un perro que casi nunca salían de la casa rodante. Yo misma pude ver al niño
una vez y noté que su piel era blanquísima, su cabello era también blanco y
largo, no parecía tener más de seis años de edad. Gabriel entonces nos confió
su hipótesis: el tipo tenía secuestrada a la mujer y al niño. Sandra no se dejó
llevar por la exaltación de Gabriel y propuso explicaciones más simples como
que la señora estaba enferma, que quizás era además muy tímida y que no se
trataba de ninguna mujer secuestrada sino simplemente de la esposa. Y mientras
hablábamos de ella, observamos que alguien abrió la puerta de la casa rodante
de quien hablábamos y en medio de nuestro espanto la que apareció por la puerta
fue la mujer. Era también blanca, delgada pero de caderas anchas; salió y solo
lo hizo para darle algo de agua a las plantas que tenían en unas pequeñas
macetas contiguas a la casa rodante. Hecho eso, se volvió dentro de la casa.
Entonces Gabriel dijo como si hubiera visto un fantasma:
―Es la tercera vez que la veo en un año.
Yo me quedé pensando en que la
frecuencia con la que se le veía a esa mujer, era menor que la frecuencia con
la que se miraba a un berrendo.
Esa tarde, en punto de las dos treinta, salió nuestro camión a Mulegé. Con
las historias de narcos contadas por Gabriel, Efraín no quiso escuchar ni una
sola palabra acerca de pedir “ray”. Pero el sol de media tarde hizo que cediera
un poco; bueno, solo hasta la terminal de camiones. Así, una pobladora de Loreto
nos llevó hacia la terminal. En esos pocos minutos que duró el trayecto, la mujer
de cuerpo robusto nos contó que iba ir hasta La Paz solamente para pagar el
recibo de la luz. Eso es así porque era un recibo atrasado, pero aun así la
pena nos pareció excesiva.
La estación de camiones de Loreto era bastante rústica y no parecía ser
suficiente para un puerto que se decía turístico, pero era obvio, sus
visitantes arribaban por avión (había ya un aeropuerto) o en sus camionetas
cuatro por cuatro y casas rodantes, y solo los miserables como nosotros llegábamos
en un Águila.
El aire acondicionado del camión estaba a toda su potencia y aun así hacía
calor.
La Sierra de La Giganta se miraba desde la ventanilla del autobús y eran
notables las pedrizas producto del intemperismo que dibujaban patrones y
mosaicos sobre los cerros como si fueran los pliegues de una falda larga que
vestían esas moles de origen ígneo. Las peñas de roca compacta, con sus más de
ochenta millones de años a cuestas, también formaban siluetas que parecían
importadas de un mundo mágico. ¿Recuerdan el Monte Cervino o Matterhorn en los
Alpes Suizos? Hay miles de fotografías y pinturas sobre esa montaña de la que
llama la atención su forma, bueno, en ese trayecto a Mulegé, hubo varias
montañas con esa forma de cuña, aunque ambos sistemas montañosos se desarrollan
en ambientes completamente diferentes y tienen orígenes geológicos distintos.
La Bahía de Concepción se asomaba por el otro lado de la carretera con su
mar azul celeste casi tanto como el azul del cielo. Podía imaginarme a la
goleta del padre Salvatierra explorando la bahía, pero la realidad me
presentaba a los turistas extranjeros con sus pieles pálidas disfrutando de
nuestras playas como si fueran, por derecho, suyas. En estas playas pedregosas
había varios lugares perfectos para acampar, pero nuestro boleto era hasta el
puerto de Mulegé.
Los trayectos largos en los camiones del Águila yo los aprovechaba para
dormir, mis compañeros también aunque al siempre sentarse juntos y no a lado de
un extraño, podían ocuparse en otras cosas. A veces volteaba a verlos y ahí
estaban, dormitando en sus asientos con la vida por delante. Sandra llevaba audífonos
y escuchaba mucha música perteneciente al post punk y al grunge que nos
había criado en los noventa. Ella también llevaba un cuaderno en donde apuntaba
cosas del viaje [tiró esas notas a la basura años después y no pudieron ser
usadas para conformar esta crónica] y también hablaba con Efraín durante largo
tiempo acerca del viaje, de las futuras excursiones que Efraín tenía planeadas
y de las circunstancias particulares que vivía esa joven pareja en la Ciudad de
México.
Mulegé tenía mucho más color verde que cualquier otro lugar que habíamos
visitado hasta ese momento. Las palmas datileras abundaban, además de árboles
frutales y cocoteros. El pequeño río, que parecía un río gigante comparado con
el resto de lo que habíamos visto en la Baja, era la causa de ese verdor. Así,
esa parte del mundo parecía más cercana a la selva de Chiapas que al desierto
de la Baja, así son los oasis. La temperatura cercana a los cuarenta grados nos
hacía sudar y ahora ni la sombra de los árboles significaba un descanso de
aquello, pero si salías a la exposición directa del sol este te quema la piel y
lo sentías, por ello, lo mejor en todo caso, era quedarse bajo la sombra.
El autobús nos dejó en la intersección de la carretera nº 1 y la entrada al
pueblo de Mulegé (Cañada de boca en Cochimí). Justo en ese lugar había una
tienda llamada “La i griega de Mulegé” donde nos abastecimos de agua y alimentos.
Su dueño era un extranjero. Uno de los empleados locales nos dio indicaciones
para llegar al tráiler park Orchard, un lugar donde decía podíamos
acampar. Siguiendo las indicaciones recibidas, caminamos con nuestras pesadas
mochilas a cuestas por un extremo de la carretera nº 1 mientras la gente nos
miraba con extrañeza, para ellos los turistas llegaban en camionetas y no “a
pata” y con mochilas tan grandes que parecían caparazones de tortuga. En esa
caminata llegamos al puente de la carretera que cruza el río Mulegé, observamos
sus aguas calmadas de río viejo que llega al mar y que se detienen todavía más
debido al represo construido con rocas y concreto en los años 40. De acuerdo al
sitio web “Sudcalifornia ayer y hoy” (http://lapazantigua-sudcalifornia.blogspot.com),
el plan original de los ingenieros era dejar solamente un vado en donde ahora
está el puente, pero la población de Mulegé les hizo notar que eso era una
negligencia debido a los antecedentes de inundación que se habían registrado
cuando había huracán. Algunos ingenieros apuntaron la dificultad de construir
un puente que describía una curva en su trazo, pero al final resolvieron el
problema y el resultado fue un hermoso puente que soportó siempre la fuerza del
agua durante las lluvias extraordinarias. La población sabía, apenas en 1959
habían tenido una terrible inundación que lo destruyó todo, y me imagino que
esa experiencia fue la que los obligó a convencer a las autoridades de que la
nueva carretera en ese entonces debía cruzar con puente y no con vado.
Luego de agotarnos casi quinientos metros llegamos a la entrada del tráiler
park. El lugar lucía prácticamente vacío, pero había una novedad que nos alegró,
los otros únicos huéspedes eran latinos, México-americanos llegados desde
California pero que hablaban español. Luego de montar el campamento me acerqué
hasta ellos para pedirles un poco de jabón para lavar trastos y comprobar si
eran amables. Me lo dieron sin mucho entusiasmo y me quedó la impresión de que
con ellos no podríamos entablar gran conversación.
La noche del 24 de junio quedará por siempre en nuestra memoria pues fue
extraordinaria. Primero, todavía en la tarde, con el campamento ya montado en
nuestro lote de piso de arena blanca y áspera, Efraín encontró una cucaracha al
costado de nuestra tienda de campaña. La mató no sin antes advertir lo extraño
de su patrón atigrado. Luego, en la noche recién acaecida, Sandra encontró dos
cucarachas más. Yo me ofrecí a ir al pueblo a buscar más insecticida (solo
teníamos una pequeña lata) o veneno para cucarachas además de un refresco bien
frío para el calor que todavía hacía. Regresé sin nada pues “la i griega” ya
había cerrado, eran las nueve de la noche, y fuera de esa tienda no había otra
opción cercana; además, el camino que había que cruzar para llegar al pueblo
estaba completamente oscuro y bordeaba la orilla del río, por lo que era
riesgoso caminar por ahí. En Chiapas nos habían contado las leyendas acerca de
los espíritus que viven cerca de los cauces de agua y yo pensaba en ello mientras
regresaba a nuestro tráiler park.
En nuestro lote había una palapa pequeña que coronaba una mesa de madera de
dos metros de largo por uno de ancho. Varias palmas datileras rodeaban el lote
y una de esas palmas estaba cortada, solo le habían dejado la base del tronco.
Nos dimos cuenta de que las cucarachas bajaban de las datileras.
Efraín comenzó a matarlas a pisotones pero incluso, sin intención de
hacerles daño, tan solo con caminar, inevitablemente matabas alguna de tantas
que eran. Eso ya no era divertido, poco a poco a mí se fue escabullendo la
curiosidad científica, aquello rayaba en lo intolerable. Efraín improvisó un
lanzallamas con una lata de insecticida (que parecía no hacerles el menor daño
por si solo) y un encendedor, y comenzó a quemar a las más que pudo, pero
aquello no las espantó. La estrategia entonces fue huir, cambiar el campamento
de lugar, pero con horror descubrimos que todas las datileras del Ochard
estaban infestadas de cucarachas, que empachadas del calor, salían de sus nidos
a refrescarse. Fue en la palma de la que solo quedaba el tronco que pude
observar el aterrador aspecto de un nido de cucarachas, en el interior de aquel
tronco, en su parte hueca y que daba hacía la profundidad, había decenas de
cucarachas con sus antenas bien atentas, corriendo como el diablo o haciéndose
las muertas al notar la luz de mi linterna. Había por lo menos tres tipos de
ellas: las atigradas y de tamaño mediano, las pardas gigantes y antenas largas,
las cafés claro, pequeñas y peligrosas pues esas podían introducirse en las
fosas nasales u oídos de una mientras dormía. También las había albinas, aunque
eso no era por diferencia de variedad sino de edad. Por fortuna, ninguna
parecía levantar el vuelo. Yo solo podía explicar aquella plaga por el azúcar
de los dátiles pero siempre me quedé con la duda, por otra parte a nuestros
vecinos méxico-americanos no parecía haberles importado eso. De hecho, esa
podía ser la otra posibilidad, que las cucarachas estuvieran ahí porque los
turistas, a final de cuentas, significábamos una fuente abundante y
extraordinaria de alimentos debido a la cantidad inmensa de basura que
generábamos.
Efraín y Sandra decidieron pasar la noche atrincherados en la tienda de
campaña bien cerrada y segura. Yo por mi parte, opté por otra estrategia ante
la plaga: puse mi bolsa de dormir sobre la tabla de una mesa sin palapa, y
sobre las patas de esta rocié todo lo que quedaba del insecticida que, si bien
no las mataba, funcionaba bien como repelente. Ya recostada sobre mi
improvisado lecho, me di cuenta de que en el parque también abundaban los
pájaros carpinteros (quizás picamaderos de gila) y los murciélagos. Pude
comprobar que, al menos para los primeros, las cucarachas representaban un
festín por lo que el estero de Mulegé podía bien decirse que era el lugar
perfecto para estos pícidos.
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