viernes, 28 de septiembre de 2018

IX


Era ya jueves 24 de junio del 2004. Por la mañana, después de un desayuno ligero, Gabriel nos visitó y la charla se desató. La plática desembocó por caminos inesperados y nos contó sobre el comercio de la droga en la Baja.
―Una vez ―dijo Gabriel ―yo y unos compas, encontramos flotando unos paquetes de coca cerca del mar. A lo lejos no sabíamos qué eran. Nos subimos a una lancha y nos acercamos. Cuando vimos que era… varios dijimos que no los tocáramos, que los dejáramos ahí. ¡Pero mi hermano se tomó uno! Lo puso bien escondido en la lancha. Llegado a tierra mis papás lo regañaron, pero él encontró quién se la comprara y así pudo deshacerse de la cocaína. ¡Treinta mil pesos le pagaron! Por eso quiso regresar, pero yo ya le dije que eso era muy mala idea. Y lo agarré y encerré porque si no se iba en la lancha por otro de esos paquetes.
La historia nos deja con la boca abierta, Gabriel no da la impresión de tener más de treinta años de edad, así que ese pasaje de su juventud no debía haber pasado hace mucho tiempo. Con menos emoción nos cuenta que incluso los adictos en Loreto son tranquilos, que no pasa que se roben los focos de las casas que luego utilizan para preparar la sustancia que se introducen con una jeringa. Les quitan la parte de aluminio que se enrosca en el socket y sobre esa parte de metal calientan, usando un encendedor nomás, el “chucky”, para que “le salga la malicia”. Gabriel dice conocer el procedimiento debido a que su cuñado era adicto y ha visto cómo lo hace. Luego se extiende en el asunto de la droga que flota en el mar, nos dice que no es raro encontrar pangas solitarias llenas de droga. El mismo se ha preguntado la razón de que las dejen así, abandonadas, y se responde así mismo ―yo creo que se matan entre ellos mismos.
Bahía de los Ángeles es el centro de contacto, venta y compra de estupefacientes según Gabriel. La droga se cultiva en la sierra, amapola o mariguana, y pasarla por carretera implicaría librar los retenes, por eso algunos elijen ir por mar. Y mientras Gabriel nos cuenta todo esto, yo lo miro fascinada, pero la idea de que esas narraciones aumenten las precauciones de Efraín y su desconfianza de todo, hacen que la fascinación se me escape del alma. Para colmo, esa noche, en el noticiario de la radio, escuchamos que por la carretera nº 1, un hombre había sido emparejado por otro automóvil sin placas pero con los logotipos en las puertas del Ministerio Público. El hombre no hizo caso de detenerse y aceleró, llegó a Ciudad Constitución y al día siguiente por la mañana, mientras caminaba por la acera con su hijo de once años, fue abordado por otros sujetos que le preguntaron por el precio de su camioneta (al parecer la vendía). Entre esos sujetos, el hombre reconoció al tipo que manejaba el automóvil sin placas que lo quiso detener el día anterior. Los sujetos insistieron sobre el precio de la camioneta; el hombre, ya completamente asustado, decidió echar a correr con su hijo, y una bala lo alcanzó en la huida. El asesinato de ese hombre frente a su hijo había ocasionado que por toda la carretera se instalarán retenes policiacos y debido a eso, hasta ese momento en que se daba la noticia, cuatro narcotraficantes habían sido detenidos o muertos, los habían tomado por sorpresa. Gabriel, sin ninguna alarma nos comenta que “esas cosas pasan”, y menciona el corrido de “La Suburban dorada” como si la narración del popular narco-corrido fuera cosa normal. Posteriormente, concluye que no es nada para asustarse. En el 2004, la Ciudad de México venía de dos décadas de ser una de las ciudades más peligrosas del mundo, por ello esas cosas no debían asustar a tres jóvenes que venían de ahí, el lugar donde más droga se movía en el país en aquel entonces, donde diario había cinco o más casos similares al del hombre asesinado y miles de robos a transeúnte o casa habitación. Yo pensaba ―bueno, si un narco nos da “ray”, ¿qué?
Gabriel finalmente remató diciendo que en el pueblo ya todos sabían dónde estaban las “tienditas” y no se refería a las de abarrotes.
La plática tomó otro giro cuando Gabriel nos contó sobre el único huésped que en ese momento estaba alojado ahí en el tráiler park (además de nosotros). Se trataba de un estadounidense, hombre blanco y maduro, de complexión delgada. Tenía una casa rodante muy completa y una camioneta. Todo parecía normal, pero Gabriel nos contó que el hombre, que no hablaba español ni saludaba a nadie, llevaba un año alojado ahí. Además, había una mujer, un niño y un perro que casi nunca salían de la casa rodante. Yo misma pude ver al niño una vez y noté que su piel era blanquísima, su cabello era también blanco y largo, no parecía tener más de seis años de edad. Gabriel entonces nos confió su hipótesis: el tipo tenía secuestrada a la mujer y al niño. Sandra no se dejó llevar por la exaltación de Gabriel y propuso explicaciones más simples como que la señora estaba enferma, que quizás era además muy tímida y que no se trataba de ninguna mujer secuestrada sino simplemente de la esposa. Y mientras hablábamos de ella, observamos que alguien abrió la puerta de la casa rodante de quien hablábamos y en medio de nuestro espanto la que apareció por la puerta fue la mujer. Era también blanca, delgada pero de caderas anchas; salió y solo lo hizo para darle algo de agua a las plantas que tenían en unas pequeñas macetas contiguas a la casa rodante. Hecho eso, se volvió dentro de la casa. Entonces Gabriel dijo como si hubiera visto un fantasma:
―Es la tercera vez que la veo en un año.
 Yo me quedé pensando en que la frecuencia con la que se le veía a esa mujer, era menor que la frecuencia con la que se miraba a un berrendo.

Esa tarde, en punto de las dos treinta, salió nuestro camión a Mulegé. Con las historias de narcos contadas por Gabriel, Efraín no quiso escuchar ni una sola palabra acerca de pedir “ray”. Pero el sol de media tarde hizo que cediera un poco; bueno, solo hasta la terminal de camiones. Así, una pobladora de Loreto nos llevó hacia la terminal. En esos pocos minutos que duró el trayecto, la mujer de cuerpo robusto nos contó que iba ir hasta La Paz solamente para pagar el recibo de la luz. Eso es así porque era un recibo atrasado, pero aun así la pena nos pareció excesiva.
La estación de camiones de Loreto era bastante rústica y no parecía ser suficiente para un puerto que se decía turístico, pero era obvio, sus visitantes arribaban por avión (había ya un aeropuerto) o en sus camionetas cuatro por cuatro y casas rodantes, y solo los miserables como nosotros llegábamos en un Águila.
El aire acondicionado del camión estaba a toda su potencia y aun así hacía calor.
La Sierra de La Giganta se miraba desde la ventanilla del autobús y eran notables las pedrizas producto del intemperismo que dibujaban patrones y mosaicos sobre los cerros como si fueran los pliegues de una falda larga que vestían esas moles de origen ígneo. Las peñas de roca compacta, con sus más de ochenta millones de años a cuestas, también formaban siluetas que parecían importadas de un mundo mágico. ¿Recuerdan el Monte Cervino o Matterhorn en los Alpes Suizos? Hay miles de fotografías y pinturas sobre esa montaña de la que llama la atención su forma, bueno, en ese trayecto a Mulegé, hubo varias montañas con esa forma de cuña, aunque ambos sistemas montañosos se desarrollan en ambientes completamente diferentes y tienen orígenes geológicos distintos.
La Bahía de Concepción se asomaba por el otro lado de la carretera con su mar azul celeste casi tanto como el azul del cielo. Podía imaginarme a la goleta del padre Salvatierra explorando la bahía, pero la realidad me presentaba a los turistas extranjeros con sus pieles pálidas disfrutando de nuestras playas como si fueran, por derecho, suyas. En estas playas pedregosas había varios lugares perfectos para acampar, pero nuestro boleto era hasta el puerto de Mulegé.
Los trayectos largos en los camiones del Águila yo los aprovechaba para dormir, mis compañeros también aunque al siempre sentarse juntos y no a lado de un extraño, podían ocuparse en otras cosas. A veces volteaba a verlos y ahí estaban, dormitando en sus asientos con la vida por delante. Sandra llevaba audífonos y escuchaba mucha música perteneciente al post punk y al grunge que nos había criado en los noventa. Ella también llevaba un cuaderno en donde apuntaba cosas del viaje [tiró esas notas a la basura años después y no pudieron ser usadas para conformar esta crónica] y también hablaba con Efraín durante largo tiempo acerca del viaje, de las futuras excursiones que Efraín tenía planeadas y de las circunstancias particulares que vivía esa joven pareja en la Ciudad de México.

Mulegé tenía mucho más color verde que cualquier otro lugar que habíamos visitado hasta ese momento. Las palmas datileras abundaban, además de árboles frutales y cocoteros. El pequeño río, que parecía un río gigante comparado con el resto de lo que habíamos visto en la Baja, era la causa de ese verdor. Así, esa parte del mundo parecía más cercana a la selva de Chiapas que al desierto de la Baja, así son los oasis. La temperatura cercana a los cuarenta grados nos hacía sudar y ahora ni la sombra de los árboles significaba un descanso de aquello, pero si salías a la exposición directa del sol este te quema la piel y lo sentías, por ello, lo mejor en todo caso, era quedarse bajo la sombra.
El autobús nos dejó en la intersección de la carretera nº 1 y la entrada al pueblo de Mulegé (Cañada de boca en Cochimí). Justo en ese lugar había una tienda llamada “La i griega de Mulegé” donde nos abastecimos de agua y alimentos. Su dueño era un extranjero. Uno de los empleados locales nos dio indicaciones para llegar al tráiler park Orchard, un lugar donde decía podíamos acampar. Siguiendo las indicaciones recibidas, caminamos con nuestras pesadas mochilas a cuestas por un extremo de la carretera nº 1 mientras la gente nos miraba con extrañeza, para ellos los turistas llegaban en camionetas y no “a pata” y con mochilas tan grandes que parecían caparazones de tortuga. En esa caminata llegamos al puente de la carretera que cruza el río Mulegé, observamos sus aguas calmadas de río viejo que llega al mar y que se detienen todavía más debido al represo construido con rocas y concreto en los años 40. De acuerdo al sitio web “Sudcalifornia ayer y hoy” (http://lapazantigua-sudcalifornia.blogspot.com), el plan original de los ingenieros era dejar solamente un vado en donde ahora está el puente, pero la población de Mulegé les hizo notar que eso era una negligencia debido a los antecedentes de inundación que se habían registrado cuando había huracán. Algunos ingenieros apuntaron la dificultad de construir un puente que describía una curva en su trazo, pero al final resolvieron el problema y el resultado fue un hermoso puente que soportó siempre la fuerza del agua durante las lluvias extraordinarias. La población sabía, apenas en 1959 habían tenido una terrible inundación que lo destruyó todo, y me imagino que esa experiencia fue la que los obligó a convencer a las autoridades de que la nueva carretera en ese entonces debía cruzar con puente y no con vado.
Luego de agotarnos casi quinientos metros llegamos a la entrada del tráiler park. El lugar lucía prácticamente vacío, pero había una novedad que nos alegró, los otros únicos huéspedes eran latinos, México-americanos llegados desde California pero que hablaban español. Luego de montar el campamento me acerqué hasta ellos para pedirles un poco de jabón para lavar trastos y comprobar si eran amables. Me lo dieron sin mucho entusiasmo y me quedó la impresión de que con ellos no podríamos entablar gran conversación.

La noche del 24 de junio quedará por siempre en nuestra memoria pues fue extraordinaria. Primero, todavía en la tarde, con el campamento ya montado en nuestro lote de piso de arena blanca y áspera, Efraín encontró una cucaracha al costado de nuestra tienda de campaña. La mató no sin antes advertir lo extraño de su patrón atigrado. Luego, en la noche recién acaecida, Sandra encontró dos cucarachas más. Yo me ofrecí a ir al pueblo a buscar más insecticida (solo teníamos una pequeña lata) o veneno para cucarachas además de un refresco bien frío para el calor que todavía hacía. Regresé sin nada pues “la i griega” ya había cerrado, eran las nueve de la noche, y fuera de esa tienda no había otra opción cercana; además, el camino que había que cruzar para llegar al pueblo estaba completamente oscuro y bordeaba la orilla del río, por lo que era riesgoso caminar por ahí. En Chiapas nos habían contado las leyendas acerca de los espíritus que viven cerca de los cauces de agua y yo pensaba en ello mientras regresaba a nuestro tráiler park.
En nuestro lote había una palapa pequeña que coronaba una mesa de madera de dos metros de largo por uno de ancho. Varias palmas datileras rodeaban el lote y una de esas palmas estaba cortada, solo le habían dejado la base del tronco. Nos dimos cuenta de que las cucarachas bajaban de las datileras.
Efraín comenzó a matarlas a pisotones pero incluso, sin intención de hacerles daño, tan solo con caminar, inevitablemente matabas alguna de tantas que eran. Eso ya no era divertido, poco a poco a mí se fue escabullendo la curiosidad científica, aquello rayaba en lo intolerable. Efraín improvisó un lanzallamas con una lata de insecticida (que parecía no hacerles el menor daño por si solo) y un encendedor, y comenzó a quemar a las más que pudo, pero aquello no las espantó. La estrategia entonces fue huir, cambiar el campamento de lugar, pero con horror descubrimos que todas las datileras del Ochard estaban infestadas de cucarachas, que empachadas del calor, salían de sus nidos a refrescarse. Fue en la palma de la que solo quedaba el tronco que pude observar el aterrador aspecto de un nido de cucarachas, en el interior de aquel tronco, en su parte hueca y que daba hacía la profundidad, había decenas de cucarachas con sus antenas bien atentas, corriendo como el diablo o haciéndose las muertas al notar la luz de mi linterna. Había por lo menos tres tipos de ellas: las atigradas y de tamaño mediano, las pardas gigantes y antenas largas, las cafés claro, pequeñas y peligrosas pues esas podían introducirse en las fosas nasales u oídos de una mientras dormía. También las había albinas, aunque eso no era por diferencia de variedad sino de edad. Por fortuna, ninguna parecía levantar el vuelo. Yo solo podía explicar aquella plaga por el azúcar de los dátiles pero siempre me quedé con la duda, por otra parte a nuestros vecinos méxico-americanos no parecía haberles importado eso. De hecho, esa podía ser la otra posibilidad, que las cucarachas estuvieran ahí porque los turistas, a final de cuentas, significábamos una fuente abundante y extraordinaria de alimentos debido a la cantidad inmensa de basura que generábamos.
Efraín y Sandra decidieron pasar la noche atrincherados en la tienda de campaña bien cerrada y segura. Yo por mi parte, opté por otra estrategia ante la plaga: puse mi bolsa de dormir sobre la tabla de una mesa sin palapa, y sobre las patas de esta rocié todo lo que quedaba del insecticida que, si bien no las mataba, funcionaba bien como repelente. Ya recostada sobre mi improvisado lecho, me di cuenta de que en el parque también abundaban los pájaros carpinteros (quizás picamaderos de gila) y los murciélagos. Pude comprobar que, al menos para los primeros, las cucarachas representaban un festín por lo que el estero de Mulegé podía bien decirse que era el lugar perfecto para estos pícidos.

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