martes, 9 de octubre de 2018

XII


El domingo 27 de junio nos levantamos tarde. Desayunamos un poco de comida enlatada y desde ahí nos entregamos al gozo, solo disfrutamos nuestra suerte y nuestra vida. Nadamos, comimos, dormimos la siesta, nadamos otra vez, comimos otra vez y dormimos otra vez. Rutinas de este tipo hay muy pocas en la vida de cualquier ser humano. La cerveza fría complementaba el gusto.
Efraín llevaba consigo unos binoculares y con ellos resultaba sugestivo observar el detalle de la sierra de punta Concepción. Era una soledad absoluta, ahí estaban los cardones pero fuera de eso no veíamos ningún venado, borrego cimarrón o narco perdido.
Hacia el mediodía una avispa me picó en el dedo inmediato al pulgar de mi pie derecho. El ardor no ocasionó que se me perdiera la alegría y aun con esa molestia no dejé de nadar. Efraín construyó un anzuelo e intentó pescar algo, pero no hubo nada, como discípulo de Naranjo muy seguramente no tendría mucho éxito. Sandra, por su parte, durmió mucho ese día como si se tomara descanso no solo de ese día sino de todos los días complicados de la ciudad en todos esos años que había durado hasta entonces su vida.
La monotonía era interrumpida por remolinos de polvo de unos treinta metros de altura, no eran ningún peligro pero eran seductores de apreciar. Hacía el suroeste había un cerro que separaba a playa Naranjos de Santispac, ahí tampoco parecía haber nada más que cardones, polvo y soledad.
Por la noche regresamos con Naranjo para que nos contara más historias, ya éramos como niños pequeños que se reunían alrededor de una hoguera, dispuestos a escuchar, a aprender. Pero esa noche, había regresado a la casa la señora Naranjo luego de estar fuera durante dos días debido a una pequeña cirugía menor que le habían realizado en La Paz.
La mujer Naranjo remendaba los chinchorros, redes artesanales que utilizaban en antaño los pescadores del Golfo de California, al mismo tiempo que llevaba toda la contabilidad de la cooperativa pesquera fundada por su esposo. Era el cerebro financiero detrás de los éxitos de, primero la cooperativa y la empresa pesquera familiar después. Ella vivía ahora en el tráiler park junto a su esposo y su hija menor. La mujer Naranjo era también la que cocinaba en el restaurante del tráiler. Su carácter era alegre pero inconcuso, durante mucho tiempo enseñó a otra mujeres el arte de remedar redes y a que no fueran “dejadas”.
Además, nos presentaron oficialmente a Salado, el perro de la familia al cual ya habíamos notado en todo ese tiempo, pero que no sabíamos si era solo un vagabundo o la mascota de algún huésped o trabajador. El pelaje de Salado siempre estaba lleno de sal pues gustaba de meterse al agua a nadar, era sin duda un personaje amistoso y al cual le agradaba la compañía.
Los trabajadores no vivían en el tráiler park, solo estaban por temporadas y para cuando nosotros arribamos, el centro de rehabilitación ya no mandaba gente a afanar ahí.
Para la mañana del lunes 28 de junio teníamos el plan de ir a Mulegé. La noche anterior el señor Naranjo nos había prometido llevarnos, pero cuando lo buscamos esa mañana todavía seguía dormido. Su esposa nos contó que gran parte de la noche la había pasado regando las jardineras con la pipa torton que tenían. Para mí aquello cobró sentido pues recordaba que el primer día los había visto dormidos cuando llegué por primera vez a Playa Naranjos, era evidente que la mejor hora para regar la jardinera que adornaba el Tráiler park y que lo atravesaba de sur a norte con sus palmas, era la noche, cuando el calor era menor. Por el otro lado, la hora de mayor calor te golpeaba como un martillo y tu cuerpo te pedía dormir; así, ese horario nocturno para trabajar tenía mucha lógica. En el México de mis abuelos era similar, aunque se cambiaba el dormir tarde por levantarse muy temprano, hacer la faena del campo por la madrugada y terminar antes del mediodía. Era de esa forma porque sin luz eléctrica no tenía mucho caso estar despiertos por la noche, no se podía trabajar a oscuras; pero el señor Naranjo contaba con la luz que le proveía el alumbrado que él mismo había instalado en su parque y además con la luz de la luna llena.
La oferta de la señora Naranjo fue que una de las trabajadoras nos llevara hasta la carretera y a eso de las 10:30 am, a bordo del vehículo de la familia, una Blazer americana modelo 1991 roja y de solo dos puertas, llegamos a la intersección con la Federal nº1. Durante el trayecto la empleada de Naranjo nos dijo que ella llevaba poco tiempo trabajando ahí en el tráiler park y que el primer día que yo llegué, ella iba a bordo de la camioneta y me había visto caminando por la brecha, pero ella iba de salida así que no me pudo ayudar.
Sobre la carretera pedimos autoestop y esperamos durante una hora hasta que un mexicano a bordo de una Ranger pick-up gris nos tuvo en consideración, nos subimos a la caja y sobre la camioneta parecía que volábamos cual halcón peregrino hasta llegar a Mulegé. En el pueblo ingresamos al centro del mismo por la ruta del Orchard y recordamos nuestra estancia en ese lugar. Buscamos la oficina de correos y ahí Efraín pidió información acerca de cómo recibir un giro de dinero mientras Sandra llamaba a su madre por teléfono para pedirle $1500 pesos. El asunto se movió rápido y, para antes del mediodía, ellos tenían el efectivo en sus manos. Y con la seguridad que daba la abundancia, me invitaron a desayunar como la gente, en un restaurante en el centro de Mulegé que estaba establecido en la segunda planta de una de las casas más céntricas, pintorescas y antiguas del poblado. Hacía tanto que no comía unos hot cakes que me supieron exóticos. Luego compraron más víveres en “la i griega” y hasta pagaron un taxi que por $50 pesos nos llevó hasta la planicie seca de la gasolinera. Y ahí terminó el reino del dinero.
Luego de una hora bajo el sol, otro mexicano a bordo de una Cheyenne  blanca nos ofreció nuevamente viajar en la caja de su pick-up. A esa hora el viento ya nos quemaba la piel de tan caliente que estaba. Nos detuvimos unos segundos delante del comienzo de la brecha rumbo a Playa Naranjo antes de comenzar la caminata. Nos miramos los unos a los otros con resignación, ahí íbamos de nuevo, con el sol de las dos de la tarde y con más de cuarenta grados centígrados a la sombra. Si en ese momento alguno hubiese hecho notar que alguna vez aquello fue un mar o un lugar más húmedo y frío, tanto que pudo albergar mamuts, bisontes, camellos y caballos, nos hubiéramos reído. Pensar que, caminatas diez veces más largas que la que teníamos que hacer para entrar y salir de Playa Naranjos, eran la rutina de aquellos nómadas que pintaron las cuevas de la Baja California, no era tampoco ningún consuelo. Esos habitantes, los primeros de la Baja, sus verdaderos descubridores, dejaron tras de sí las puntas de sus flechas y hachas, los tiestos y las montañas de conchas de almeja que se comieron por montones. Cuando los jesuitas les preguntaban a los cochimís sobre sus orígenes, estos solo decían que sus antepasados habían llegado del norte luego de perder una gran guerra. Contaban que la Península ya estaba poblada por humanos de mayor estatura, casi gigantes, y que eran los que habían pintado las paredes de las cuevas pues además de altos eran de inteligencia superior. Los cochimís, por su parte, ya no usaban las cuevas ni para pintar ni para vivir, la caza nómada no permitía encariñarse nunca con un arroyo, con un oasis o con cualquier lugar, no podía hacerse patria cuando la Baja obligaba a seguir los instintos para no morir. Y lo que no pudo hacer la Baja lo hicieron los invasores españoles que entre escaramuzas, explotación y enfermedades, acabaron con casi toda la población original de la Baja.

Nada más llegamos al tráiler park, nos tiramos sobre la arena a descansar. Luego comimos algo en el restaurante de Naranjo e hicimos las cuentas financieras de nuestro viaje.
Efraín y Sandra planeaban tomar el transbordador a Guaymas desde Santa Rosalía y de ahí el camión rumbo a la Ciudad de México. Cuando me informaron eso pensé que era evidente que la aventura llegaba a su fin. El “derroche” económico había cobrado su precio en kilómetros pero también lo había desquitado en placer, el silogismo se había cumplido, y además se había transmutado. Sabía que todo lo que habíamos vivido hasta ese momento lo recordaríamos por toda la vida. Luego de hacer los números fuimos a nadar, pero esa noche yo hice mis propios números y conté $1637 pesos de deuda externa que debía pagarles a mis compañeros.
Luego de cenar arroz pre-cocido y puré de papa, hicimos una fogata en la playa. Los aullidos de los coyotes se escuchaban a lo lejos. En las llamas podía observarme contando todas las experiencias que había vivido a hijos o nietos que todavía no habían nacido. Escribía y escribía para contarlo a todo aquel que quisiera escucharlo alguna vez. Pero principalmente, me veía regresando a esa península, me había enamorado de la Baja para entonces.

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