Prácticamente en esa noche frente a la fogata fue que el viaje terminó. No
sé si debía a que estábamos hartos los unos de los otros, pero los días que
invertimos en el regreso fueron más un desperdicio que otra cosa. A las ocho y
media de la mañana del martes 29 de junio, abrimos los ojos y mis compañeros me
indicaron que había que levantar el campamento. Nos íbamos. Debíamos que ir
hasta Santa Rosalía y tomar el ferri a Guaymas. Entonces yo les hice notar dos
cosas: la primera que el ferri desde Santa Rosalía era más caro, y la segunda
que el autobús a Ciudad de México desde ese punto también lo era. Dicho esto,
la decisión de ellos fue regresar por La Paz, abordar el ferri del día
miércoles y regresar a Ciudad de México desde Mazatlán. Frente a ese panorama
yo argumenté que lo mejor era quedarse en Playa Naranjos un día más, pero
debido a que no querían caminar nuevamente la brecha con las mochilas a
cuestas, nos iríamos a una casa de huéspedes en Mulegé que nos cobraría $150 la
noche por cada uno.
Debido a que dependía al cien por ciento económicamente de ellos no me
atreví a contradecir el plan.
El señor Naranjo nos hizo el favor de llevarnos hasta Mulegé. Esta vez
le vimos otra camioneta, una Blazer negra modelo 2002. Mientas la Blazer volaba
por la brecha, el señor Naranjo nos contó que había liebres (habíamos ya visto
varias), serpientes y burros salvajes descendientes de todos esos burros y
mulas que habían escapado de sus arrieros, crueles mineros o ranchos en donde
servían de esclavos en los tiempos en que la carretera nº 1 ni siquiera había
sido imaginada. Que de vez en cuando se veían también ballenas en la bahía,
pero que era más seguro verlas mar adentro. Nos contaba de lo pacíficas que
eran las ballenas grises y también se quejó de los cachalotes por su
agresividad. Decía que él mismo había visto a uno embestir un panga de pesca
dejándola dada vuelta, cual Moby-Dick.
Durante el siglo XIX y luego durante el siglo XX, el Golfo de California
había sido un gran lugar para los balleneros. En las playas de las bahías de
toda la península, los balleneros freían a las cetáceos grises luego de
capturarlas para obtener de ellas el esperma, materia prima que mantenía con
vida la caza de ballenas en el mundo. Ese esperma era un artículo de primera
necesidad para el mundo capitalista occidental de aquel momento pues servía de
aceite para alimentar las lámparas que alumbraban los hogares de todas las
villas y ciudades de ese mundo.
Los primeros balleneros en llegar a la Baja California eran ingleses y
estadounidenses (en cuanto fueron una nación independiente en 1789) y sus
incursiones eran esporádicas y sin ningún tipo de permiso por parte de la colonia
española. Entre 1860 y 1870, un ballenero particular llegó a la baja, se
trataba del barco comandado por Charles Melville Scammon (no confundir con el
autor de Moby-Dick, Herman Melville). Aunque el capitán Scammon cazó ballenas
aquí, contribuyendo a su estado actual de peligro de extinción, también fue un
aportador de datos acerca de la vida marina en el Golfo, pues además de
ballenero era naturalista y describió así varias especies (no solo las que
cazaba) que habitaban en Baja California. Con la llegada del siglo XX y la
sustitución de las lámparas de combustión por las de luz eléctrica, los
anglosajones dejaron de pescar ballenas, pero en su lugar arribaron a las zonas
de caza los japoneses armados con buques fábrica y arpones hidráulicos. Hoy es
un privilegio poder seguir viendo ballenas por la Baja California, lo cierto es
que estuvieron muy cerca de no contarla. Y en ese viaje, nosotros no pudimos
ver ninguna, era algo que ya sabíamos pues no era la temporada en que ellas
venían a la Baja.
Hacia las diez de la mañana arribamos a Mulegé y ahí Naranjo hizo una
escala en la oficina de la empresa pesquera que le heredó a sus hijos, era una
instalación sencilla que más parecía una pequeña casa que una oficina. Después
nos llevó hasta la oficina de Telégrafos y ahí ocurrió la despedida.
Dejar Playa Naranjo era una auténtica lástima, no solo iba a extrañar
todas las cosas fabulosas que ahí habíamos encontrado, también ya extrañaba la
brecha maldita, las gaviotas que te pedían comida, los zopilotes que nos vigilaban
y el triste tablero de la cancha de basquetbol sin balón para jugar. Lo único
que lamentaba que Playa Naranjo no tuviera era un oleaje más fuerte y poderoso,
sus aguas se movían menos que las de una alberca de un hotel de cinco
estrellas, pero para mí era claro que esa playa y su nombre, sus personas, sus
animales y plantas, nos acompañarían en el recuerdo por toda nuestra
existencia.
Ese día, nos instalamos en la casa de huéspedes en un cuarto de seis por
seis metros donde tres camas se distribuían simétricamente. La puerta de acceso
daba a la avenida principal de Mulegé que era sin duda un pueblo pacífico. El
lugar lucía cómodo pero ahí adentro el calor se sentía peor que estando fuera;
por ello, los dueños nos ofrecieron dos “abanicos” que comúnmente nosotros
conocemos como ventiladores eléctricos. Los propietarios eran una pareja de
avanzada edad que salvo el asunto de los abanicos no pusieron mayor interés en
nosotros.
Desayunamos un poco de atún y luego Efraín salió a la oficina de
telégrafos a pedir más dinero a unos amigos suyos en Ciudad de México para
poder completar el viaje. En esa espera, Sandra se dio cuenta de que el ferri
de La Paz no saldría el miércoles sino el jueves. Ante esa situación yo solo
podía pensar que podíamos haber estado dos días más en Playa Naranjos. Pasamos
todo el día en la habitación, solo salimos para cobrar los giros de efectivo
que mis compañeros habían pedido a sus contactos en Ciudad de México. Como he
dicho antes, fue un desperdicio, debimos haber salido y no quedarnos
encerrados.
Por la mañana se sintió un viento refrescante. Sandra y Efraín
decidieron que había que cambiarse de casa de huéspedes pues en la que
estábamos nos cobraban $150 y a la que nos cambiamos nos cobrarán $200, pero
estaba en mucho mejores condiciones, no solo era más limpia, además tenía
televisión en blanco y negro, baño y aire acondicionado. Ya instalados, mis
compañeros salieron a comprar los boletos para La Paz y cuando regresaron me
informaron que el camión salía esa noche a las 21:30 horas, por lo tanto
habíamos pagado inútilmente una noche en la casa de huéspedes. Era para hacer
corajes, pero ya estaba hecho el asunto.
El resto del día me la pasé escribiendo y mirando la televisión en donde
Portugal derrotó por dos a uno a Holanda en la Eurocopa de fútbol con gol de
Cristiano Ronaldo, un Cristiano que todavía no era una estrella.
En punto de las ocho de la noche caminamos hasta la estación de Mulegé
para esperar el Águila. En la sala de espera había un televisor que sintonizaba
un capítulo de El Chavo del 8. El camión se presentó con un ligero retardo, lo
abordamos y nos dimos cuenta de que no había aire acondicionado, sería una
noche incómoda.
Pasamos el puente de la curva y la entrada del Orchard donde las
cucarachas y los pájaros carpinteros nos cantaban las golondrinas desde la cima
de las datileras. Hicimos escala en la gasolinera y su seca planicie que ya la
sentíamos tan propia. Luego de doce kilómetros pasamos por la entrada a la
brecha hacia Playa Naranjos y ahí se nos rompió el corazón, dejamos parte de
nuestra juventud en esa playa y su brecha que tantas veces sufrimos. Pasamos playa Santispac y luego la de los
Coyotes, ahí el mar brillaba y reflejaba la luz de la luna que esa noche era
llena, seguramente a esa hora, Naranjo estaría regando las jardineras.
El jueves primero de julio, pasadas las 4:30 horas llegamos a La Paz. El
sol todavía no ha salido. Efraín dijo que no debíamos caminar por la ciudad a
esa hora, que había que esperar a que amaneciera. La precaución de mi compañero
me pareció nuevamente exagerada pero ya no tenía ningún caso discutir. Ya con
la luz de día, un colectivo nos llevó al centro de La Paz y tratamos de comprar
nuestros boletos de ferri en las oficinas de SEMATUR, pero ahí nos indicaron
que debíamos ir a Pichilingue. Un taxi nos cobró $130 por llevarnos allá y los
boletos del ferri nos costaron muy baratos, tan solo $380 cada uno. En el
puerto nos esperó el Vallarta, la misma nave que nos había traído. Su aspecto
era el mismo salvo que tenía cierto desparpajo y parecía preguntarnos amablemente
―¿Se divirtieron?
El segundo viaje en el Vallarta fue diferente, había más gente,
hacinamiento y nostalgia. Ya no había viento, tampoco un mar calmado (se
incrementó la cuota de mareos). El espíritu de aventura nos había abandonado,
parecíamos niños regresando a regañadientes al interior de nuestra casa luego
de jugar en la calle. Por la tarde, el cielo de la Baja nos despidió con otro
atardecer bonito. Sobre la cubierta del barco, Sandra y yo hablamos acerca de
todo lo que nos había pasado y de todo lo que esperábamos sucediera luego de
nuestro regreso. Había tantos pendientes, sueños y obligaciones que nos
esperaban en Ciudad de México, para empezar estaba el siguiente semestre en la
Universidad. Para la noche, decidí nuevamente dormir afuera pero el chiste ya
no me salió tan bien como en la primera vez, el barco se movía mucho,
demasiado, era imposible dormir.
El viernes dos de julio amanecimos en la cubierta del Vallarta que
arribó a Mazatlán con toda la calma de la rutina. La fila para desembarcar era
larga y tardamos más de una hora en descender del barco. Un taxi nos llevó del
muelle a la estación de autobuses. Compramos boletos para salir el sábado, tres
boletos con 50% de descuento por ser estudiantes ($377). De ahí buscamos
hospedaje y nos quedamos en un hotel de nombre Acuario, frente a la playa de
Mazatlán, que cobraba $250 pesos la habitación.
Por la tarde fuimos a comer mariscos a un restaurante amplio y de buenos
precios de nombre El Guamichito. Por $79 yo pude disfrutar de un marlín al
escabeche, una tostada de ceviche mixto y un refresco Fanta, fue una comida que
ayudó a resignarse.
Luego fuimos a la plaza comercial Mazatlán que estaba ahí junto, a una
cuadra. Por solo $30 pesos el boleto, Sandra y Efraín miraron Sherck 2 y
yo opté por Spider Man 2. Luego de la película, de la cual no recuerdo
nada, regresamos a la playa y observamos el ocaso de ese día desde el hotel. No
es que la película fuese tan mala, era más bien que mi estado de ánimo era el
peor para mirar una película en una sala de cine comercial, se terminaba un
gran viaje y lo único que quedaba era el actor Tobey Maguire en licras.
Luego de un buen desayuno, disfrutamos de nuestros últimos momentos de
viaje. En el hotel observamos caricaturas por la mañana. Tomamos nuestras
mochilas y salimos rumbo a la estación de autobuses. Hicimos escala en un café
internet pues Efraín y Sandra debían inscribirse al siguiente semestre de la
carrera. Yo también, pero días antes había dejado instrucciones detalladas a mi
familia de cómo debía realizarse eso, así que ellos desde Ciudad de México me
hicieron el favor de hacer ese trámite digital.
Finalmente, llegamos a la Ciudad de México a las ocho de la mañana del
meridiano de noventa grados del día domingo 4 de julio del año 2004. En la
terminal no hubo mucho tiempo para hacer otra cosa más que moverse para buscar
el camino a casa. Es ahí que Enrique, un amigo de Sandra, nos hizo el favor de,
qué irónico, darnos “aventón”. Fuimos primero a casa de Efraín, la de las
colinas al occidente. A Efraín lo dejamos ahí sin mayor emotividad, más que
nada era que a los tres se nos estaba muriendo un viaje. El ambiente era de
tristeza. Después me llevaron a mi casa, en ese momento mi padre y el novio de
mi hermana menor acababan de llegar del partido de fútbol de cada domingo. Eran
las diez de la mañana para entonces. Me despedí de Enrique y luego de Sandra,
tampoco aquí no hubo dramas.
Las cosas que ocurrieron en la vida de cada uno luego de ese viaje
fueron vertiginosas. Efraín y Sandra dejaron de ser pareja poco tiempo después,
aquellos kilómetros en la Baja habían sido una especie de despedida. Yo por mi
parte, me sumergí en una revolución personal de ciento ochenta grados que cambió
mi vida para bien. Aunque por algunos años más no deje de ser trágica y sombría,
me bastaba con recordar playa Naranjos y la sensación de plenitud que sentí en
su arena, para sentirme mejor. Al final fue Sandra quién me dijo la frase que
cierra el relato.
―Me dio gusto viajar contigo.
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